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Marcos de Quinto

«No tomo calimocho pero no por no estropear el vino sino la Coca-Cola»
- Presidente de Coca-Cola para España y Portugal -

DE CERCA
Además de presidente de Coca-Cola, también lo es de Ecoembalajes. Asegura  encontrarse a gusto con su vida: «Se me permite la creatividad en todo lo que hago, tengo amigos, pareja, las cosas necesarias, y además puedo viajar. Soy libre de vivir como quiera y de poder elegir. Me considero un afortunado».

En la casa de Marcos, de padre empresario y director teatral y de madre actriz –guapísima, por cierto–, la literatura y el teatro siempre fueron una constante. Por ella pasaban habitualmente Ignacio Aldecoa, Buero Vallejo o Luis Rosales.

De ahí le viene la afición por la lectura y en especial por la poesía, «ahora, sobre todo, de Leonard Cohen». El gusto por la Coca-Cola le llegó más tarde, pero está claro que le creó adicción.

–Lleva veintitrés años trabajando en Coca-Cola y pensaba que era imposible estar tanto tiempo en la misma empresa.
–Es posible, aunque me marché de la compañía para dirigir durante tres años una agencia de publicidad, la red sur de agencias del grupo Bates, y luego me reenganché a Coca Cola. Una vez que sales te das cuenta de lo que es esta corporación, porque se te mete en la sangre. Es lo mismo que ocurre en los grandes equipos de fútbol.

–¿Y una empresa de esas dimensiones también sufre la crisis?
–Por supuesto. La crisis la sienten todos los ciudadanos y si ellos la notan nosotros también. El sector de consumo está sufriendo, aunque no tanto como otros. Lo que está claro es que si hay que atravesar una tormenta es mejor hacerlo en un Jumbo que en otro tipo de aeronave.

–Tengo curiosidad por saber cómo hace para gestionar una empresa tan enorme y además hacer miel, vino, ser arqueólogo aficionado, copiloto del Dakar… ¿Cuántos Marcos de Quinto hay?
–Decía Gregorio Marañón, quien también hacía muchísimas cosas, que tenía dos secretos: primero, que tenía chófer, y, segundo, que no tenía televisión. Yo además vivo solo y aprovecho los trayectos desde mi casa a la oficina.

–Pues estará solo porque quiere, porque formaba parte del catálogo de los solteros de oro.
–Vivo solo pero estoy comprometido. Y soy profundamente monógamo.

–Ese perfil de hombre responsable pero inquieto y aventurero le viene perfecto a la compañía de una bebida de la que aún no se conoce la fórmula…
–La verdad es que se conocen los ingredientes, pero no la fórmula. Y hay un salto muy importante: los ingredientes de una paella se saben, pero ponte a hacerla… Lo mismo ocurre con la Coca-Cola.

–¿Cómo es posible que en un mundo en el que se conocen hasta las intimidades de todo hijo de vecino se haya preservado la fórmula de una bebida?
–Porque no está patentada. Cuando una cosa se patenta es pública, pero lo que realmente queda protegido es aquello que no guardas en una oficina de patentes, sino en una cámara acorazada del Santras Bank en Atlanta. Es un buen secreto.

–Lo que ya no lo es es que hace su propio vino.
–Con mis propias manos. Tengo una estrujadora despalilladora que es casi de la señorita Pepis, con un motor monofásico. Echas ahí la uva y todo el escobajo va hacia un lado. Es un proceso muy interesante que me supone darme una buena panzada al año, cuyo fruto son unas setecientas botellas.

–Confiese, ¿alguna vez se ha hecho un calimocho?
–Pues no, soy más de tinto de verano. Pero no es por no estropear el vino, sino la Coca-Cola.

–El vino lo hace en su casa de Madrid, ¿y la miel?
–En Cuenca. Tengo unas setenta colmenas.  Y a las abejas las trato como reinas, no porque todas lo sean, porque hay zánganos y obreras, sino porque realmente la miel se suele cortar tres veces al año y yo lo hago una sola, con miel de romero, y luego dejo que ellas se queden con la que hacen, no se la robo. Como además no están en contacto con cultivos ni con fertilizantes, la miel es extraordinaria.

–Y además se hace el Dakar en moto…
–Me he criado, desde los 17 o 18 años, como los otros chicos: con una moto de campo por la sierra de Guadarrama. Y a todos los moteros nos apasionaba el Dakar. Yo con 19 me compré la primera BMW París Dakar, que es la que sigo teniendo. El desierto ya me fascinaba antes de empezar a trabajar.

–Sería buen estudiante para que le compraran esa moto…
–Era buen estudiante, iba aprobando las asignaturas. Pero compaginaba el estudio con vivir y hacer otras muchas cosas que son tan o más importantes, como jugar al mus y al ajedrez.

–No me diga que valora el mus en los currículos…
–Los directores de ESIC me dijeron que los chicos tenían prohibido jugar al mus, pero a mí, para contratar a alguien, me parece bueno que juegue al mus: para el tema empresarial, por el farol, el compañerismo. El póker, sin embargo, no me divierte porque no te tiene que gustar el contrario para poder hacerlo bien y no me atraen ese tipo de sentimientos.

–Tampoco parece gustarle el corporativismo: criticó duramente en su Twitter al presidente de Telefónica cuando anunció el despido del veinte por ciento de su plantilla.
–Vamos a ver,  yo mantengo un absoluto respeto por las personas. Otra cosa son sus acciones puntuales. Yo puedo criticar o comentar lo que hacen esas personas, pero no las critico en concreto, pues tienen un montón de aciertos. Pero es verdad que no soy corporativista en el sentido gremial del término. Lo soy con las personas que creen que hay que arrimar el hombro, esforzarse, ser íntegros,  hablar y construir en positivo en este país, independientemente de si son empresarios o no. Entre los empresarios hay quienes han hecho quiebras que podrían rozar lo fraudulento y yo no suscribo sus acciones ni me siento en absoluto corporativista con este tipo de empresariado.

–¿La política es cosa de empresarios?
–Es algo de todos los ciudadanos, es nuestra responsabilidad estar informados, opinar y tratar de contribuir en lo que podamos. El empresario no tiene la obligación de callarse por serlo. Yo me rebelo contra eso.

–Pero ¿nos vendría bien que ciertos gestores ocuparan el lugar de algunos políticos?
–Cuando hay que dar unos determinados servicios a la ciudadanía, de sanidad, educación, justicia…, y hay un dinero que viene de los impuestos, hay que tratar de dar el mejor servicio con ese dinero. Y pienso que sería bueno que hubiera unas cuantas empresas consultoras desarrollando un proyecto sobre cómo mejorar el servicio sin que cueste más. Estamos en la era digital y deberíamos aprovecharla para acercar la administración al ciudadano sin tener que abrir delegaciones por todas partes.

–¿Así saldríamos de esta crisis infernal?
–Yo creo que ya hemos salido y que lo que hay es lo que nos toca vivir, la realidad a la que tenemos que acostumbrarnos. Van a cambiar los negocios y un montón de cosas más. Y después de que nosotros hayamos vivido los «felices años veinte», nuestros hijos van a vivir una realidad que es mejor a la de hace veinte años. A lo mejor peor que la de hace cinco, pero mejor que la de hace veinte. Si alguien espera volver a vivir como en el «boom» inmobiliario, se equivoca: ésta es la realidad y en el momento en que nos acoplemos a ella y la gestionemos bien, veremos que a lo mejor no caben 33 televisiones o tantas otras cosas, pero nos daremos cuenta de que podemos vivir igual de bien sin ellas.

–Steve Jobs decía que el mejor invento de la vida es la muerte, porque gracias a ella se cambia lo viejo por lo nuevo, ¿está usted de acuerdo?
–Creo que la vida tiene mejores inventos, por ejemplo, la Coca-Cola.

–¿Y en lo de mantenerse hambrientos y alocados que también decía Jobs?
–El fundador de Coca-Cola, Robert Woodruff, dijo mucho antes que el mundo pertenece a los descontentos. Y yo creo que los grandes descontentos, entre ellos Steve Jobs, son los que han movido el mundo.

Personal e intransferible
Tiene tres hijos mayores –dos superan ya la veintena– y «dos hijos nuevos», de nueve y doce años, de su pareja, Candelas Sastre. La de nueve, Jara, después de tanto chicazo, le tiene loquito. Es que es muy niñero. Aunque es lo único que tiene de convencional. Por lo demás, ni juega al golf ni recomienda masters. Cree que tras una correcta formación, la mejor escuela es la vida y para ello hay que olvidarse del móvil y la tarjeta de crédito, y viajar por el mundo. Es lo que recomienda a sus ejecutivos. A él la fórmula, desde luego, mal no le ha ido.

La Razón

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