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Imposible de olvidar

Tocamientos, felaciones, relaciones con personas del mismo sexo, orgías, zoofilia… Todo cabía en ese chalet de Torres Baena, bautizado irónicamente «El Edén». En ese espacio siniestro, ambientado con películas pornográficas, el pederasta iba adiestrando a sus alumnos, no en el karate, sino en la práctica del sexo. «Es bueno practicar sexo», les decía a los chicos. «Hay que practicarlo 10 veces a la semana». Y ellos, apenas unos niños, anestesiados por la admiración y la devoción a su líder deportivo, al que creían deber lealtad por encima de todo, no oponían resistencia a cuanto les pedía que hicieran, incluso con animales. «Mira qué fácil es hacer una p… a un perro», decía. Y, sin inmutarse, masturbaba a su rotweiller delante de uno de los pequeños. Resulta inconcebible pensar que la especie de secta sexual que construyó Torres Baena estuviera funcionando durante dos décadas. Que los padres de los chicos no se enterasen. Que los propios chicos no se atrevieran a denunciarle… Si no hubiera sido por un primer testimonio, el de esa joven que le contó a su profesor los abusos que estaba sufriendo, porque no quería que el hermano de una amiga que iba a ser matriculado en el centro los padeciera también, no se habría sabido nada. Pero tras su declaración, las demás llegaron en cascada. Jóvenes y no tan jóvenes querían liberarse de esa pesadilla oculta entre sus recuerdos, jamás contada, que no los dejaba vivir. Pasada una eternidad, y después del sufrimiento del larguísimo juicio, llega la satisfacción de que Torres Baena y sus secuaces hayan sido condenados. A más de 300 años de cárcel, sí… Pero cumplirán como mucho 20. Sus víctimas no podrán olvidar jamás.

La Razón

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