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Premio de consolación

El sábado, Barcelona respiraba fútbol en las calles. A la hora de comer, en el Puerto Olímpico, frente al mar, mientras los madridista desplazados aún alimentábamos las esperanzas, algún balompedista fuera de servicio se entregaba como nosotros al arroz con espárragos y butifarra. En nuestra mesa, repartida entre culés y madridistas se sucedían las porras y en las otras no había quien no anduviera preparándose para ver el partido. Todo era ilusión compartida hasta que comenzó el encuentro. Y después de él (no haré la crónica porque ya se ha narrado hasta el último detalle), todo era alegría para Barcelona. Nosotros, para consolar a nuestros niños de los seis puntos de diferencia tras el resultado, decidimos llevarlos al restaurante Nuba,  donde los futbolistas suelen celebrar sus éxitos. No lo conocía, así que, al llegar y ver un sitio tan oscuro y repleto de chicas con las melenas infinitamente más largas que las faldas, empecé a pensar que igual no había sido buena idea ir. Sobre todo porque no veíamos jugadores.  Por fortuna, al poco apareció  Valdés, héroe de la noche, tan satisfecho como bien acompañado, y le firmó un balón a cada chico. Estaban tan emocionados que no vi raro que  no apartaran los ojos de la mesa del portero,  máxime cuando hasta ella se había acercado a saludar el mismísimo Neymar; sin embargo, al poco descubrí que lo que les tenía ojipláticos no era la presencia de los futbolistas, sino la de una señorita que los acompañaba, con una falda/nofalda, que al sentarse y levantarse les acabó enseñando algo más que el “culé”. “Se acabó la fiesta, pequeños -dije-. Creo que por hoy, ya habéis tenido suficiente premio de consolación”.

La Razón

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