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«Todo, desde la fregona en adelante, es patentable»

elzaburuAlberto Elzaburu. Abogado, Presidente ejecutivo de Elzaburu

Hace pocos meses, tras 65 años en el despacho familiar, dedicado a reforzar los derechos de la Propiedad Intelectual y el papel de España y del español en el mundo de las patentes y las marcas, Alberto Elzaburu, animado por su familia, se decidió a crear una fundación que llevara su nombre. No es que pensara apartarse del negocio de su oficina, sino que, a sus 85 años, con una vida de novela y un porte extraordinario debido, seguramente, al ejercicio físico («nado todos los días antes de venir a trabajar») y a los cuidados de su mujer, Ana Luisa Mallorquín, («una señora de campeonato con la que llevo felicísimamente casado 57 años»), consideró que, siendo la Propiedad Industrial y de la Innovación tan decisivas en la emprendiduría, en la creación de empleos y de nuevas sociedades, era casi obligado que la firma Elzaburu impulsara, en estos tiempos de crisis e inestabilidad, una fundación del sector que tan bien conoce. «Desde la Fundación nos dedicamos a promover la innovación, la protección de la Propiedad Industrial e Intelectual, las relaciones con Iberoamérica e incluso la lengua española; y todo dentro del contexto del humanismo cristiano, que siempre ha sido santo y seña de nuestra casa y son los valores que pretendemos promover y cultivar desde aquí».

En plena Guerra Civil

Mientras desde la Oficina Española de Patentes y Marcas aplauden el empeño de este veterano abogado que representa la cuarta generación de una saga de emprendedores, Alberto pone todo su conocimiento al servicio de otros empresarios. Y es un conocimiento de años. «A este despacho en el que empecé a trabajar hace 65 años, venía de pequeño, con 8, porque mi padre nos traía a pegar sellos… Luego, en la Guerra Civil, tuvimos la suerte de salir unos días antes del 18 de julio hacia San Sebastián. Allí fui a los Jesuitas mientras mi padre, que era un trabajador nato, un hombre de una austeridad extraordinaria, decidió que en la zona nacional también había que establecer la protección de la Propiedad Industrial, que ya existía en la republicana, y así lo hizo: prescindió de nuestro modesto comedor y montó una oficinita en la que trabajaba una secretaria, desde la que estableció la protección de las marcas en la zona nacional. Una vez terminada la guerra, regresamos a Madrid. Cuando volvimos, yo me incorporé a la firma familiar». Una firma que ya en esos años contaba una extensa historia, puesto que había sido fundada en 1865 por Julio Vizcarrondo, tío abuelo de Alberto Elzaburu, un hombre enormemente avanzado para su tiempo. «Él era un ilustre mecenas español de Puerto Rico que, además de contribuir a una serie de asociaciones, tuvo la bonita idea de manumitir a sus esclavos. Algo que la sociedad conservadora de Puerto Rico de la época no vio muy bien y que hizo que Julio Vizcarrondo emigrara, no sin antes haber constituido una sociedad de mecenazgo para la protección de la infancia. Don Julio y su esposa, una ilustre dama de Boston, decidieron venirse a España, y como él tenía conocimientos de idiomas y era periodista y jurista, inició la profesión de agente de la Propiedad Industrial en España. Y lo hizo con clientes tan ilustres como Thomas Alba Edison o el señor Bell, el del teléfono, y con marcas tan famosas como Eno Fruit Salt, Ron Negrita o el Ojén del famoso “una copita… de Ojén”».

Pioneros de internet

Le pregunto que cómo llegan los Elzaburu a la firma de Vizcarrondo y él me cuenta, en un relato plagado de anécdotas, cómo el entonces propietario de la firma asoció a su sobrino carnal, Francisco Elzaburu, que era su abuelo, al que sucederían su padre y su tío. Fernando Elzaburu, hermano de Alberto, se incorporó a la empresa un par de años antes que él: «Fue un auténtico pionero de la sociedad del futuro. El primero que utilizó internet en España… Tenemos un vídeo en el que se ve su laboratorio y cómo nos utilizaba como conejillos de indias en todo lo que a la técnica se refería. Pero gracias a eso tuvimos fax, internet, correo electrónico y toda clase de adelantos inmediatamente». Le pregunto que si, trabajando tan intensamente codo con codo con la familia, nunca hubo ninguna rencilla y me habla de la muerte de su hermano Fernando, que le hizo quedarse solo a la cabeza del negocio y del disgusto que le dio hace seis años un sobrino que quería hacerse con el mando y al que al final acabó llevando a los tribunales y fue despedido con el consiguiente trauma familiar; pero me cuenta que al final las aguas volvieron a su cauce: «Ese trauma familiar propició que la mayoría de las acciones quedaran en mis manos y que, por tanto, yo pudiera manejar esto y nombrar consejero delegado a Antonio Tavira, casado con mi sobrina carnal, y asociar a mi sobrino Ignacio Díez de Rivera, hijo de mi hermana». Y menos mal que todo se recondujo, porque en Elzaburu Patentes y Marcas trabajan 165 personas, entre abogados, ingenieros técnicos, biólogos, físicos, etc. Es el despacho probablemente más conocido internacionalmente en lo que se refiere a la Propiedad Industrial e Intelectual. «Entre nuestros clientes están algunas de las firmas más importantes que se recogen entre las cincuenta primeras de la revista “Forbes”. Tenemos clientela de todo el mundo. Y casi habría que decir de todos los tiempos, porque si se pasea por Elzaburu se llega a la conclusión de que todo es patentable, desde la fregona a los productos químicos, pasando por las máquinas más sofisticadas. Como el autogiro, por ejemplo. Don Juan de la Cierva también fue cliente nuestro. Y le tratamos muy bien».

Personal e intransferible

Dice Alberto Elzaburu que fue «bastante Jaimito» y debe de ser cierto porque a los 20 años ya era licenciado en Derecho. Pese a que tan joven ya hizo del trabajo su vida, no se olvidó del amor que encontró en su mujer, apodada Lula, de quien, tras más de medio siglo, sigue contando maravillas: «Tiene una vida interior y exterior fantásticas, es una decoradora extraordinaria y una persona que ayuda a todo el mundo». Seguramente, gracias a tener su vida, comprende que su marido, a los 85 años, se meta en el lío de una fundación donde perdurará su nombre. «Pero eso es lo que menos me preocupa», dice, aunque no haya tenido hijos. Lo que le interesa es ayudar a los empresarios y dejar «su modesto legado». Aunque no será el único, porque el marqués de la Esperanza que dice juntar, con su esposa, condesa de Buena Esperanza, «los títulos más bonitos de España», mantiene otra fundación, la Sociedad Protectora de niños (actualmente La Fundación) y su «Refugio», el centro privado de acogida infantil más importante de Madrid.

La Razón

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