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Álex de la Iglesia

«El humor nace de los peores instintos»

- Director de cine -

DE CERCA

Según De la Iglesia, uno de los parámetros de su película son las semejanzas y diferencias entre las brujas y las mujeres. ¿Nos llama brujas? «No sé si me atreveré, pero quería poner en el cartel “Una película de brujas y mujeres”».

Hace unos cuantos años, cuando rodó su película más emblemática, «El día de la Bestia», Álex de la Iglesia ya pensaba en meterse con sus cámaras en las cuevas de Zugarramurdi, en Navarra. Ha tenido que pasar mucho tiempo y mucho cine para que, finalmente, haya conseguido rodearse de brujas, montar su particular aquelarre cinematográfico y rodar «una comedia de horror muy enloquecida», «Las brujas de Zugarramurdi», que tiene que ver más con los «Gremlins» que con «La semilla del diablo». Para hacerlo debe de haber elegido bien la compañía, porque, según asegura, «de lo que más orgulloso estoy es de los actores de la película; es una locura trabajar con ellos». Aunque lo que debe de ser una locura de verdad es trabajar con el propio Álex de la Iglesia.

-He leído que rodar con usted es complicado físicamente. ¿Tortura a los actores?

-Bueno, es un problema de presupuesto. Mis películas normalmente son complicadas, de acción, entonces requieren un tiempo de rodaje que no existe en el cine español. Recuerdo que mi primera cinta tuvo trece semanas de rodaje, la segunda once y la siguiente nueve. Y la última la rodé en siete. En ésta he conseguido arañarle un poquito más al productor, pero hay que rodar a un ritmo muy estresante. No hay tiempo para parar, ni para dobles, como en las películas americanas.

-¿Ni para las «tonterías» de los actores?

-No, no hay tiempo para disfrutar de las tonterías de los actores, ni para ser benévolo a la hora de rodar. Y eso es duro. Aunque al principio no me importaba. Recuerdo que, en mi primera película, donde arrastraba a una actriz francesa por el desierto cogida del pelo, gracias a un carrito de fibra de vidrio que encajaba con su cuerpo, al principio la arrastrábamos de un pelo ficticio, pero a la séptima toma la estábamos tirando del de verdad.

-¿Y se dejaba?

-Bueno, digamos que me di cuenta de que tenía un problema; pero, cuando era joven, disfrutaba de los problemas. Ahora sé que es bueno para la película cuidar a los actores, creo yo. Otra cosa es que lo haga.

-Tampoco será tan terrible lo de rodar con usted. Carmen Maura ha vuelto a hacerlo, y encantada, en «Las brujas de Zugarramurdi».

-Pues sí. Es que Carmen es como una constante en la ecuación. O sea, si yo tengo a Carmen, sé que hay una parte de la película que va a quedar perfecta. Entonces la llamo sin dudarlo.

-Y ella acude, aunque sea complicado y doloroso rodar con usted y lleve regular los efectos especiales…

-Es que la he hecho volar, la he colgado de cables y otras cosas terribles con ella también en esta película. Recuerdo su mirada. No era como antes, que era enérgica, de «¿qué estás haciendo?». Ahora era de «por favor, ¿qué vas a hacerme?».

-¿Le gusta hacer sufrir a los actores?

-¿Pero que tipo de carácter sadomaso crees que tengo?

-Es que no sé si ha «maltratado» mucho a Terele Pávez, que también trabaja en la película, pero a su chica, Carolina Bang, le ha rapado un lado de la cabeza…

-Trabajar con Terele Pávez ha sido lo más bonito de la película… Y en cuanto a Carolina, necesitaba a alguien que estuviera muy entregada en ese papel.

-Y que fuera tan guapa como para embelesar a Mario Casas y a Hugo silva. Incluso con el pelo rapado, ¿no?

-Bueno, es que además tenía que ser terriblemente mala. Y lo del pelo le da un punto así, digamos, borroka. Se le ocurrió a ella y yo lo acepté y me costó, sobre todo porque estaba con su madre… Pero al final nos convenció a los dos.

-Y así, con media cabeza rapada, sedujo a dos galanes del cine español como Silva y Casas, que creo que en esta película no hacen para nada de galanes, ¿no?

-Yo no he trabajado con gente más entregada en mi vida. Los dos están agotados de un estereotipo, sobre todo Mario. No sabes qué ganas tiene de hacer otras cosas y colocarse en situaciones poco atractivas. Me he enamorado cinematográficamente hablando.

-Pues no sé si ha hecho que se enamoren Hugo y Mario, pero sí que se besen, ¿no?

-Es que me parecía muy divertido… Yo creo que tengo el deber y, sobre todo, la obligación de entretener, y en esta película nos vamos a reír. O sea, la idea es ésa.

-Me llama mucho la atención esa capacidad suya para mezclar el terror y el humor, casi para reírse del miedo. ¿Usted es inmune?

-No, no. Mi vida es una manera de vehicular el miedo. Un trabajo. Tampoco quiero resultar pedante, pero creo que hay un discurso presente en todas mis películas que a mí me obsesiona y es la relación entre el humor y el hombre. «Muertos de risa» es una historia que hace reír dándose bofetadas… De alguna manera, la violencia está siempre como sustrato del humor. Es terrible, pero el origen del humor no es sano. No es algo moralmente aceptable. El humor nace de los peores instintos y del miedo, de la cobardía, del terror y de la necesidad de protegerse. O sea, es un escudo o un arma, nunca un regalo. Pero gracias a Dios tenemos humor, porque eso es lo que nos hace mantenernos vivos.

-Hoy habla usted con mucha claridad y me choca, porque aunque siempre dicen que su cine es incluso excesivamente explícito, usted suele ser bastante hermético.

-¿Tú crees que una «stripper» se desnudaría por la calle? No. Trabaja de eso. Mi trabajo es contar cómo soy, mis historias y mi vida a los demás. Y ahí ya se ven todas mis carencias. Yo creo que en el cine las carencias se notan muchísimo. Yo te podría decir los problemas y limitaciones que tiene cada director.

-¿En serio? Dígame alguna de algún director, aunque sea americano, para que no quedemos mal con nadie…

-Por ejemplo, Spielberg, que a mí me parece uno de los grandes directores de este siglo, creo que todavía no ha sido lo suficientemente reconocido, porque tiene un gran defecto que es el de querer ser serio. Y de hecho no se valoran sus películas que tratan de ser serias, porque se nota que quieren serlo. Hay otros que tienen la cobardía de refugiarse en la escapada, en la huida, en la infancia…

-¿Por ejemplo?

-Yo.

-No me parece de «cobarde» decidir ponerse al frente de la Academia de Cine. ¿Por qué lo hizo?

-Porque me cansa el efecto de valla amarilla, de la gente que se queja y no hace nada. Así que me dije: «Hazlo tú».

-¿Hubiera podido hacer más de no ser por la «Ley Antipiratería»?

-Hubiera hecho más si no hubiese sido tan orgulloso. Pero hice lo que creía más honesto.

-La «Ley Antipiratería» sigue ahí…

-Sin duda. No conseguí pararla, pero quizá cambié la manera de pensar de mucha gente.

-En todo caso, habrá que proteger a los creadores, ¿no?

-Yo creo que somos los creadores los que tenemos que ofrecer alternativas a internet. Creo que es importante buscar la manera de hacerlo rentable y eso va a ocurrir más tarde o más temprano. Lo que ocurre es que en este tiempo puede peligrar el puesto de trabajo de mucha gente. Y creo que es un debate que debería plantearse ahora, no más tarde, entre otras cosas porque si ocurre ahora, nosotros podremos tener un espacio muchísimo mayor de beneficios que si ocurre cuando las grandes compañías lo hagan. De hecho, cuando yo discutía esto, iTunes era un terreno que no entraba todavía en internet en España. Ahora sí.

Personal e intransferible

Me confieso devota sin remedio de Álex de la Iglesia. Y eso que él, como buen cineasta, defiende más las subvenciones de lo que me gustaría. «Si no queremos ser absolutamente absorbidos por una industria extranjera, como ocurrió en Italia, son necesarias. La gente dice que ya no hay más Viscontis, pero es que ya no hay condiciones para que haya un Visconti». A ver quién le contradice, argumentando tan bien. Eso sí, luego cuenta que lo que más le ha gustado este año no ha sido una película, sino una serie de televisión, «Breaking Bad», y se queda tan pancho. Pero es que Álex es un poco un ser de otro planeta, aunque su vida sea convencional y esté divorciado, feliz y nuevamente emparejado, tenga dos hijos y no se arrepienta más que de hablar demasiado, que ya es mucho arrepentimiento para uno que ha nacido en Bilbao.

La Razón

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