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Josep María Flotats

«Si todo el mundo dijera la verdad, sería imposible vivir»

– Actor y director de teatro –

Siempre supone un enorme placer contar en la cartelera con una obra dirigida por el eminentísimo y más de veinte veces premiado Josep Maria Flotats, cuya reputación en el sexto arte es incomparable. Por eso, encontrarlo en el Teatro Cofidis acompañado de Kira Miró, María Adánez y Aitor Mazo ha supuesto una gran alegría para los madrileños. Sobre todo porque Flotats ha elegido en esta ocasión no sólo dirigir, sino también interpretar una comedia divertidísima sobre un tema tan de actualidad como la mentira que, paradójicamente, se titula «La verdad».

-¿La sinceridad es una virtud o una falta de inteligencia?

-Es una virtud y puede ser una falta de inteligencia.

¿«La verdad» trata de adoctrinar en las bondades del mentir?

-No, porque no es moralista en absoluto.

-¿Ni siquiera pretende enseñar a mentir?

-Yo diría que enseña la trampa que es el mentir, porque el personaje cae en una especie de esquizofrenia diabólica. Es víctima de sus propias mentiras, digamos. En todo caso, hay niveles de mentiras. Según Marc Twain hay mentira, mentira podrida y las estadísticas…

-El texto de la obra es de Florian Zeller. ¿Se miente mejor en Francia que en España o la mentira es patrimonio de la humanidad?

-Es patrimonio del ser humano. Aunque la sociedad hipercivilizada y con altos modales usa la mentira para ser sociable. «Marquesa, qué guapa estáis, qué traje más bonito», eso es teatro clásico ¿no? Aunque forme parte de la cortesía, ésta es casi siempre una mentira.

-Dada la juventud del autor, habría que pensar que se miente a cualquier edad.

-Claro que sí. Los niños mentimos y los padres nos castigan. Después aprendemos a ser un poco más inteligentes al hacerlo.

-¿Qué sucedería si un día la Humanidad dijera la verdad y nada más que la verdad?

-Sería un momento de colapso general y probablemente dramático, ¿no? Me gusta mucho lo que dice el presidente de la Fundación Juan March: «Existe la filantropía de la mentira y la misantropía de la verdad». Es un juego de palabras muy bonito: si todo el mundo dijera la verdad, sería un mundo de misántropos y, vivir en él, imposible.

-¿La base del teatro es la mentira?

-Todo el mundo te dirá que sí y yo, como actor, te diré que no, que la base del teatro es la verdad, porque una interpretación sensible está basada en los sentimientos del actor, aparte del texto. Y los sentimientos son auténticos.

-O sea, que los actores se creen las mentiras que interpretan.

-No, porque no somos nosotros mismos los que hablamos. Es el personaje que está construido al que le ponemos nuestro sentimiento. Cuando interpretamos el odio, la venganza, la ira, el dolor o la alegría, son sentimientos auténticos, al servicio de una poesía.

-En «La verdad» está acompañado por un gran elenco elegido desde la exigencia…

-Pertenecen exactamente al personaje que yo imaginaba. Y además he tenido la suerte de que entre ellos haya química. Una vez juntos, el reparto funciona por la diferencia, la diversidad y la personalidad de cada uno. Porque cuando se imagina al personaje hay que saber si encajará con los otros. Si te equivocas, no funciona.

-Siempre elige obras francesas, ¿no hay buenos autores españoles?

-Con todo el cariño del mundo, te diría que esa pregunta tiene mala idea…

-¡Claro!

-Me he formado en Francia y trabajado en París muchos años. Tengo la impresión de que entiendo mejor ese teatro que el anglosajón, por ejemplo. Hay más probabilidades de montar un espectáculo que entiendo mejor. No es por ser francés, es porque entro más fácilmente en los entresijos, en las líneas del texto, las imágenes, el debate, la dramaturgia… Me siento más seguro. Es la única razón.

-¿Y por qué eligió esta comedia?

-Porque cuando la leí me hizo reír mucho y tenía ganas de hacer una comedia. La única así era «Arte» y la estrené hace diez años. Pero la mayoría las encuentro demasiado ligeras. En ésta encontré la profundidad, la mala idea, la retranca, el doble sentido, con una apariencia de comedia ligera que luego no es.

-La mentira es inevitable, pero siempre complica. ¿También en la política?

-Diría que la base de la política es prometer futuros maravillosos sabiendo que no serán posibles.

-¿Dónde mienten más y prometen más sueños imposibles los políticos? ¿Tal vez en Cataluña?

-En todas partes. Aquí y en la Conchinchina.

-Lo decía porque hay quien piensa que los políticos catalanes cuentan muchas mentiras, entre otras, que si se separasen de España formarían parte de una Europa de la que, en realidad, quedarían fuera.

-No entraré. No añadiré leña. Espriu dijo: «No hay que traer leña al bosque».

-Por lo de la leña, tampoco me dirá si Cataluña podría pagarse la independencia…

-No, porque lo ignoro. Si lo supiera, lo diría.

-No me estará mintiendo…

-No. Me supones un poder increíble, ¿no? O sea: ¿yo sabría más que el director del Banco de España?

-Pues igual. Parece que él, como todos los políticos, ignora lo que supone el 21% del IVA para los teatros. ¿Lo podrán soportar?

-Sólo puedo hablar por mí, como pequeño productor, y no lo puedo soportar. No podré seguir produciendo espectáculos. Esta función no me está costando dinero, pero acabo de hacer números y, a causa del IVA, no va a tener ningún beneficio.

-Al final, habrá poco teatro y sólo público.

-Creo profundamente en el teatro público porque creo en el servicio público. De la misma manera que creo en la necesidad de transporte, escuela y sanidad públicos. Lo que sí hay que saber es adecuar un teatro público para que no haga una mala competencia a otro privado, que tiene que poder trabajar al lado del público. En París ya se empieza a hacer lo que en Londres es muy normal: cualquier éxito del National o del Royal pasa luego al West End y se explota.

-¿Se va a tender entonces a esa colaboración entre lo público y lo privado?

-En teatro, pienso que estaría muy bien.

Personal e intransferible

Flotats es un hombre delicado y encantador. Le divierte conversar, aunque se utilicen las palabras como floretes de esgrima y sea capaz de evitar cualquier tema con una sonrisa. El catalán, por ejemplo. Tal vez salió escaldado de sus tiempos en el Teatre Nacional de Catalunya, que no estuvieron exentos de críticas. De las pocas, porque él sólo puede recibir reconocimientos. «He tenido buenos maestros», asegura, al tiempo que dice arrepentirse de las tonterías que ha hecho. Cuenta también que a una isla desierta le tendrían que llevar prisionero y que se le repite el sueño de aparecer en una ciudad donde la gente que no le conoce le dice: «¡Qué suerte que estés aquí!» Corre, que el actor esta enfermo. Ponte el traje y entra, que tú te lo sabes» Y le empujan al escenario de una nueva obra que no sabe ni de qué va.

La Razón

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