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El novio de Irina

Jueves por la noche. Una se planta el vestidazo de gala, una estola sobre los hombros y se vuelve a encaramar a los tacones para acudir a la enésima fiesta de la temporada, en este caso los Prix de la revista «Marie Claire». Llegan las «celebrities» a borbotones, perfectas todas ellas, mientras una se defiende como puede, a golpe de antiojeras y diluye el cansancio de las mil y una líneas escritas en la sonrisa obligatoria en estos actos. Animada ya con las burbujas de una copita de champán, trata de olvidar todas las obligaciones del día siguiente –niños, televisión, artículos, entrevistas…– y se dedica a la contemplación del personal.

Goya Toledo, Nieves Álvarez, Nati Abascal, Laura Ponte, Juncal Rivero y tantas otras, siempre espléndidas, pasean sus palmitos por la embajada de Francia. Pero, de pronto, algo sucede. Se mueve el suelo, empujan a los invitados, se escucha barullo. ¿Qué pasa?

Pues que ha venido Cristiano. Peinado por su peor enemigo, con una cresta que ni sé describir, pasa como si estuviera en el medio del campo empujando –y si me apuran dando patadas– y se cuela en la sala principal. A su brazo, su Irina del alma suya, vestida de color piel, cuajada de brillos y con una sonrisa deslumbrante. A Cristiano se le ve incómodo, parece que quiere irse de allí cuanto antes. Cuando sale la directora de la revista a dar los nombres de los premiados y pronuncia la primera frase de su discurso, entendemos por qué: «Hoy, con el permiso de Cristiano, Ronaldo es el novio de Irina y no Irina la novia de Ronaldo».

La Razón

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