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Juan Casado

«La ‘‘enfermedad’’ que más niños mata son los accidentes»
- Jefe de Pediatría del Hospital Niño Jesús -

DE CERCA
Juan Casado se hizo médico porque de adolescente un amigo suyo sufrió una enfermedad muy grave, una hemofilia, en una época en la que, según cuenta Juan, no había tantos hospitales ni tantos laboratorios. «La paz que aquel médico le daba a mi amigo en ese pueblo (Don Benito, Badajoz) era tan extraordinaria que me pareció que su trabajo era el más bonito del mundo».

Juan Casado camina hacia mí con una media sonrisa pintada en su cara de pícaro.  Su mirada achinada se esconde tras los cristales de sus gafas de profesor Tornasol. En realidad, no sé si por la calvorota o por las gafas, se parece a aquel personaje de Tintín, aunque no lleve bata blanca ni como él, ni como el resto de los científicos y  médicos del mundo.

Juan, sencillo con su pantalón beis y su camisa Oxford azul, asegura que las batas no frenan a los microbios ni a las bacterias, pero sí le distancian de sus pequeños y queridos pacientes. Por eso, hace ya mucho, colgó la suya, pero no su ojo clínico y su comprensión y cariño por los más pequeños y sus familias. Y menos mal, porque desde la UCI pediátrica del Niño Jesús, que dirige, realiza auténticos milagros con los niños… Que le pregunten a los padres, a quienes Juan quiere invitar a correr pagando para que, entre todos, financiemos la investigación de esas enfermedades, que asustan mucho más que el coco.

El próximo 16 de octubre, nos ponemos todos las zapatillas y nos vamos  al Parque del Retiro (Madrid), a esa carrera popular que organiza el Hospital Niño Jesús (www.carrerapopularniñojesus.es) para recaudar fondos para la investigación de enfermedades de niños… ¿Valdrá para algo? Valdrá. Porque necesitamos dinero para investigar. Y esos fondos que se recauden con los diez euros de cada dorsal –quien no quiera correr puede ayudar comprando uno– irán íntegramente a la Fundación del Hospital Universitario Niño Jesús. Pero es que además los padres tienen que correr por los niños, para que los niños los imiten. Los niños imitan los modelos de conducta de los padres y cuando los padres hacen un ejercicio moderado, ellos lo hacen también. Y como los médicos queremos prevenir, antes que curar, y el ejercicio físico previene muchas enfermedades, intentamos que corran los padres y los niños.

–¿Y los niños deben dejar de correr cuando están enfermos?
–El ejercicio es recomendable para niños sanos y enfermos. Ya hay ejercicios apropiados para cada tipo de enfermedad: para los niños que tienen tendencia a comer más, a ser sedentarios, a ser obesos, para los niños que tienen fibrosis quística, que es una enfermedad del pulmón grave, para los niños que tienen escoliosis…. Todos tienen que hacer ejercicio.

–Entonces ¿lo de guardar cama?
–Eso era lo que pensaban los padres antiguos… ¡Como si la cama curase! Y la cama no cura. Los niños tienen que guardar el reposo que su propia enfermedad les demande. Pero tienen que moverse, porque es fundamental no sólo para prevenir enfermedades, sino también para curarlas.

–La cama no cura pero los médicos, sí. ¿Cuándo hay que llevar a los niños al médico?
–No es bueno llevarlos demasiado al médico, ni tampoco demasiado poco. Lo bueno es que los padres sepan interpretar adecuadamente los síntomas. Un niño que dice que le duele la tripa, pero sigue jugando, a lo mejor tiene gases, mimos o no quiere comer. Incluso si tiene vómitos o diarreas y fiebre pero continúa activo, juguetón o interesándose por la vida, no hay que preocuparse. Si no quiere jugar, tenga o no tenga diarreas, vómitos o fiebre, hay que preocuparse porque tiene una enfermedad del cuerpo o del alma –los niños también se deprimen–. Y es ahí cuando los padres no deben esperar. Ése es uno de los síntomas preocupantes. Hay más: si su nivel de consciencia baja y el niño tiende a dormirse y tiene fiebre, hay que llevarlo rápidamente al médico o incluso al hospital. Y lo mismo cuando vomitan a chorro, a dos metros de distancia, o cuando salen manchas rojas en el cuerpo que, al estirar  la piel y poner un vaso de cristal encima, no desaparecen. Si la piel se pone pálida no hay que preocuparse, pero si el sarpullido no desaparece, entonces enseguida, y con urgencia, al medico.

–Los padres sufrimos tanto… ¿qué hace cuando un niño entra con algo que parece que no es nada y se pone gravísimo o incluso se muere?
–Por fortuna en las UCIS pediátricas se mueren pocos niños, porque los niños son muy resistentes y tenemos una medicina muy avanzada. Pero, normalmente, cuando un niño entra en el hospital muy grave, el médico sabe lo que va a pasar, aunque no pueda darle al padre toda la información. Yo esto lo he podido ver muchas veces con niños que han ingresado y se han muerto. Yo sabía que ese niño se iba a morir. Pero no podía decírselo al padre en ese momento, tenía que darle alguna esperanza, porque el duelo es fundamental para que los padres acepten esa desgracia. Porque nadie puede entender cómo esa persona que está sonriendo, que está jugando, que está corriendo, que no ha hecho daño a nadie, que es feliz, que es un niño, tiene una enfermedad y se muere. Y nosotros no lo podemos transmitir así.

–A veces las enfermedades pueden sorprender incluso a los médicos…
–Precisamente por eso necesitamos dinero para investigar, porque tenemos muchas incógnitas. Necesitamos saber, por ejemplo, por qué un niño con un golpe determinado hace una hemorragia del hígado o del bazo y lo pasa muy mal…y otro, con el mismo golpe, casi no tiene nada. Por qué un niño con un microbio desarrolla un catarrito o algo banal o incluso el microbio entra en su cuerpo sin afectarle y a otro le genera una infección grave que se llama septicemia e incluso le mata. Por qué unos tumores son tan malos y otros lo son menos, por qué éste tratamiento y no el otro es el que da mejor resultado. Necesitamos investigar sobre las enfermedades más graves y prevalentes en los niños, porque tenemos muchas incógnitas.

–¿Y cuáles son las enfermedades más graves y que más matan a los niños?
–Sobre todo los accidentes. Esa es la «enfermedad» que más mata. Por eso hay que hacer prevención de los accidentes y tratarlos cuando se producen, para disminuir las secuelas. No sólo queremos que los niños vivan, sino que lo hagan en buenas condiciones. Pero las enfermedades de los niños dependen de la edad. En el primer año de vida, la que más mata es la muerte súbita, después los accidentes, cuya «vacuna» es sin duda el sentido común. Y matan las infecciones, los tumores…

–Pero ya hay muchos niños que superan el cáncer ¿no?
–Depende del tipo de cáncer. Si es leucemia, se salvan nueve u ocho de cada diez. Pero hay muchos tipos: unos son pequeñitos, otros grandes, otros muy malignos. Y no todos los tenemos igual de controlados.

–¿Es verdad que los niños suelen aceptar mejor la enfermedad que los padres, por grave que sea?
–Los niños aceptan la enfermedad e incluso las amputaciones. Si tienen un tumor en un hueso o una infección grave y pierden parte de una extremidad, de un pie, por ejemplo, lo aceptan perfectamente. No están tristes dos meses más tarde. Se mueven, juegan… Aceptan sus limitaciones y son felices. Los padres son mucho más débiles. Sufren, se culpabilizan, piensan: «si le hubiera llevado a este médico», «si hubiera hecho esto o aquello», «si les hubiera dado ¡agua bendita…!». Cuando la mayor parte de las veces los padres no tienen culpa de nada y ese microbio le ha provocado a ese niño lo que, sencillamente no le hubiera provocado a otro.

–¿Y cómo acepta las desgracias el médico?, ¿le torturan?
–Yo tengo muchos recuerdos de casos que no me torturan, pero que me han despertado durante muchas noches y me han preocupado durante días, semanas y meses. Casos de niños que podían haber evolucionado de una manera y evolucionaron de otra, básicamente por el desconocimiento, no de este médico o de otro en concreto, sino por el desconocimiento que existe en un momento determinado y que al cabo de un tiempo se supera. Muchas veces me he dicho: «Si este niño hubiera llegado sólo tres horas antes, dos días antes o dos días después, cuando ya sabíamos lo que no se sabía dos años atrás, lo hubiéramos sacado adelante». ¡Le he dado y le doy tantas vueltas…! De ahí la necesidad de obtener recursos para investigar, porque en realidad y pese a la experiencia de tantos años…¡sabemos tan poco de algunas enfermedades!

Personal e intransferible
Se levanta muy temprano, antes de que amanezca, y se va al Niño Jesús, visita a sus enfermitos más graves y luego sale a correr una hora por El Retiro. Y ahí, a solas consigo mismo, le da vueltas y vueltas a sus problemas, que son los de tantos que han depositado su confianza y su vida en sus manos. Su corazón trabaja y manda más sangre a sus músculos, pero sobre todo a su cabeza, que se oxigena y le permite pensar en su familia, en sus amigos, en el concierto de música clásica que quiere escuchar en el coche, en sus pacientes… O en nada. Juan Casado también deja a veces su prodigiosa mente en blanco, para tenerla activa luego  horas y horas para los niños y sus padres, que le llaman de día o de noche, cuando se sienten más perdidos y asustados que sus pequeños, hasta que le escuchan decir: «Eso no es nada».

La Razón

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