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Caer en el error

Las universidades tienen que estar vivas y en constante movimiento: revisar sus resultados, testar a sus profesores y no dejar que la rutina y la desidia invadan sus aulas y acaben por ofrecer un conocimiento obsoleto resulta imprescindible en estos tiempos en los que cada vez es necesaria una mejor formación. Está claro que la que se ofrece en nuestras universidades no responde a las expectativas, si comparamos sus resultados con los de las universidades europeas. Que exista una comisión de expertos, nombrada por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, para realizar propuestas de cara a la reforma del sistema universitario español debería ser una garantía. Como también que se piense en revisar la financiación pública de cada centro regularmente y que no se renueve si no se han cumplido los objetivos previstos.

Así, las universidades se tendrán que mantener, obligatoriamente, «hungry» y «foolish», como decía Steve Jobs todos los días de su existencia, lo que garantizará que tanto los profesores como los conocimientos que se impartan en ellas sean igual de competitivos que los de las universidades privadas.

Hasta ahí, parece que el informe de «Propuestas para la reforma y mejora de la calidad y eficiencia del sistema universitario español» no ofrece dudas… Pero ¿qué hay de que además de abrirse la puerta a rectores y profesores extranjeros (lo cual sin duda supone un valor) se le abran a las comunidades autónomas o, lo que es lo mismo, a los políticos que las gobiernan?

Sucedió lo mismo en las cajas de Ahorros y supuso el fin de la obra social y el principio de una corrupción casi imposible de contener. ¿Caeremos, de nuevo, en el mismo error?

La Razón

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