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Norte y Sur

No sé quién fue el alma caritativa que me recomendó que fuera a Norte y Sur, alguna noche de invierno, pero sí recuerdo que al llegar y ver esa barra metálica, tan de bar de Madrid de toda la vida, pensé que no era el sitio más adecuado para una cena tranquila. “Pero si esto es un bareto”, me atreví a decir. Sin embargo, al revisar a la clientela descubrí, de pronto, no sólo que había infinidad de caras conocidas, sino que todos los platos que habían pedido tenían un aspecto inmejorable. Incluso lo que se preparaba sobre la plancha pegada a la cristalera de la entrada, como si fuera un escaparate, parecía excepcional. “Probaremos”, me dije. Y para hacerlo y no equivocarme, pedí la sempiterna ración de boquerones en vinagre. Animalillos benditos, placer de dioses que ahora, gracias a la congelación, están exentos de ese virus del anisakis que tanto daño ha hecho. Me los trajeron acompañados de una ración de patatas, de las crujientes de verdad y de un vino blanco con un hielo, tal cual lo había pedido.

Lee el artículo completo en El Blog de la Guía del Ocio.

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