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Palabras malvadas

Ayer me encontré a un joven armado con palabras. Las lanzó al vacío en cubos llenos de odio, de envidia y de revancha a sabiendas de que podían ser tan mortales como afilados cuchillos. Lo hizo por puro entretenimiento, pero sin compasión. Alguien le advirtió del peligro del rumor, pero aún así, él puso a cabalgar a sus palabras a lomos del chisme, hasta que éste cobró vida propia y comenzó a moverse de conversación en conversación.

Al poco rato, el rumor había crecido y se había convertido en una patraña inmensa. Legiones, multitudes multiplicadas por las redes, iban recibiendo, en cuestión de segundos, toda la historia que recogían aquellas malditas palabras. Palabras manchadas de mentiras. Palabras con las que matar la intimidad y el honor, nacidas del aburrimiento y la perversión. Palabras malvadas. Malvadas palabras. No existe en el universo entero arma más letal que una mentira, ni historia que viaje con mayor rapidez, ni circule con más desparpajo, que la inventada. Pero ¿de dónde salen tan terribles bulos y engaños? En realidad, son sólo palabras. Palabras traicioneras y horrendas. Palabras asesinas, tejidas en comentarios y a veces en tramas. Palabras capaces de acabar con reputaciones y hasta con sueños y que son hoy, aún más que en el inicio de los tiempos, las más temibles de las armas ¿No decían que las palabras curaban? Algunas. Otras hacen sangrar y hasta matan.

El ciberespacio está lleno de ellas, adornadas de videos y fotos. Se alojan cómodamente en los messengers , los gossips y los whatsapp, y se expanden como el aceite sin que nadie pueda pararlas. Es el ciberbullying. Quizás, en nuestro tiempo, la más terrible e incontrolable amenaza.

La Razón

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