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Luisa y los espejos, de Marta Robles

portada luisaHistoria paralela de dos mujeres separadas por el tiempo y el espacio que buscan su destino en el amor y en el arte.

Marta Robles relata con preciosismo la historia de una mujer real que dedicó su vida al exceso, al arte y al placer y terminó convertida en un mito. Y, como contrapunto, el relato de una mujer de carne y hueso y su afán por encontrarse a sí misma y ser fiel a sus pasiones y a su destino. Dos mujeres, dos caras de un espejo, dos épocas y dos mundos que confluyen en un perfecto baile narrativo cargado de emoción y de poesía.

Marta Robles realiza una magnífica y colorista recreación del mundo de la Belle Époque, un mundo de trasgresión, de personajes imposibles, de nuevas ideas, desafíos estéticos y excentricidades. La aparición en la novela de personajes de la élite artística de los  primeros años del siglo XX, con sus fiestas inimaginables y sus despropósitos, es otro de los atractivos de esta novela de imágenes sorprendentes, de escenas llenas de sofisticación y sensualidad, de personajes no por reales menos impactantes, de orgías, drogas y surrealismo.

Marta Robles  es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Tiene una extensa trayectoria profesional en prensa escrita, que comenzó en el año 1987 en la revista Tiempo y nunca ha abandonado. Ha escrito para revistas como “Man”, “Panorama”, “Elle”, “Wapa”, El semanal XL o el Magazine de La Vanguardia, entre otras y para periódicos como “La Razón” o “La Gaceta de Salamanca”, donde, además de en la revista Grazia, colabora regularmente en la actualidad. Cuenta también con una extensa trayectoria tanto en televisión como en radio. En Televisión comenzó en el año 1988 y, desde 1989, compatibilizó ese medio con la radio.

Marta Robles ha publicado varios libros, entre los cuales hay que destacar  El mundo en mis manos, Los elegidos de la fortuna, Las once caras de María Lisboa, Diario de una cuarentona embarazada o Madrid me Marta.

La periodista ha recibido diversos premios a lo largo de su carrera, como la Antena de Oro, la Antena de Plata, el Tp de Oro, el Woman de Oro, o el Premio Cosmopolitan TV, entre otros. Además del más reciente, el premio Fernando Lara de Novela, por  “Luisa y los espejos”.

La novela

Tras despertarse de un coma, Luisa Aldazábal decide que ya es momento de cambiar de actitud ante la vida. Ha tenido una existencia feliz, tranquila, anestesiada. Casada con un hombre al que quiere sin pasión, madre de dos hijos ya independientes, hace mucho que quedó atrás aquella brillante alumna de Bellas Artes que quería asombrar al mundo con su pintura. Su prometedora carrera se vio truncada por una tragedia familiar de la que ella siempre se sintió responsable. Su penitencia autoimpuesta fue renunciar tanto a la pasión amorosa como a la artística y abandonar la pintura.

Veinte años después, tras volver a ver la muerte de cerca, quiere salir de ese letargo emocional en el que ha estado viviendo, aunque aún no sabe cómo lo hará. Al recibir como regalo de un antiguo compañero de la facultad varios libros sobre otra Luisa, la marquesa Luisa Casati, una mujer singular y deslumbrante que vivió durante la primera mitad del siglo XX, experimenta un sentimiento de fascinación de tal magnitud, que le llevará incluso a recrear casi involuntariamente, parte de la vida de esa sorprendente mujer.

La Luisa de ahora, que en su juventud tuvo el anhelo de trascender, de dejar su huella en el arte e, incluso, en el sexo, se siente cada vez más subyugada por la personalidad de esa Luisa ya desaparecida; no deja de leer sobre su vida y, a medida que esto pasa, su propia personalidad se ve influida por el ansia de vivir de aquella, de experimentar; y ella va adquiriendo, incluso, parte del aspecto de la marquesa, de la que posee el color verde de los ojos y de la que tomará prestado el rojo fuego de su pelo.

Luisa Casati y su hermana quedan huérfanas en la adolescencia y se convierten en dueñas de una de las mayores fortunas de Italia. Luisa contrae matrimonio muy pronto con el marqués Casati, uniendo así a su gran fortuna uno de los nombres más ilustres de la aristocracia italiana. Se trata de un matrimonio de conveniencia para ambos y, desde el principio, Luisa y su esposo, que no tienen nada en común, viven vidas separadas. Luisa Casati, que posee un físico desmesurado, pues medía más de metro ochenta y tenía unos ojos verdes colosales, y que  amaba el arte por encima de todo, se decide a vivir para ese arte y convertirse en fuente de inspiración de los más importantes artistas de la época. “Quiero ser una obra de arte viviente”, solía decir la marquesa, cuya transformación comenzó al conocer al escritor Gabriel D’Annunzio, hombre siempre envuelto en el escándalo, amante imaginativo y autoproclamado “Príncipe de la Indecencia”. De él aprende a disfrutar del exceso, y aunque la alumna se convierte a su vez en maestra de otros muchos, ambos siguen manteniendo una relación intermitente hasta la muerte del escritor.

“D’Annunzio, antes que cualquier otra cosa, era un esteta. Adoraba la belleza en las letras, en las mujeres y en la vida. El escritor vivía en su propia poesía, en sus obras teatrales y en sus novelas y hacía vivir, en todas ellas, a las decenas de mujeres que pasaban por sus brazos.”

Muy pronto comienza a aflorar el estilo único de Luisa Casati que marca el de la propia Belle Époque, y posteriormente el de los años veinte. La marquesa se convierte en la mujer imprescindible de todas las fiestas, sofisticada, erótica, extraña, sorprendente siempre: el barro que D’Annunzio modelara se le escapa de las manos. Sus extravagancias la hacen famosa allá donde va: París, Roma, Venecia, Capri e incluso los Estados Unidos, años después, se rinden  a sus pies.

Pero es Venecia, con su belleza eterna, la que se convierte en el marco perfecto para la vida de lujo y preciosismo que creó a su alrededor. Fiestas insólitas, viajes, amantes, gasto desorbitado… la marquesa Casati transforma cuando tiene a su alrededor y crea territorios ajenos al mundo donde reina como mujer mortal y como una diosa de lo oculto, gracias a su pasión, además de por el arte y la moda, por el mundo de la magia y los sortilegios, tan en boga  en la época. Su devoción por los animales exóticos es una de sus muchas extravagancias, por lo que resulta corriente verla adornada con serpientes que le utiliza como pulseras o collares, o paseando a sus dos guepardos adornadas con collares diamantes.

“Apenas siete años después del inicio de la relación entre D’Annunzio y la Marchesa ya no quedaba ni rastro de aquella joven y esbelta amazona que cautivara al escritor. Casi todo en ella había cambiado: su rostro, su pelo, su carácter…, sólo se mantenía inalterable esa mirada verde y apoteósica, que aún parecía serlo más tras su transformación veneciana.”

La marquesa Casati se convierte en un imán para los artistas más relevantes de su tiempo. Pintores como Boldini, Mariano Fortuny o Kees Van Dongen; escultores como Jacob Epstein, escritores como Cocteau y el propio D’Annunzio; fotógrafos como Man Ray, bailarines como Nijinski o Isadora Duncan, caen rendidos ante su personalidad sorprendente. Su ropa, sus adornos, su maquillaje siempre asombran, son únicos, irrepetibles… Pero tanta extravagancia tiene un precio: rodeada de amigos y admiradores, Luisa Casati vive en soledad; nadie sabe, ni siquiera D’Annunzio, cómo es de verdad la marquesa, quién se esconde tras su histriónico aspecto y su vida de lujo y escándalo.
Luisa Casati muere en Londres, arruinada, tras vivir sus últimos años de las limosnas de los pocos amigos que le quedaban con vida, pero manteniendo siempre esa inimitable personalidad que a pesar de sus intentos de trascendencia, muy pocos recuerdan en la actualidad.

Al comenzar a leer esta historia sorprendente, Luisa Aldazábal se siente desfallecer; sabe que su vida está a punto de dar un cambio. Baja al sótano a buscar sus pinceles y al ver una mancha en la pared comienza a pintar sobre ella. Cuando termina, la pintura la estremece: es la imagen de Luisa Casati, pero también es ella misma.

“Luisa se separó del retrato sorprendida, y un poco asustada. Los inquietantes ojos de ambas Luisas se habían fundido en una mirada cómplice que exhalaba vida. No estaba segura de cuánto tiempo llevaba en el sótano dibujando. Le parecían segundos, pero debía ser mucho más, porque su dibujo estaba completamente acabado y era un trabajo verdaderamente impactante, del que no se podía retirar la mirada. Sintió ganas de gritar de emoción.”

La renacida pasión por la pintura y la obsesión por la marquesa Casati hacen que Luisa decida viajar a Venecia, el lugar donde la marquesa tuvo sus mayores momentos de gloria y donde espera encontrarse a sí misma. Luisa busca en este viaje abandonar su comodidad, su vida plácida y aburrida y volver a sufrir y a gozar como antes; alcanzar la gloria o, al menos, intentarlo.

A su llegada a Venecia, de una manera sorprendente y fortuita, Luisa conoce en la propia plaza de San Marcos a un escultor español con el que comenzará un camino de extraordinarias coincidencias entre la relación que se establece entre ellos y la que sostenían la marquesa Casati y el escritor Gabriele D’Annunzio.

El arte y la pasión se funden en un viaje de la propia Luisa, no sólo por la ciudad de los canales, sino por los espacios en los que “reinó” la marquesa Casati, que comparte con ese escultor que despertará sus ansias de amar, de vivir y de pintar y con quien se enzarzará en asombrosas discusiones artísticas y éticas.

A su vuelta a España, su relación se sostendrá a través de una delirante correspondencia electrónica incesante, que se mantendrá hasta que ella, finalizado el camino de la recuperación de su alma de artista, gracias a una sorprendente producción pictórica, con unos protagonistas casi vivos, decide volver a Venecia a encontrarse con el escultor y se encuentra con una tan prodigiosa como inesperada realidad.

Informaria Digital

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