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Javier Elorrieta

«Aprendí mucho de Anthony Perkins»

- Director de cine y teatro y músico -

Javier Elorrieta lleva el cine en la sangre. Su padre, José María Elorrieta, fue uno de los productores y directores más prolíficos de España, y él mismo ha dirigido inolvidables producciones en las que participaron grandes estrellas internacionales, como «Sangre y arena» (Sharon Stone) o «Los gusanos no llevan bufanda» (Anthony Perkins). Incluso se ha atrevido con la interpretación: «Fui el protagonista de ”Freddy el croupier”, con Ana Obregón». Si se tiene en cuenta que también es músico, y a veces se encarga de las bandas sonoras, además de arreglar y cantar baladas, casi siempre en francés, parece que sólo le quedaba una asignatura pendiente en la profesión: el teatro… Pero ya se debe haber quitado la espinita tras dirigir «Testigo de cargo» en el Muñoz Seca.

-Una obra muy cinematográfica, por otra parte, ¿no?

-Es verdad. Yo hacía tiempo que quería hacer teatro y me lo habían ofrecido varias veces, pero no había tiempo ni eran las circunstancias oportunas. Cuando cayó en mis manos «Testigo de cargo», de Agatha Christie, y me enteré de que había una adaptación teatral hecha por la autora, como siempre me había gustado muchísimo la famosa película de Billy Wilder, que también se basa en ella, me animé a leerla; después la mandé traducir, la adapté y finalmente lie a un grupo de amigos, entre los que está Enrique Cornejo, y nos metimos en esta nueva aventura.

-Una obra que usted no podía hacer sin Manolo Galiana ¿no?

-He estado un año esperándole porque tenía otros compromisos; pero sabía que su papel era muy difícil, que lo había hecho Charles Laughton, que es un monstruo y que la comparación podía ser mala. Necesitaba un actor de primerísima fila. Fíjate si creo en él y en que es un extraordinario actor.

-Con él son diez actores ¡que interpretan a 16 personajes! Eso está a la orden del día en el teatro. Es para reducir presupuestos?

-Pues sí. Pero te voy a decir una cosa: es muy bonito para los actores. A ellos les encanta doblarse, ponerse una peluca, cambiar… Yo creo que hemos vuelto un poco a lo que era el teatro clásico. Y eso me gusta mucho. Incluso se han recuperado las bajadas de telón, que eran viejísimas, pero que ahora no se llevaban a cabo. Y yo creo que eso le ha dado algo diferente a este montaje, en el quequiero subrayar el maravilloso trabajo de Paca Gabaldón.

-Dicen que la música amansa a las fieras. ¿Les pone a sus actores su música antes de que salgan al escenario?

-Si te refieres a la banda sonora, la he hecho especialmente con un amigo, Juan Almela, que también es músico, y ésa es la que les pongo a mis actores… Aparte, les regalo mis discos, por si se quieren enamorar.

-Debe de estar usted empeñado en que hay que enamorarse en francés, porque en su último disco, «Souvenir, souvenir», casi todo lo canta en la lengua de Molière ¿no?

-Es cierto que empecé cantando a los clásicos franceses, que para mí son poetas extraordinarios y me impresionaron. Tiene que ver con que estudié en el Liceo. Y es verdad que en este disco, que recoge las baladas que me han llegado al alma, he hecho versiones de algunos temas en francés porque creo que es un idioma muy romántico. Pero mi reto, cuando acabe de grabar un tercer volumen de jazz sobre los clásicos franceses, es intentar traducir algunos de esos temas y cantarlos en español, para que la gente pueda entender lo extraordinarias que son las poesías de Brel, de Becaud, de Aznavour y de todos los grandes clásicos.

-Pues se dice que así como los poetas franceses nunca mueren, el jazz o se ama o se odia…

-Hay un tipo de jazz que no me gusta, el jazz muy pesado de las improvisaciones. Yo sé que tocan muy bien, pero… Lo que sí me parece es que el jazz puesto en su nivel, o sea, sin esos grandísimos solos y adecuado a una medida, creo que sí aporta una profundidad y una sensibilidad a mis canciones.

-Dejemos la música y el teatro y miremos al cine, al que tanto tiempo de su vida ha dedicado… Hay películas suyas inolvidables, como «Sangre y arena», cuyo rodaje dicen que también lo fue, ¡pero por lo difícil que era soportar a Sharon Stone!

-Bueno, yo no sé cómo será Sharon Stone ahora que es una actriz muy reconocida, pero en aquel momento era una mujer muy difícil y tuvo muchos problemas con el productor. Pero conmigo no. Es más, ella sólo comía conmigo y con Chris Rydell. O sea, yo tuve una relación bastante buena con ella, pero no pasó lo mismo con el equipo técnico.

-¿Y eso por qué? ¿Era muy caprichosa?

-Mucho. Y además venía de hacer «Diferencias irreconciliables», «Las minas del rey Salomón…», aunque todavía no estaba en el nivel que alcanzaría después con «Instinto básico». Hasta entonces siempre había hecho de niña buena.

-Y más que nada era una niña caprichosa, ¿no?

-Mucho, sí. Por eso se creó muchos odios entre el equipo técnico. No le gustaba la colonia del chófer, ni la tapicería… Era complicada y yo creo que, además, tenía algo de miedo.

-¿Sólo las grandes estrellas americanas son caprichosas?

-Hombre, aquí hay gente que también es muy pesada. No voy a hablar porque mi relación con los actores es muy buena, pero los hay.

-No suelen ser los mejores actores, ¿o sí?

-No, normalmente no. Aquí se ve todo en el grado de humildad, ¿no? Los buenos actores normalmente suelen ser gente humilde, aunque parezca que no lo son. Y son muy colaboradores y ayudan muchísimo a los directores. Pero no sólo los españoles, los americanos también. Yo aprendí mucho por ejemplo de Anthony Perkins. Y eso que me decían: «Cuando llegue este tío, que es un canalla, te va a hundir, ya lo verás». Y ocurrió todo lo contrario: fue una relación extraordinaria, lo mismo que con Rody McDowell.

-No todos los directores españoles tienen la oportunidad de trabajar con estrellas internacionales… Usted sí, y siempre fue un hombre de cine. ¿El teatro le ha atrapado o es que el cine está imposible en España?

-Tú sabes que yo era hijo de un productor y director que hizo 68 películas; creo que es una de las personas que más hizo en el cine español… Y yo siempre oía, desde pequeñito, en mi casa, que el cine estaba en crisis. Y lo he vivido porque he realizado y he producido; pero lo de ahora no lo había visto nunca. En estos momentos sí hay una crisis de verdad en el cine y hay que tener mucho cuidado, porque el problema es que te puedes arruinar. O eres un hombre subvencionado a unos niveles brutales, como algunas personas, o si eres un tío que tienes que echar para adelante las películas te puedes arruinar. Y cuando digo arruinarte, es que te quiten lo que tienes.

-E incluso lo que no tienes ¿no?

-Exacto. Como le pasó a Coppola, que lleva treinta años pagando el descalabro de una película. Da un poco de miedo, es cierto.

-¿Y no anima pensar que, pese a todo, de vez en cuando hay películas españolas tan taquilleras como «Lo imposible»?

-Estamos hablando de producciones muy grandes. Si te das cuenta, de todas las películas que se han hecho, que creo que han sido 106, la taquilla se sustenta en tres, cuatro o cinco. ¿Qué ha pasado con toda esa gente que ha tenido que convencer al padre, a la novia, y luego se arruina?

Personal e intransferible

Javier Elorrieta es un hombre aparentemente sencillo. Y eso que siendo músico, director y productor de cine y teatro, y teniendo cuatro hijos de cuatro mujeres distintas, su vida no debe ser exactamente convencional. Sin embargo, su trato es tan fácil que no sorprende que asegure ser un amante del jamón de Jabugo y la cerveza y que a una isla desierta se llevaría, simplemente, una guitarra.

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