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Javier Sierra

«Los libros tienen que beber del fracaso»
- Escritor -

Pero la anterior, «La cena secreta», con la que se convirtió en el único escritor español que lograba situarse en el «top ten» de los libros más vendidos en EE UU, está de plena actualidad. Por Da Vinci, claro, y por esa otra Gioconda que tanto se parece a la suya y que se encuentra en nuestro Museo del Prado.

–¿Podría decirme quién pintó la Gioconda de Madrid?
–Aunque ningún experto se atreve todavía a subrayar el nombre,  por lo que se comenta «sotto voce» entre ellos, lo más probable es que fuera Melzi, uno de los discípulos favoritos de Leonardo. Cuando Da Vinci muere, él es quien hereda todos sus cuadernos de notas, las pinturas del taller… En fin, es el depositario del legado del maestro y quien posiblemente ejecutó –porque además tenía permiso para hacerlo– esa obra, a la vez que se pintaba la original.

–Hay quien dice que es más bella la nuestra…
–Bueno, es que el retrato de Madrid es «el retrato». La Gioconda que vemos en el Louvre, en realidad es un cuadro experimental, la obra que el maestro Leonardo estuvo retocando hasta el día de su muerte, y donde ensayó la técnica del «sfumato», que es la pretensión tan insólita en Leonardo de querer pintar lo invisible, el aire, la atmósfera. En el cuadro que tenemos en Madrid, en cambio, lo que vemos es un retrato clásico de la época, a una señora de verdad, no una cosa difuminada e idealizada. Y, probablemente, fue el retrato que se entregó a Francesco del Giocondo, el hombre que encargó al taller de Leonardo que retrataran a su mujer.

–¿Y cómo llegó a Madrid?
–Ese es el misterio. Y daría para una novela, porque, por ejemplo, es muy curioso que de Melzi, que fue el heredero de los papeles de Leonardo, no hayamos recibido ni una sola anotación, nada de su maestro que dejó, como sabes, miles de notas sobre la Gioconda.

–¿Escribirá una nueva novela sobre este asunto?
–Ahora estoy embarcado en una historia un poco más real. Lo que quiero enseñar al mayor número de gente es a mirar las obras de arte que tenemos. En este momento, lo que más me seduce no es tanto escribir una ficción como un manual, vamos a llamarlo así, que enseñe al lector a ver obras de arte y a interpretar sus misterios.

–Para misterios, los que desvela en su última obra, «El ángel perdido». ¿Es su libro más ambicioso?
–Sí, desde luego. Después de hacer «La cena secreta», que es una novela histórica y está muy encorsetada por la época y el rigor que tienes que aplicar a la descripción de los personajes y las situaciones, quería dar una vuelta de tuerca y utilizar elementos históricos, que son los que definen un poco mi literatura, pero que también cupieran todos esos elementos de «thriller», como una persecución, por ejemplo, y que no tenían sitio en la anterior novela porque en esa época no resultaban creíbles. Quería eso que los americanos llaman «page turner». O sea, que no puedas dejar de pasar la página. Ahí es donde me empleé a fondo con «El ángel perdido».

–Y tan a fondo. Tardó usted siete años entre documentarse y recorrer el mundo para escribirla ¿no?
–Me puse a redactarla incluso antes de haber terminado «La cena secreta»; lo que pasa es que hay muchas páginas que nunca terminan de ver la luz. Sé que es difícil de comprender, pero yo tiro más páginas de las que publico. O sea, existe un proceso de descarte tremendo. Hay escenas que no llegan nunca a editarse.

–¿Y eso por qué?
–Porque  pienso que los libros tienen que beber del fracaso. Es decir, el hecho de que haya páginas que tú termines tirando porque ves que puedes hacerlo mejor y te esfuerzas en hacerlas mejor, provocan que luego el libro tenga una dinámica que, si hubiera salido del tirón, yo creo que sería muy superficial.

–Sus libros beberán de ese «fracaso», pero sobre todo de las fuentes, ¿no?
–Eso es lo más bonito. Lo que yo disfruto verdaderamente no es el momento de la escritura, que para mí es duro; lo que a mí me resulta más excitante y satisfactorio es el viaje, la investigación. De hecho, todos mis libros, de alguna manera, son de viaje, de búsqueda. Los personajes se ven implicados en una historia que deben resolver, porque es vital para su supervivencia, y para mí también lo es resolver el acertijo en el que después voy a meter a mis personajes. Quizá por eso se establece una complicidad entre mis lectores y yo, y mis personajes. Eso es, vamos,  la cuadratura del círculo.

–¿Y en ese proceso de investigación se decepciona si no encuentra lo que esperaba hallar?  El Arca de Noé sobre el Monte Ararat, por ejemplo.
–Pues no, porque no la encontré, pero aprendí muchas cosas sobre el ejercicio de escalar una montaña. Aprendí lo importante que es la constancia. Una montaña se sube con una capacidad física normal. No hace falta ser un super héroe, sino tener mucha constancia. Debes tener claro dónde está la meta, porque si no, no lo haces. Y hay momentos de desesperación.

–Incluso otros en los que casi no se puede respirar, ¿no?
–Bueno, todo consiste en tener buenos maestros y ponerte en sus manos. En mi caso fue César Pérez de Tudela. Yo me había estudiado los manuales de escalada y los medicamentos que había que utilizar para que la sangre no se densificara a ciertas alturas; pero al final el maestro me dijo: «Déjate de tonterías. Llévate una caja de aspirinas y cuando desayunes, antes de empezar la jornada, te tomas una». Y efectivamente, bastó con una caja de aspirinas.

–Una experiencia para contar… Y muchas historias para trasladar a su novela. ¿Cuál de todas las que investigó fue la que más le interesó?
–Quizá la «Epopeya de Gilgamés», que es un texto muy arduo, escrito hace seis mil años en tablillas cuneiformes. No tiene una estructura narrativa como la nuestra, así que tardas en sintonizar con la búsqueda y los personajes, pero se trata de un libro muy revelador en el que se aborda un tema que nos produce pavor: la muerte. Gilgamés se subleva contra ese pavor y decide encarar el problema haciendo un viaje mítico, o no, a la tierra de los dioses, para saber por qué, siendo rey, tiene que morir. Y los dioses no sólo no le responden, sino que le engañan: le envían a buscar una planta que le garantice su supervivencia, pero nunca llegará a aparecer, y lo distraen hasta el día en que él muere. Es una lección interesante.

–La protagonista del libro, Julia, es una mujer…
–Para mí era un desafío meterme en la piel de una, porque mis novelas anteriores siempre las habían protagonizado hombres, y las mujeres eran personajes secundarios. Creía que tenía una deuda con la psicología de las mujeres y decidí meterme con ella. Además, en los grandes libros, la propia «Epopeya de Gilgamés», «El Quijote», o «La Odisea» los que buscan cosas siempre son personajes masculinos, así que yo quería que, en este caso, fuera una mujer. Por otra parte, creo que es capaz de dar vida se enfrenta a la muerte con mayor entereza que el hombre y no le importa reflexionar sobre ella.

–¿Y los ángeles de los que habla, son hombres o mujeres?
–Digamos que el secreto de la novela reside en el descubrimiento de que todos, de alguna manera, somos ángeles. Tampoco me lo invento yo; en el texto apócrifo de Enoc, que fue muy perseguido en su momento, se explica lo que pasó después de que las hijas del hombre y los hijos de Dios se mezclaran –porque la Biblia no te lo explica–. La conclusión sería que nosotros descendemos de Noé, somos parte de una mutación y también somos ángeles.

–A veces somos ángeles y a veces demonios, ¿no? 
–Es verdad que en el ser humano, en un nivel un poco más filosófico, se mezcla esa doble capacidad. Podemos ser ángeles o demonios; la cuestión es que elijamos qué queremos ser.

Personal e intransferible
A este escritor turolense de 41 años, casado y con dos niños, no se le ha subido a la cabeza estar traducido a 43 idiomas, ni las ventas millonarias de sus novelas. Javier Sierra sigue siendo el mismo hombre asequible y encantador de siempre, el que hipnotiza cuando revela misterios hasta en las conversaciones de la máquina del café.  Se siente orgulloso, eso sí, «de haber tomado las riendas de mi vida», y de ese saber qué es la felicidad, el que le ha devuelto la perspectiva de la paternidad y que consiste en «mantener la mirada del niño. Esa es la mirada feliz». La que sin duda él tiene.

De cerca
«No sé nada de fútbol, me repatea la política y no me divierten los espectáculos de masas ni me interesa ver escaparates…Pero además de viajar y descubrir, me gusta mucho dibujar».

La Razón

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