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Un fracaso

Siempre que me llegan noticias de que el número de abortos ha aumentado no puedo evitar pensar en cada una de las mujeres que ha tenido que pasar por tal tragedia. Imagino sus caras adustas, sus ojos idos, sus bocas con rictus de dolor, sus cuerpos rendidos y sus voluntades vencidas. Y me enfado con el mundo. Con la soledad que les puede llevar a ese callejón sin salida o, por el contrario, con las malas compañías que les empujan a él. Y pienso en qué es eso que no funciona en esta sociedad nuestra tan absurdamente desarrollada, incapaz de lograr encontrar la manera en qué ayudarlas a ser más cuidadosas, a prevenir antes que lamentar, a tener la información precisa para no verse luego en la peor de las tesituras. Porque el problema del aborto, lo sabemos todos, va más allá de la legislación establecida, de la liberalidad de antes o del control de ahora: el aborto es consustancial a la miseria espiritual. Ese estado en el que puede ocasionarse cualquier desgracia, si no hay al lado un buen consejo, una mano amiga que estrechar, una luz al final del camino que ayude a pensar que la oscuridad no es para siempre. Si el número de abortos aumenta (y lo está haciendo), todos debemos sentirnos cómplices, por no habernos empeñado lo suficiente en contar a las mujeres que lo necesitan, a veces, aún niñas, que tienen que ser más cautas y que, llegadas a esa terrible encrucijada, también existen otras salidas, por mucho que haya quien se empeñe en demostrarles lo contrario. Ninguna mujer quiere abortar. Por eso, cada aborto que se produce es un fracaso de todos.

La Razón

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