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Sin pruebas

Una funciona a golpe de castrar las emociones para seguir creyendo que el Estado de Derecho funciona gracias a la «presunción de inocencia». Inocentes somos todos, ya se sabe, hasta que se demuestre lo contrario. Hay que probarlo. Sin embargo a veces en la trampa de la Ley, las pruebas quedan atrapadas en el pozo de los indicios y se ahogan en ellos como los propios delitos.

Una creía que lo del doctor Morín era tan delito como para que no hubiera duda ninguna a la hora de escuchar la condena del juez. Pero, una vez más, el sistema se ha dejado envolver por sus miserias y ha decidido que los argumentos no eran tan sólidos como para que un médico, de especialidad abortista, con tanta soltura en sus acciones como para salir del caso con un «si por mi fuera reabriría todas mis clínicas» quede en libertad y sin cargos.

Ni el reportaje de la televisión danesa, ni los desgarradores relatos de mujeres que habían abortado, ni la presencia de una máquina trituradora en la clínica, supuestamente «para deshacerse de restos animales», han servido de nada.

Al final, las testigos protegidas se han vuelto atrás en sus declaraciones, se ha determinado que ningún feto fue abortado más allá de las 22 semanas y se ha decidido que este médico peruano tal y como él aseguraba, no ha sido más que una cabeza de turco y que tal vez se practicaron los abortos con poco rigor, pero siempre dentro de la legalidad.

Una, una vez más, acepta lo que dice la Justicia, pero aprieta los dientes y piensa que, la Justicia, claramente, no es igual para todos.

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