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Venecia

Uno de los grandes privilegios que tenemos los escritores es el de tener que conocer, casi como la palma de la mano, los lugares que recreamos en nuestras novelas. Cuando estaba escribiendo “Luisa y los espejos” me vi “obligada” a patearme esa misma Venecia que había recorrido tantas veces durante la Belle Epoque una de las protagonistas de mi historia, la verídica Marchesa Luisa Casati ,y que después se convertiría también en escenario de las aventuras del otro personaje femenino de mayor envergadura del libro, la ficticia Luisa Aldazábal.  Así, en diferentes viajes, el Palazzo Non Finito, que actualmente alberga el museo Peggy Guggemheim y que en su día fuera la residencia de la Marchesa fue uno de mis destinos obligados. Mientras lo recorría y disfrutaba de las maravillosas obras de arte contemporáneo pertenecientes a la millonaria coleccionista que le da nombre al museo hoy día, no podía evitar imaginar como habría sido ese mismo recinto en los tiempos en los que Luisa Casati lo habitaba, rodeada de mirlos albinos, monos, guepardos, serpientes  y pavos reales, así como  de multitud de sirvientes casi desnudos pero todos enjoyados con piezas tan doradas como  la pintura de los árboles de su jardín. Además, en mis paseos de reconocimiento y documentación, siempre paraba en la pensión Calcina, una de cuyas habitaciones un día ocupara John Ruskin, para poder recrear el almuerzo de Luisa Aldazábal con el escultor Gabriel Quiroga, al que conociera en el Café Lavena, de la Plaza de San Marcos, donde en el pasado solían encontrarse Gabrielle D’Annunzio y la Marchesa Casati.  Otro de los lugares ineludibles en cada uno de mis viajes era el café Florian, enfrente del Lavena, en la propia plaza de San Marcos, para tomar un spritz, ese cóctel de vino blanco, agua con gas y Aperol o Campari, tan típicamente veneciano, que también ocupa un espacio en el relato de “Luisa y los espejos”. Y, sin duda, me resultaba imprescindible acercarme hasta la tienda de friulanas (las zapatillas hechas a mano, con un ligero diseño oriental, típicas de los gondoleros), tan cercana a esa gloriosa Academia, donde se esconden los mil y un tesoros de algunos de los pintores venecianos que mejor han conseguido plasmar esa luz mágica de la ciudad de agua, como Tiépolo o Tiziano. Pero si algo me resultaba fascinante era tener que recorrerme los puentes desde la propia Academia hasta la bellísima iglesia de Santa Maria della Salute, para después rodearla y continuar trayecto en sentido contrario hasta alcanzar ese puente de la Ca bala, lleno de secretos, donde la pintora y el escultor de mi novela se dan su primer beso prohibido. Cualquiera de los puentes de esa Venecia que tanto recomiendo visitar  y que es casi en si misma un personaje de mi novela, valen un beso, y dos y tres…VENECIA

La Razón

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