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Sandra Ibarra

 «Nunca te imaginas que vas a tener cáncer»
- Modelo -

DE CERCA
Sandra Ibarra es una luchadora nata, que jamás tira la toalla, además de una «guerrera de la luz», como la llama Paulo Coelho, que empezó a pelear contra el cáncer en cuanto supo que lo tenía. «Cuando te dicen que estás enfermo es cuando más vivo te sientes y más deprisa quieres vivir».

Aunque en 2002 superó su segundo cáncer, gracias de nuevo, a la médula de su hermano, los efectos secundarios  –«que yo llamo primarios, porque eran mis ojos, mi saliva…»–, continuaron hasta 2004. Fue entonces cuando Sandra dice que comenzó a vivir de verdad: «Hasta entonces me había pasado la vida sobreviviendo».  Sin embargo, tras hacer inventario en su libro «Las cuentas de la felicidad» (Planeta), hasta su madre le pregunta: «Hija mía ¿qué más hubieras hecho si no hubieses tenido cáncer?». Y lo cierto es que Sandra no ha parado de trabajar, de batallar y de vivir, como se refleja en esas páginas, que ella considera su «manifiesto vital».

–Ha tardado unos cuantos años en escribir este libro ¿no?
–No te voy a mentir. Llevaba muchos años con él. Me lo empezó a pedir la gente después de las conferencias y luego Planeta, en aquella época en la que me puse tan fatal y lo tuve que dejar.

–Pero tardó en retomarlo…
–Sí, por mi trabajo, porque siempre estaba empezando un proyecto nuevo y, sobre todo, porque sabía que me iba a doler. Yo era la protagonista de aquella historia tan dura que estaba escribiendo. Y recordarlo dolía. Por eso rehuía hacerlo. Al final me decidí a enfrentarme a los folios en blanco y a encerrarme en ellos, cuando podía escribirlo ya como si fuera una tercera persona, como si hablara de otra… Y, aún así, me hartaba a llorar cada vez que me sentaba a escribir.

–Pues ha escrito un gran libro…
–Siempre me gustó mucho escribir. Conservo un montón de poesías que escribí en las servilletas de papel, los cuadernitos y las agenditas, que tenía en el hospital a mis veinte años. Son un poco naif. Por la edad… Y el libro, por mi lado perfeccionista, he tardado en decir «venga, lo dejo ahí, no corrijo más». Pero estoy satisfecha porque muchas de las cosas que digo no son citas de otros, sino  cosecha propia de todo lo que he aprendido después de 17 años trabajando en salud pública. Son cosas muy personales, muy mías.

–Ahora que ha revisado su relación con el cáncer, ¿no le sorprende cómo le plantó cara siendo tan joven?
–Lo que no sé es por qué lo hice. Tenía 20 años e iba a los programas y no me escondía en una época en la que la gente sí lo hacía. Muchas personas ocultaban que tenían cáncer para no perder el trabajo, a sus clientes, el cariño de alguien… Lo siguen haciendo ahora, así que imagínate, hace 17 años. Era la prehistoria del cáncer. Sólo había salido la noticia de que Carreras se iba a Seattle a tratarse… ¡Y de pronto aparezco yo, diciendo que soy de Medina del Campo, que quiero ser modelo, que tengo cáncer y que me va a curar la Seguridad Social!

–Durante muchos años la gente la miraba y decía aquello de «qué penita da esta modelito desocupada», ¿no?
–Sí, eso lo cuenta Juanra (Juan Ramón Lucas, su novio) en el epílogo. Dice que parecía una modelito desocupada que iba contando su historia por ahí. Sin embargo, nunca he utilizado mi enfermedad, nunca he sido así. Lo que pasa es que, a veces, la prensa crea estereotipos de personas que no son reales y hay que esperar a que el tiempo ponga las cosas en su sitio.

–Dice que le ha dolido escribir su historia. ¿Qué momento le costó más recordar?
–Cuando me dijeron que tenía cáncer de nuevo y se lo tuve que contar a mi madre. Porque la primera vez es duro, porque tener cáncer no viene bien nunca, pero la segunda, ya sabiendo lo que es, sabiendo que se reducen las posibilidades, sabiendo que mucho de lo que te cuentan son mentiras emocionales y sabiendo que ni los médicos te pueden engañar porque ya has pasado por todo eso, es tremendo. Sobre todo porque nunca te imaginas que vayas a tener cáncer, pero tampoco te imaginas nunca que vayas a recaer.

–¿Los médicos llegan a entender el estado anímico de los pacientes?
–Yo me he peleado mucho con médicos, pero al final hemos acabado siendo amigos. Pero llegar a una consulta y ver cómo tiran la analítica a la basura en un minuto es duro. Yo preguntaba: «¿Esa que acabas de tirar es mi analítica? ¿Cuál ha sido mi resultado?» Y me decían: «Es que sois tan curiosos con estas cosas». Y no era una analítica, era mi vida la que estaba ahí. Lo cuento en el libro. Hay pacientes que llevan esperando tres meses y el día anterior a ver sus resultados no duermen, porque saben que de ellos va a depender si van a ver crecer a sus hijos, si van a cumplir sus sueños, si van a vivir…

–Usted, desde el principio, no sólo se aferró a la vida, sino que decidió tomar las riendas. ¿Una de las formas de rebelarse contra el cáncer era ponerse guapa?
–De alguna manera, sí.  En realidad no puedes estar guapa, ni lo pretendes cuando tienes cáncer, pero es una cuestión de dignidad. De dignidad, más que de estética. Y de resistencia. Porque el descuido físico es el principio del descuido emocional. Cuando vas a un hospital a una quimioterapia con un chándal de la XL, sin ducharte, sin arreglarte y entras en el hospital de día, creo que luego tienes más efectos secundarios que si vas duchadita, con tus tacones, tu pañuelo y los pendientes a juego.

–¿Viven el deterioro físico peor las mujeres que los hombres?
–Sí, y de hecho muchas mujeres llevan peor la parte física del cáncer que el propio cáncer. Yo les digo: ¿Estás luchando por tu vida y no sales de casa no vas a una boda, no vas con amigos…? Lo único que se necesita  es estar digna. Con un pañuelo en la cabeza se puede ir a todos los sitios, hasta a presentar una gala de televisión.

–¿Y ha conseguido trasladar ese sentimiento y esa fortaleza a las mujeres que sufren cáncer?
–Yo creo que sí. Y más ahora en este momento de mi vida en el que he encontrado mi sitio en la fundación Sandra Ibarra y he puesto toda mi experiencia, mis vivencias y la de todos los pacientes que he conocido, además de mi formación en publicidad, al servicio de quien lo necesita. Es decir, que todo lo que me pasó a mí en mi vida, tiene sentido en la  fundación y lo aplico para dar vida. Esa es mi leyenda personal.

–Es usted ya casi una leyenda viva. ¿Sostiene alguna vez alguna conversación en la que no aparezca el cáncer?
–No. Y además no entiendo la vida de otra manera, porque ha sido mi destino. Me da igual estar en el Rocío, en una iglesia o en un hotel: Siempre sale el tema del cáncer porque llevo el lazo, porque han leído mi libro,  porque conocen mi historia o porque tienen un primo lejano con cáncer. No hay una conversación en mi vida en la que no esté presente. Y es una mochila que pesa, pero hay que manejarla de forma positiva y ver la parte que tiene de privilegio, que yo siento cuando alguien me dice: «Sandra no caigas tú, que si caes tú caemos todas».

–Es que además de la parte estética está la parte emocional, donde es muy necesario el apoyo de la familia y los amigos ¿no?
–Es lo que todos necesitamos para afrontar cualquier adversidad.  ¿Tú sabes qué mensajes me pone la gente en las redes sociales? ¿Qué cosas me dicen? ¿Cuánto amor estoy recibiendo? Me pregunto por qué no existirían las redes sociales cuando yo tuve cáncer la primera vez. Creo que me hubiera curado antes. Desde que salió el libro lloro sin parar. Lloro cuando leo los mensajes, las canciones que me dedican , cuando leo el prólogo de Carreras, el epílogo de Juanra…

–Es vital el amor de los amigos, pero también el amor de la pareja… Y a Juan Ramón Lucas le conoció ya curada. ¿La  hubiera querido igual si la hubiese conocido enferma?
–Esto no te lo debería contar porque es muy personal, pero me da igual. Cuando Juanra y yo hablamos de eso, cuando lee lo que he escrito, siempre dice «ahí, yo ya te quería».

Personal e intransferible
Hay un capítulo de su libro que se llama «Los Secretos». Se refiere al grupo musical, al que vio por primera vez en las fiestas de su pueblo, desde un sillón que le colocaron unos amigos en el balcón de la plaza. «Yo iba con mis vaqueros, mis tacones y mi pañuelo. Ellos cantaban “Déjame” y yo me ponía a bailar. Entonces me dolía la cabeza y me tenía que volver a tumbar. Me preguntaba: “¿Será ésta la última vez que  vea este grupo?” Y de repente me veo en su 30 aniversario. Y yo sigo viva».

La Razón

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