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César Galicia

«Me considero el pintor de la realidad no transfigurada»
– Pintor –

DE CERCA
Tiene cuadros repartidos por museos de todo el mundo –Osaka, Pennsylvania, Chicago, México Madrid– y duerme poco: «A veces, mis sueños se transforman en pesadillas, no sé por qué. Pero también llamo a los sueños bonitos y a veces consigo soñar bonito, no se si en color, porque veo mucho personaje gris, sobre todo por esa crisis que nos ha quitado muchísimo color.»

César Galicia pasa las horas capturando la realidad tal cual es, en medio  del desorden de su estudio, donde la pintura derramada alfombra el suelo y cochecitos y aviones de lata se agolpan en las estanterías, cubiertos de polvo, junto a botes insólitos de casi cualquier cosa.

Le gusta arroparse de ese silencio «que no es no oír nada, es oír tus cosas», y desde él, un dibujo de su hija, un recorte de periódico, unos pinceles…Todo puede motivar su inspiración, libre de poesía y de magia, repleta de la prosa de la vida y del reto permanente de subir la montaña por la cara norte.

-¿Sabe que hay quien piensa que sus pinturas no pueden serlo de tan reales que son?
-Por eso, aunque dibujo de memoria, cuando me planteo algo necesito un modelo para poder llegar al extremo de esa realidad no transfigurada. Me considero el pintor de la realidad no transfigurada

-¿El artista nace o se hace?
-El artista nace artista, definitivamente, no tengo ninguna duda. O al menos un tipo de artista. Luego hay personas que no nacen artistas, pero consiguen sacar el gusto por las cosas, por los espacios, por el diseño y son, digamos, otro tipo de artista que se construye a través del oficio. Pero el verdadero genio, el fabuloso, nace. Lo mejor es combinar: nacer con el virtuosismo y luego forjarse un oficio que es el complemento perfecto para el artista. Y es una pena, porque ese oficio ahora se ha ido perdiendo.

-¿Cuándo se da cuenta un artista de que lo es?
-A mí me gustaba pintar desde pequeño. Mientras los demás chicos estudiaban yo siempre estaba haciendo dibujitos, batallitas…Me presentaba a pequeños concursos que iba ganando por diputaciones, ayuntamientos… Y lo hacía con la cajita de óleos que me regaló mi padre… Enseguida me identifiqué con los  pigmentos y la trementina y supe que aquel olor tendría que ver con mi vida, que mi vida giraría en torno a esos colores.

-¿A dónde mira para encontrar la inspiración?
-A cualquier cosa. Mi mundo personal es enorme. El mundo es tan grande y está tan lleno de cosas que siempre encuentras un instante con el que estableces un diálogo muy emotivo.

-¿Y cómo comienza el proceso?
-Cuando veo un paisaje –yo soy una persona muy urbana, me interesa mucho el paisaje urbano–, hago muchos «sketches», escribo bastante, hay mucha literatura en el «sketch»… Antes de pintar empiezo a apuntar sin dibujar. Y luego, más tarde, empiezo a dibujar.

-¿Durante cuánto tiempo?
-Días, semanas e incluso meses. Hay cuadros que salen de una forma más fresca, más rápida…, pero hay otros en los que empiezas con torpezas. A mí las torpezas me fascinan, y creo que son muy importantes en un artista. La torpeza, el accidente; todo eso construye muchísimo y hay veces que se te tuerce un cuadro cuatro veces y resulta que es mucho mejor que el que ha salido en un instante de carrerilla, es bastante más interesante.

-No todos los artistas tardan tanto en hacer una obra. ¿Es menos arte el que requiere menos tiempo?
-La idea es lo fundamental. Cuando es buena, da igual como llegues a ella. Puedes hacerlo a través de muchísimo trabajo, de muchísimo esfuerzo o de un brochazo… Y pueden pasar meses hasta que la idea llega. El genio que puede contar algo en un minuto es válido, pero no es común. Yo creo que el arte hay que trabajarlo mucho. A la idea sigue la parte de oficio y ésa es la terminación… Sucede que el arte en el siglo XIX empezaba aquí y terminaba un poco más para acá…, pero es que ahora no hay límites. Todo vale. Y yo no estoy de acuerdo con eso: todo no es arte.

-¿Quien determina el valor del arte?
-Los «políticos» del arte, que conceden unos espacios maravillosos para ocupar a sus «marcas», a sus artistas, y los restringen para los demás.  Son personas que no han tenido ni un carbón ni un lapicero en la mano en la vida. Y resulta muy  estúpido que se crean con capacidad para determinar lo que es arte y lo que vale y lo que no, cuando hay muchas más personas que son sensibles al arte y que pueden elegir lo que es arte. Yo les he dicho a amigos que cojan algo de la calle y lo limpien y lo organicen y lo pongan en su casa porque merece la pena…Yo determino lo que es arte y puedo hacerlo porque soy artista.

-Un artista capaz incluso de pintar el aire… ¿Cómo se pinta el aire?
-Yo creo que el aire lo inventó de verdad Rembrandt de quien soy un gran admirador. Rembrandt y Velázquez son dos artistas a los que he dedicado muchísimo tiempo y que me fascinan… Tenemos el espectador, que es el sujeto, tenemos el plano de un cuadro y el objeto que vamos a pintar. Del espectador al cuadro hay una distancia. Y desde el cuadro al objeto, otra. Cuando consigues que el plano del cuadro desaparezca y creas, en vez de dos distancias, una sola, se puede decir que has conseguido pintar el aire.

-Antes de crear, ¿le devoran las dudas?
-La duda no existe. Cuando empiezo una obra es la parte más dramática. Pero si veo el objeto y veo la idea y la tengo… Si ya tengo el cuadro, ya sé cómo va a quedar, porque conozco el proceso técnico que va a ocurrir y lo tengo pintado en la cabeza. Solamente se trata de pegarlo en una superficie en blanco… A veces me gustaría no tenerlo siquiera que pintar, porque ya lo he pintado, ya es mío, ¿para qué lo voy a hacer? Es subir la montaña por la cara norte… Pero lo haces porque quieres contar esa historia.

-¿Y siempre se queda satisfecho con lo que hace?
-Yo sí. No me mata la duda ni la incertidumbre , porque antes de empezar algo lo tengo clarísimo. Soy incapaz de empezar algo si no lo veo, pero cuando lo veo, lo clavo.

-Le interesan los puentes, los aviones, los automóviles…
-Todos los aparatos con motor están muy relacionados con mi mundo personal. Me fascina la tecnología. Soy un tecnócrata dentro del mundo del arte.

-También le interesan los paisajes y las personas, pero por separado, ¿por qué?
-Hace seis o siete años terminé un paisaje urbano, un Stadium de NuevaYork que quería pintar desde hacía mucho…Y cuando lo acabé y lo miré me di cuenta de que no había cielo. Entonces me empecé a poner nervioso, me puse a mirar todos los paisajes que había pintado y descubrí que en mis paisajes no existe el cielo… Es enigmático… Pero son cosas que haces sin pensar.

-Dibuja paisajes sin cielo y sin personas y personas desnudas, sin paisaje…
-El boxeador no está desnudo…

-Yo creo que lo está, aunque lleve ropa…
-Tienes razón. Lo está absolutamente. Lo que importa en las personas es la mirada y la de ese boxeador estaba tan desnuda que te lo estaba contando todo.

-No retrata personas muy bellas…
-Bueno es que me fijo en otras cosas… La historia del boxeador era maravillosa, también encontré una modelo que tenía un cuerpo muy renacentista, un pelo muy bonito y algo que contar.

-¿Y mientras cuenta lo suyo, está pendiente de los que sucede a su alrededor?
-Me interesa mucho lo que sucede a mi alrededor. Me fascina Banksy, el grafitero, y no me es ajeno. Tiene mucho que ver conmigo, primero porque trabaja con sprays y aerosoles y yo también con aerógrafos y compresores. Fabrica máscaras y yo también trabajo con máscaras muchas veces… No me es ajeno el arte contemporáneo… Me sigue gustando ir y ver y observar lo que está pasando a mi alrededor y cuáles son las últimas tendencias… Unas me interesan más, otras menos, y otras absolutamente nada. Pero sí miro, me gusta mirar lo que sea.

Personal e intransferible
Lleva el dolor de tres cirugías en la L-5 a la espalda, como si fuera una mochila. Pero lo palía con la medicación adecuada y sobre todo con las ganas de vivir, de sentir y de pintar. Cada día invade su propio estudio, prende el quemador de gasóleo y mientras la nave se calienta, se va a tomar un café. Luego vuelve y puede pasar horas mirando un objeto cualquiera, destripándolo incluso, para descubrir su realidad y pintarla tal cual, inquietantemente exacta. Es mitad madrileño mitad neoyorkino, porque para eso vivió durante años allí. Volvió a su ciudad tras un divorcio complicado siguiendo a sus tres hijos. Le gustan los relojes, los coches, los aviones… Pero, paradójicamente, es un hombre muy espiritual, sensible y creativo y con un defecto muy señalado: «Yo no tengo toma de tierra. Debería enchufar de vez en cuando y bajar y vivir un poco como el resto… Quizá es una forma de protección de los artistas».

La Razón

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