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Knight n’Squire

El paisaje de los recuerdos suele escribir las páginas de la vida distintas a como son exactamente, pero lo cierto es que mi memoria no entra en contradicciones cuando vuelvo al Knight n’squire. Es cierto que cuando iba allí en mis años de colegio acompañada muchas veces de uno de mis mejores amigos, que por suerte aún conservo, José Ignacio Sáenz de Miera, veía los toldos rojos de fuera con el nombre grabado y la enredadera trepando por sus paredes, casi para esconder el propio local y aquello casi me parecía un antro de perdición y que ahora, sencillamente, me parece un lugar con encanto de hamburguesas y perritos baratos; pero hay otras muchas cosas en torno a este local que aún permanecen.. La música siempre elegida y un poco de culto, los carteles de cine y de música, las fotos, los mapas, los relojes, las multitud de botellas, los trastos y los cachivaches y hasta una moto… Es un sitio oscuro. Incluso en la parte de arriba donde hay ventanas, pero un poco al estilo de las de los pubs irlandeses con esos cristales esmerilados y casi opacos. Tiene dos salas, una más pequeña arriba, que es la que yo prefiero, y otra abajo que es un poco más cómoda (verdaderamente ninguna de las dos lo son mucho) y con menos encanto. Tiene hamburguesa y perritos para todos los gustos y colores y de todos los países del mundo, a unos precios que compiten con los de los Burger King o los McDonalds. Una hamburguesa, como Dios manda, sale por unos siete euros y a mi siempre me parece que está bastante rica. Sin mucha complicación, no como las grandes hamburguesas de chef, ni siquiera cuando se elige la que parece más estrambótica, pero ricas, baratas y desde luego fáciles y divertidas de engullir en un sitio diferente y, para mí, inolvidable.

Lee el artículo completo en El Blog de La Guía del Ocio

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