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Elena Ochoa

«Tengo capacidad para sentir lo que puede funcionar en el arte»
- Editora y galerista -

DE CERCA
«La crisis no es global, es mucho más de Occidente. En Kuala Lumpur o en Hong Kong no hay crisis: la gente va a tope. Yo creo que aquí nos hace más daño la recesión en la actitud de poder superar la crisis que la recesión en la inflación».

Aunque nació en Orense, la ex televisiva doctora Ochoa, ahora Lady Foster, no olvida que Madrid es «su ciudad». Por eso la eligió para abrir, en 2008, su exclusiva galería de arte, Ivorypress. Con ella participará en la 31 edición de ARCOmadrid, del 15 al 19 de febrero. Entre las obras que se podrán ver en su stand, fotografías de Miroslav Tichý, Robert Walker, Antonio Girbés o Matthias Schaller , piezas de Los Carpinteros y algunas muestras de la primera retrospectiva en Europa del polémico creador chino Ai Weiwei.

–Lleva dedicada a Ivorypress desde el año 1996, pero antes, y durante muchos años, la locura fue su vida. ¿Existe alguna relación entre el arte y la locura?
–En esta vida todo está interrelacionado, pero hay determinadas actividades y procesos que están íntimamente unidos. No quiero decir con esto que todo artista tenga que estar loco, sino que si un empresario, un galerista o un periodista pone toda su pasión en un proyecto hace cosas irracionales. En ese sentido, la creación y el arte están muy ligados a la locura, pero no a una locura enferma, sino a una que da vitalidad y sentido a la vida y hace que la realidad se transforme para bien.

–¿Eran tan intensos sus días de psicopatóloga como lo son los de empresaria artística?
–En aquel momento, mi vida era muy plena y no la hubiera cambiado por nada. Pero en realidad, la estructura de mi vida, la esencia, es la misma ahora que antes: hacer lo que me gusta, lo que quiero hacer y en lo que creo y hacerlo lo mejor que puedo. Lo único que cambia es el contenido.

–¿Como llegó a ese primer contenido de psicopatología?
–Cuando era niña mis padres celebraban tertulias en casa y mis hermanos y yo vivíamos un ambiente relacionado con la literatura, con Otero Pedrallo, con Cunqueiro…; pero además de aquel grupo de escritores orensanos solían reunirse con un grupo de médicos y psiquiatras entre los que se encontraba Manolo Cabaleiro. Él fue quien me empujó a la psicopatología, en contra de mi padre, que no quería que estudiara Arte, Filosofía o Psicología, que era lo que por entonces estudiaban las chicas, sino una carrera de Ciencias y que fuera a por todas.

–Fue usted a por todas como psicopatóloga y acabó hablando de sexo en la tele… ¿Cómo ocurrió?
–Por aquel entonces yo trabajaba con mi queridísimo jefe Vallejo-Nájera y, alguna vez, cuando él no podía o no quería ir, iba yo en su lugar a algún programa de televisión, a la una de la madrugada, a hablar de drogas, de psicopatología… Y ahí fue cuando me lo propusieron, pero no era el momento.

–O sea que, al principio, rechazó la oferta ¿no?
–En aquel momento era profesora en la universidad, daba un tema de sexualidad dentro de psicopatología, pero no era sexóloga y me parecía que el programa tenía que hacerlo alguien que se dedicarla a la ciencia del sexo y que supiera más de SIDA, de prevención de enfermedades sexuales y de planificación familiar, porque era un programa de «prime time», pero detrás tenía unos objetivos sociales muy importantes.

–¿Cómo consiguieron convencerla?
–La oferta final fue muy sugerente porque me permitía hacer el programa los fines de semana y el rector de la Complutense me dio su venia –yo en aquella época era funcionaria, al ser profesora titular–. Además, iba a tener un jefe fantástico, como era Chicho Ibáñez Serrador, que ponía a mi disposición a un equipo de grandes profesionales de todo el mundo.

–Tras «Hablemos de sexo», que fue un auténtico éxito de TVE, casi de un día para otro, abandonó la psicopatología y decidió dedicarse a otra cosa. ¿Cómo pudo hacerlo?
–La vida es muy inesperada. Recibirla como algo predecible es muy aburrido. Yo nunca he creído en los futuros, sino sólo en la ilusión de futuro, de luchar por hacer algo, por conseguir unos objetivos. La vida da muchas vueltas y yo tengo una actitud muy desprendida respecto al futuro, que es, quizá, heredada de mis padres.

–Unos padres que debían tener muchos «posibles» para poder enviar a aprender idiomas cada verano a sus seis hijos… 
–En mi familia hubo tiempos de más y menos «posibles». Tuvieron lugar muchos altibajos, pero siempre la educación fue el «number one».

–Debió de serlo porque ¿cuántos idiomas habla?
–Inglés, francés, italiano y ¡alemán fatal! El inglés lo aprendí porque estudié fuera de niña, el francés porque mi madre hacía mucho hincapié en ese idioma, el italiano porque me gustaba y empecé a estudiarlo. Y leo alemán porque…¡Mis hijos (Paula de 12 años y Eduardo de 10) sí que hablan muchos idiomas!  Yo no. ¡Ellos se ríen de mis acentos!

–Casándose con un artista británico es más fácil «perfeccionar» el inglés y cambiar la psicopatología por el arte ¿no?
–Todo influye. Si me hubiera casado con un oceanógrafo que vive en Bahamas no estaría aquí hablando contigo. Toda tu vida es una memoria para el presente. Y por supuesto que Ivorypress, aunque no sea una consecuencia únicamente de mi marido, sí tiene que ver con que él esté aquí, a mi lado. De hecho el espacio de la galería es cosa suya, su obra, no mía.

–Pero los libros, «la mejor revista de fotografía del mundo» y las selectas exposiciones sí son obra suya.
–Sí (se ríe). Y también de mi equipo. Y Norman es también mi equipo: estamos todos a una, tenemos la misma filosofía de vida, no vemos nada como eterno, no nos importa el legado y lo que venga después: lo que nos interesa es el presente.

–¿No les importa trascender?
–Sería una mentira decir que no te importa dejar una huella o un impacto en el sentido de trascendencia o inmortalidad, porque si no hay cosas que, a lo mejor, no harías. O sea que quieres trascender, pero no te lo crees demasiado

–¿Hay que tener un don para saber reconocer el arte?
–Tienes que tener una determinada sensibilidad que no significa que sea la mejor ni la peor, es una sensibilidad determinada para conectar con la misma ola o el mismo movimiento artístico de la creación o con las actitudes de los artistas o del arte que se está produciendo en el momento. Y ése es un talento que se tiene o no se tiene.

–¿Usted es capaz de descubrir artistas?
–Sí, tengo capacidad para sentir lo que puede funcionar.

–¿Hay buenos artistas en España?
–Hay muchos. Lo que pasa es que no hay un apoyo al arte, no hay una política para el coleccionista, para las colecciones familiares, para los patrimonios, para las herencias, los museos. No existe una estructura que apoye el arte y la creación como hay en EE UU, Suiza o Inglaterra.

–¿Usted quiere apoyar el arte español? 
–Desde luego. Pero creo que se necesita más allá del apoyo profesional: el gubernamental para conseguir promoción en el extranjero. Ivorypress ha traído a España a muchos directores de museos extranjeros, pero nosotros no trabajamos sólo con artistas españoles. Con el tiempo vamos a trabajar más y más.

–¿La presencia de Ivorypress en ARCOmadrid es una forma de ayudar al mercado del arte español?
–Ivorypress se fundó en 1996 en Londres como una editorial especializada en libros de artista. En 2005 creé CPhotoProject y en 2008 abrimos nuestro espacio de exposiciones y librería en Madrid. En 2012 Ivorypress se ha convertido en un referente internacional con reconocida reputación y ha llegado a ser un agente activo en la vida cultural de Madrid. La participación en ARCOmadrid es una consecuencia de esto y de la apuesta por el trabajo como galería del equipo de Ivorypress Gallery. Además, es un apoyo a Madrid, a una iniciativa ya histórica dentro del arte español y a los artistas de cualquier origen y nacionalidad. Es una muestra de confianza.

Personal e intransferible

Aunque nadie se atreve ya a preguntárselo, es cierto que Elena Ochoa bailaba ballet, sevillanas y todo lo que se pusiera por delante. En realidad Elena hacía –y hace– casi de todo: «La vida da mucho de sí, sobre todo, para los que tenemos la urgencia de no dejar de vivir nada, de vivirlo todo». Delgadísima, nerviosa y sonriente, Elena Ochoa recibe en Ivorypress, vestida de negro, posiblemente de la diseñadora mallorquina Rosa Cortana y adornada por unos pendientes de los años 30 –su marido casi siempre le regala joyas de la época en la que él nació–. Parece que atiende a mil cosas, pero cuando se centra en la conversación, ya no existe nada más. ¿Es apasionada?, ¿contenida? «Se pueden ser las dos cosas. Tienes que ser muy apasionada con los proyectos y los ideales, pero también te tienes que contener mucho porque si no la pasión por la pasión, la pasión constante, es caótica y no te lleva a ninguna parte.»

La Razón

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