Menu
Menu

Javier Moro

 «Escribo historia novelada: todos mis personajes son reales»

DE CERCA
Javier Moro no se presentó al Planeta, lo hizo su editorial. Él no se ha presentado nunca a un premio «por pereza y por no estar pendiente de si salía o no». Así que firmó con Seix Barral cuando dos semanas antes le dijeron que había quedado entre los cinco finalistas, fue cuando «me lo empecé a creer».

Javier Moro es un seguro de éxito para cualquier editorial, un devorador de la Historia que la interpreta desde dentro como si fuera un participante más de los episodios que narra magistralmente. Desde su extraordinaria pasión por los mundos mágicos y orientales se ha trasladado ahora, con la novela ganadora del Premio Planeta, «El imperio eres tú», hacia el apasionante e intrincado universo de un Brasil hasta ahora casi desconocido: el del emperador Pedro I.

-¿Qué le llevó hasta Pedro I?
-Brasil era el escenario del primer libro que escribí hace veinte años y ya entonces oí hablar del personaje. Al principio pensé que había mucho escrito sobre él, pero después vi que quedaba por contar lo que yo pensaba que podía caber en un buen libro. Luego un amigo mío brasileño me sugirió que escribiera sobre él, porque decía que, hecho por mí, podía ser la novela de la fundación de Brasil. Y como me quería ir de la India y no deseaba estar catalogado como escritor de mujeres volví a Brasil, que me encanta.

-Creo que además quería escribir sobre alguien que hubiera muerto hace más tiempo que sus últimos personajes…
-Es que mi experiencia con «El sari rojo», con Sonia Ghandi, fue terrible. Siempre he tenido problemas con mis personajes, porque mis historias son reales y nunca nadie está de acuerdo con la visión que tú puedas tener de él. El nieto del Marajá de Kapurtala me puso verde por lo que había contado de Anita Delgado en «La Pasión India» y Sonia Ghandi, de quien había escrito a su favor y a su gloria y la de su familia, me mandó a sus sabuesos a aterrorizarme tras «El sari rojo». Y entonces me dije: «Voy a escribir sobre alguien que haya muerto hace por lo menos doscientos años y así a lo mejor conoceré la paz literaria y me dejarán de hacer la vida imposible».

-O sea que la historia de Pedro I resultaba perfecta. ¿Es fácil encontrar buenas historias para contar?
-Las historias unas veces vienen a mí, otras las busco, otras aparecen leyendo el periódico o conversando con un amigo. No hay reglas, pero es difícil encontrar buenas historias.

-Pues la de Pedro I tiene todos los ingredientes que cualquier novelista desearía para su obra…
-Desde luego tenía todo lo que a mí me gusta: amor, pasión, sexo, mujeres… Y luego la creación de un país, la cosa épica e incluso la redención final del personaje. Cuando uno como éste está hecho para escribir sobre él hay que hacerlo.

-Dice usted que lo suyo es historia novelada, no novela histórica, ¿qué diferencia hay?

-Que no hay personajes de ficción. Son situaciones históricas que yo novelo, pero manteniendo la historia lo más fielmente posible. No habrá ocurrido exactamente como lo describo, no se dirán exactamente lo que yo escribo, pero seguramente en un ochenta por ciento fue así, porque los hechos sí fueron los que cuento. Y creo que es un valor añadido.

-¿Pero todo lo que narra sucedió? Porque además de descubrir cómo Pedro se convirtió en emperador de Brasil a los veintitrés años y cómo marcó con su huella la historia de dos continentes, ofrece detalles muy íntimos, hasta habla de un gatillazo…
-Pues sí, eso también sucedió. Le ocurrió cuando tras la muerte de su primera esposa, Leopoldina de Austria, se volvió a casar con una princesa de segundo orden, tras haber sido rechazado por muchas otras por su fama de conquistador. Su nueva y jovencísima esposa, Amelia de Beauharnais, fue testigo de aquel fallo de su virilidad.…El se lo tomó con humor como se ve en la última frase de una carta que le envía su amigo el marqués de Resende y que recojo en la novela: «…si ella no me deja preñado a mí, que es la única desgracia que me falta sufrir».

-Para sufrimientos, los que le causó él a Leopoldina e incluso a su amante brasileña, Domitila de Castro, dos mujeres bien diferentes entre sí, que fueron, la primera su salvación y la segunda su perdición.
-Es que Leopoldina le quería demasiado. Provenía de la corte más rica del momento, era culta, buena madre, coleccionaba lepidópteros… Pero claro, él luego se enamora de una brasileña que apenas sabe leer y escribir, con la que no tiene esa relación virtuosa y de compañerismo, sino una de absoluta carnalidad, con planes mucho más divertidos que los de su esposa, que era una mujer buenísima, pero mucho menos atractiva.

-En todo caso no fueron sus únicas mujeres. De hecho las tuvo a ambas embarazadas al mismo tiempo que a una tercera ¿no?
-Sí, a ellas dos y a la hermana de Domitila… Tuvo muchísimas amantes. De hecho consideraba que la monogamia era el resultado de una libido disminuida o de una enfermedad mental. Y también tuvo muchísimos hijos, ciento veinte según Tarquinio de Sousa, su historiador oficial. Pero yo creo que se quedó corto, porque el último lo tuvo con una monja de un convento de la isla de Terceira en las Azores y aquellas monjas eran las más aisladas del mundo… Era un hombre que no podía dejar de tener relaciones con las mujeres y que parecía que quería poblar el mundo con sus hijos.

-No sé si llegaría a serlo con todos sus hijos, pero era muy buen padre ¿no?
-Sí. Se ocupaba muchísimo de todos sus hijos y mezclaba a los naturales con los legítimos –para desesperación de su esposa– y a todos les procuró dar la mejor educación. Era un padrazo: les cuidaba, les vacunaba, les daba los purgantes…Todo arranca de la falta de cariño que él había sufrido.

-Desde luego, porque su madre Carlota Joaquina de Borbón y su padre Juan VI le tuvieron un poco abandonado…

-Absolutamente. Pero son relaciones distintas. Él quiere mucho a su padre pero no le entiende porque es demasiado indeciso, chapado a la antigua, y es él quien le convence de que no se puede ser ya un monarca absoluto. Y cuando el padre le da las gracias por lo que ha hecho es el gran momento de su vida porque nota que le quiere y le reconoce. Su madre era la arpía mayor del reino. Era una mujer moderna que nunca aceptó su papel de reina consorte. Ella –que envenenó al padre- quería ser reina. De lo que fuese. Por eso tramó un golpe de Estado contra su marido, que no triunfa, luego lo intentó en Argentina, Guinea… Quería ser reina de algo pero no lo consiguió y trasladó su frustración a su mundo natural, con lo que la cosa acabó en una separación familiar y una guerra civil entre Pedro y su hermano Miguel, hijo natural de Carlota Joaquina.

-¿Y usted cree que en Brasil ven a Pedro I como usted lo ha descrito?
-Era un hombre que aprendió antes a herrar que a leer, nunca llegó a aprender bien el francés, que era el idioma que aprendía la gente de la realeza, y hasta era un bruto; pero fue muy valiente, muy listo y con un gran olfato para saber dónde estaba la oportunidad…Pero como la historia es una interpretación, no una ciencia, y como tal se presta a puntos de vista divergentes, probablemente en Brasil habrá mucha polémica con este libro porque allí hay quien lo considera un monstruo y seguro que piensan que yo lo he humanizado demasiado. Al que adoran es al hijo, que era monógamo, formal… Sólo tuvo una mujer, ¡fíjate que tipo más aburrido! Reinó cincuenta años, trajo el teléfono… Era el hijo de Leopoldina y se le notaban los genes. Y es a él a quien, en Brasil, consideran el emperador, pero desde el punto de vista dramático, el interesante es éste.

-¿Cree que entre nuestros políticos actuales habría alguno comparable a Pedro I?
-No. ¿Quién habría con ese coraje y esa intuición de estar siempre en el buen lado? Es otra época, ahora no puede haber gente así. Y lo que nos falta son políticos con coraje y sobre todo con visión.

Personal e intransferible
Javier Moro es madrileño, tiene 55 años, dos hijos, doce libros y el Premio Planeta recién ganado. Valora la franqueza y detesta la doblez.
Es impaciente, curioso, nervioso, sibarita, le gusta viajar, descubrir, la comida peruana y el buen vino. A una isla desierta se llevaría un   I-pad, pero solar, para poder recargarlo y sólo se arrepiente de no haberle dedicado más tiempo a sus hijos durante la escritura de estos libros. Dice que perdona, pero no olvida, sueña mucho con su padre, que murió hace treinta años y si volviera a nacer, tal vez por influencia de su «Pasión india» y de Anita Delgado, protagonista de aquel libro y maestra para el autor en emociones femeninas, sería Marajá.

La Razón

Back to Blog

Deja un comentario

Back to Blog