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Mejor prevenir que lamentar

El fuego, el mismo gigante que le otorgó el poder a la humanidad, puede robárnoslo casi todo. Lo paradójico es que es el propio ser humano quien parece volverlo más peligroso.  Este verano, por obra y gracia de la mala cabeza de los hombres, no sólo ha ardido España, sino que se ha abrasado  medio mundo. Mirándonos el ombligo, podemos encontrar parques naturales y otras joyas de la naturaleza, que tardarán mucho tiempo en recuperarse, si alguna vez lo consiguen, tras haber sido arrasadas por las llamas. ¿Quién paga los destrozos? Está claro que el contribuyente. Y parece que como de ese mismo bolsillo salen las ayudas a los desempleados, en el Consejo de Ministros se ha decidido que sean ellos, los parados, quienes echen una mano a la hora de paliar los daños producidos por los incendios forestales y otras catástrofes naturales. Espero que no se incluya en la tarea impuesta la de apagar los fuegos, porque yo, la verdad, no me fiaría de mí misma para extinguir un incendio, ni trabajando ni parada. En todo caso, me parece bien que todos ayudemos, sí. Y hasta que sea obligatorio para todos; pero, francamente, ¿no se podría empezar previniendo en vez de curando? Es decir, muchos de los desastres que ocasiona el fuego serían menos si los lugares en los que se prende la primera chispa estuvieran limpios como corresponde y se observaran una serie de medidas en las que parece que nadie ha pensado. Quizá, si se les pregunta a los ingenieros agrónomos –muchos de ellos, por cierto, también por desgracia en el paro– la medida ministerial tendría más sentido, porque incluiría ese ya famoso prevenir, antes que lamentar.

La Razón

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