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El color de la camiseta

En medio del estrés del avance de la Eurocopa, y con la losa de haber visto una foto de Cristiano Ronaldo medio en pelotas, que deja ver ese cuerpo suyo impecable que parece una máquina perfecta de… ¡jugar al fútbol!, he descubierto que los futbolistas son clavaditos a los políticos. A punto del encuentro entre «La Roja» y Portugal, me entero de que el fiero portugués de los músculos abrillantados, al que sus adversarios temen más que a un león de la sabana, ha sido amiguito del mismísimo Piqué. Como lo leen. Resulta que ambos compartieron jornada laboral cuando estaban en el Manchester United y, como andaban flojos de inglés y lo latino une mucho, pues se hicieron colegas más allá de los vestuarios. Eso no significa, claro, que cuando se encuentren en el campo de Donetsk se vayan a saludar como dos «gentlemen», en absoluto. Harán exactamente lo mismo que cualquier político que se precie: se pegarán mientras están en el Congreso/campo y luego se irán a comer. La realidad de la política y de las competiciones deportivas, ya se sabe, sólo depende de la camiseta. Cuando se comparte, como sucede ahora con Ramos y Piqué, se olvidan las rencillas, por mucho que los distintos colores les hicieran llegar, previamente, casi hasta a las manos. Ahora, como miembros de la Selección, están a partir un piñón y dispuestos a enfrentarse a cualquier equipo y jugador, dejando sus simpatías olvidadas, o al menos arrinconadas. Es curioso. Y hasta bonito. Tiene poquita autenticidad, pero por eso se parece tanto a la vida.

La Razón.

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