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Mario Vaquerizo

«En los temas de pareja, soy muy convencional»

- Cantante, actor y presentador -

Me cita en el hotel Emperador, casi una prolongación de sí mismo, donde celebró su segunda boda  con Alaska («muchos años antes me había casado en Las Vegas»), primero en el salón, «con la familia de sangre», y luego en la piscina, «con la elegida». Lo dice sabiendo que su madre se pone mala de pensar que quiere más a Fresh Topacio que a su primo, «pero a Topacio la he elegido yo». Toda su vida está llena de cosas elegidas: un reality televisivo con Alaska, su libro «Haciendo Majaradas, haciendo tonterías» (Espasa), la representación de Dover, Fangoria y Leonor Watling, la colaboración en Ana Rosa y «El hormiguero»…

–¡Va usted a morir de éxito!
–Te diré que lo de Ana Rosa era un poco como un sueño y lo del «Hormiguero» me ha venido un poquito dado, no te voy a engañar. Eso sí, una vez allí, dices: «De aquí no quiero salir». Así que estoy muy contento.

–Y muy ocupado, insisto: va a morir de éxito…
–No, no. Me encantaría morir de viejo, que las muertes de los jóvenes son muy traumáticas y yo soy generoso, no quiero que las personas que ya no me vean sufran. A lo mejor no. A lo mejor lo ven como un alivio y comentan: «Mira, se murió éste ya, no pasa nada». Pero no, no voy a morir de éxito. Es lo que he decidido hacer y me gusta, pero desde fuera las cosas se ven muy distintas a como son. Aunque soy consciente de que ahora tengo una proyección mediática.

–Inmensa…
–Sí. Pero es que trabajo mucho, de verdad. La gente no se lo cree, pero hoy llevo despierto desde las 6 de la mañana, y, bueno, me he ido a hacer radio, a negociar un contrato de Dover, ahora me vengo aquí, sin comer, que tampoco es un problema para mí, y de aquí, me voy a Sitges.

–No diga lo de no comer, que luego hay quien piensa que fomenta la anorexia…
–Eso son las personas básicas que no me conocen, ¿sabes? Yo cuando digo que me gusta estar en la delgadez extrema no estoy abogando por la enfermedad.  En todo caso, estoy en contra de lo políticamente correcto últimamente. Ha llegado un momento en la vida en el que nos culpabilizan por nuestro aspecto externo como si fuéramos delincuentes. Yo no hago mal a nadie diciendo que estoy mucho más seguro de mí mismo pesando 63 kg.

–Desde luego, se le juzga: demasiado delgado, pelo largo, tatuajes, tacones, pintura… «¡Este es gay!», piensan algunos, que no es mi caso: a mí me parece usted un hombre muy sexy.
–Es que tú eres una mujer con fundamento y escapada de los prototipos, de la cosa estándar. Un hombre, aunque tenga pluma, el pelo largo y se pinte el ojo no significa que no sea un hombre de verdad. O sea, heterosexual, porque hombres de verdad somos todos se tenga la orientación sexual que se tenga. Hay muchos que ejercen de muy heterosexuales pero tienen a las mujeres abandonaditas y no las rozan ni con el pensamiento. Yo soy un marciano.

–Un marciano que le hace el amor a su mujer, ¿no?
–Vamos a ver, cariño, si yo no hiciera el amor con mi mujer, mi mujer estaría muerta de inanición; y mi mujer, que es una persona muy sabia y está demostrado, tiene a su marido también para que ejecute, si no se buscaría otra gente. De todas formas, entiendo que me lo preguntes, pero, ¿por qué se lo pregunta la gente? Porque más que un ataque a mí, de decir que si vivo en el armario y si soy maricón, están insultando a mi mujer y la están infravalorando. Porque ella no se casa con cualquiera. Y si no estuviera enamorada de mí y no estuviese correspondida no estaría conmigo.

–Es que hay muchos tipos de amor…
–Sí, están las hermanas, las amigas, las abuelas, pero yo para el tema de la pareja soy muy estándar, muy convencional.

–¿Cómo no va a ser convencional, si estudió en el Instituto Beatriz Galindo?
–Pues sí, mira, algo me ha quedado de ahí, de los que iban con la banderita cuando se murió Franco y celebraban el 20N. Yo nunca me lo puse. Pero me refiero a que soy muy convencional en pareja, para lo bueno y para lo malo. No soy de pareja abierta, de que tú tengas tus cosas y yo las mías. Si no me interesas podemos ser amigos o hermanos, pero tú en tu casa y yo en la mía. Aunque si estamos juntos tenemos que ser marido y mujer.

–¡Es que hay gente que no tiene tantas cosas que hacer como usted y le presta tanta atención que le convierte en líder mediático! El otro día habló de Esperanza Aguirre y se montó.
–Ya. Y por eso he decidido no referírme más a la política. Sobre todo, porque no creo que en la política todo es blanco o negro, y la gente no sabe contextualizar. Pero sigo diciendo lo mismo: Esperanza Aguirre es una persona con la que ideológicamente no me siento muy identificado, pero siempre pensé que era una buena política, como también me lo parece Rosa Díez, a quien voté en las últimas elecciones. Me da rabia que me tachen de derechas, porque no estoy en ningún bando. Yo estoy en tierra de nadie.

–Claro, como está bien en cualquier sitio…
–Eso es cierto. Me encanta el lujo y el lumpen. Me gusta desde una goa con los bacaladeros hasta una merienda con Pitita Ridruejo. Me gusta todo.

–Hasta los niños; ¿nunca ha querido tenerlos?
–Pues lo deseé en una época pero me vino el sentido común. Y no era nada justo para mi niño. Ellos no son plantas, son personas, y el tipo de vida que llevo, que a mí me encanta, no sé si me hubiera gustado que me lo hubieran dado mis padres cuando yo era pequeño. Es decir, creo que no es muy justo que un niño con 5 años se meta en la furgoneta con las Nancys Rubias. Yo no lo querría. En el fondo soy muy tradicional y copio los patrones con los que me he educado. Y mis padres me educaron en casa.

–¿Y que dicen sus padres de su modo de vida?
–Están encantados. Mi madre me llama todos los días y me dice: has salido aquí y allí, oye, niño, han hablado mal de ti… Mis papis, la verdad, son muy generosos. Han sufrido mucho porque no les salí como ellos querían. A ver si me entiendes, ellos son muy discretos y les gusta pasar desapercibidos, y han hecho un esfuerzo para llegar a entenderme, que les agradezco de por vida. Y ahora están encantados. La mami de vez en cuando demuestra el instinto de protección y no quiere que se rían de ti, que te llamen maricón, pero al final entiende que esa proyección pública no me ha venido tan mal.

–Proyección en los medios, que no en las redes, que no tiene Twitter
–Eso, dilo, a ver si se enteran. Ni Facebook ni Twitter, absolutamente nada. No me da la gana. Móvil sí, porque si no ya acabo como las locas, haciendo señales de humo, pero redes no. Y no es porque esté en contra de ellas, sino porque creo que dándoles buen uso son maravillosas, y ¡viva el avance y viva el progreso! Pero no convirtamos Facebook y Twitter en un patio de porteras de una corrala del barrio Lavapiés. Para eso me quedo con las criticonas de toda la vida, que tienen más gracia y dan la cara. No como las otras que, basándose en el anonimato, insultan y, sobre todo, suplantan personalidades. Yo tengo tres cuentas de Twitter que no me pertenecen. Se hacen pasar por mí y mandan mensajes… Porque no tengo mucho tiempo, que, si no, iría a la comisaria a denunciar esa suplantación de personalidad. Dan mensajes racistas y xenófobos en mi nombre. En fin, es lo que nos toca vivir. Entonces, o lo tomas o lo dejas, pero no deberíamos permitir que pasaran estas cosas.

Personal e intransferible
Mario Vaquerizo es un hombre atractivo, de los que se cuidan. Exhala un perfume a colonia y a champú mezclados de lo más reconocible y sus muchos tatuajes, desde la calaverita, que fue el primero, hasta el tigre, no le dan ningún aspecto del lumpen, aunque el lumpen, como el cielo, también sea lo suyo. Y como la espiritualidad porque ¿cree en Dios? «Creo en algo. Llámalo otra dimensión. Creo en eso. Y lo tengo cada día más comprobado… Lo que pasa es que no quiero que esto se acabe porque es lo que conozco y me gusta». A lo mejor le encantaría trascender. «No soy nada pretencioso pero sí muy ambicioso en el buen sentido». En el malo sería trepa. «Sí, pero yo lo que soy es ambicioso. Ambición hay que tener siempre».

La Razón

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