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La familia

En estos últimos meses la crisis ha arreciado y se ha instalado no sólo en las calles sino en los ánimos. Son muchos los que no se sienten capaces ya de luchar, los que tiran la toalla, los que se debaten entre la desidia y el fracaso. Algunos se habrían rendido ya, acosados por el miedo, la angustia y la impotencia, si no fuera por ese apoyo extraordinario, incondicional, que supone la familia.

Los padres gastados, convertidos ya en abuelos, ahora más importantes que nunca, reparten lo poco que guardaron para esos últimos años, con sus hijos y sus nietos; los hermanos protegen a los hermanos y los hijos amparan a sus padres cuando los sienten desvalidos. Nadie tiene nada. O todos tienen poco. Pero mientras se tengan a ellos y a ese amor sincero y desinteresado que nada pide y que da todo a cambio, sostendrán la esperanza por encima de los días grises y de los problemas. Más allá de las tragedias –que existen– de todas esas familias rotas, y de tantas historias desesperadas de traiciones de sangre, el común de los relatos familiares contiene una esencia de amor verdadero imposible de comparar con ninguna otra emoción o sentimiento.

Los padres y los hijos se quieren sin límite y de gratis. Y los hermanos, los allegados y esos amigos convertidos en familia, no de la misma manera, pero casi también. Quizás los anglosajones no entiendan este concepto nuestro de la familia y posiblemente los orientales tampoco. Pero en estos momento inciertos, en los que nada es seguro y todo se relativiza, es de lo que, con mayor y mejor razón, podemos presumir los latinos.

La Razón

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