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Miguel Ríos: «Rocío Dúrcal me gustaba más que comer con los dedos»

Cada vez que coincido con Miguel Ríos, eternamente joven, eternamente enamorado de la vida, siempre rockero de actitud y tan sencillo como todos los grandes artistas, pienso en las muchas cosas que me gustaría que me contara… Por eso el título de su autobiografía, «Cosas que siempre quise contarte» (Planeta), me ha parecido casi dedicado. Pero es lo que tiene Miguel, que todos sentimos que nos dedica cada una de sus canciones o cualquier línea de su vida. Porque si no nos cuenta, nos canta: «Pues sí. El libro también podría haberse llamado ”Cosas que siempre quise cantarte”. He tardado en escribirlo aunque tenía contrato desde hace mucho con la editorial; pero en cuanto me presionaron un poco me puse a ello, y me dio mucho gusto». Escribir unas memorias debe ser algo así como liberarse de los pecados, hacer ejercicio de confesión… «Pues yo he intentado huir de la confesión –asegura Miguel–. Y eso que, aunque te hayas convertido en ateo hace ya unos cuantos años, todavía tienes aquel regustillo de quedarte tranquilo cuando confesabas los pecados, que era una especie de recompensa. Quizá por eso lo he contado casi todo. Bueno casi todo lo que cabía en las 400 páginas pactadas… Lo sustancial está».

No es la primera vez que Miguel escribe. Ha publicado colaboraciones en periódicos, alguna historia corta que le han pedido… Para él, los procesos creativos de un libro y de un disco tienen mucho que ver. Así que para plasmar sus memorias sólo necesitó un empujoncito y la disciplina de escribir cada tarde. Al principio le costó, pero luego la inspiración, que le encontró trabajando, como a Picasso, le llevó a arrancar la historia en el momento en el que bajó del escenario de Guanajuato, en México, en su último concierto el 30 de octubre de 2011. «A partir de ahí –me cuenta– me inventé una especie de retorno al hotel, que era como un repaso a toda mi vida». Un repaso que acaba, precisamente, tras ese último día de concierto viajando hacia Patzcuaro, una región en Michoacán, una isla mexicana donde se celebra el día de los muertos. «México es un país al que adoro –dice Miguel– y que me ha dado mucho más de lo que yo hubiera podido pensar. Y esa intimidad de ir a ese sitio a ver una celebración tan maravillosa me servía muy bien para cerrar la elipsis que hice para contar mi vida». Y la cuenta entera. O casi entera, como él dice. Desde su experiencia con una mujer madura siendo un chaval: «No quiero entrar en detalles porque si no la gente no compra el libro, pero sí quiero decir que fue una de las cosas más importantes de mi vida», hasta cómo Fraga, siendo ministro, abandonó uno de sus conciertos: «La gran estrella de aquel día era Lola Flores y después iba gente que estaba empezando como nosotros, que hacía la música que por entonces se llamaba yeyé… Cuando me tocó salir a mí, no sé si es que el señor Fraga tenía necesidad de evacuar o que, simplemente, no le gustábamos (lo cual era lógico porque entre otras cosas sonábamos muy mal y nuestra música era la antípoda de lo que Fraga representaba), pero el caso es que se levantó. ¡Y cuando se levanta un ministro no se levanta solo sino con medio Palacio de Congresos! La anécdota me ha pasado mucho: se me han levantado muchas autoridades a las que no les gustaba el rock». También relata, por ejemplo, cuánto le gustaba Rocío Dúrcal: «Más que comer con los dedos. Pero nunca le dije nada. Le tenía tal reverencia y yo era tan cortado y tan catetillo todavía que… Además tenía novios muy guapos. Como a Junior, que encima era filipino. ¡Aunque ella el pueblo que escogió como apellido artístico, Dúrcal, era de Granada!». Si se pone a recordar, le salen las historias a borbotones. Las más alegres, como el reconocimiento que hicieron en Nueva York del «Himno de la alegría», y las más tristes, como el paso por la cárcel. «”El Himno de la alegría” se escuchaba en muchas radios de Nueva York. Y claro, esa efervescencia, esa brillantez de vida, era lo opuesto a la cárcel, a la que además había llegado por fumar canutos, por hacer algo tan privado como eso, simplemente porque querían dar un escarmiento y ese tipo de descabezamiento siempre se cobraba a gente como yo». Le pregunto si cantaba en la cárcel y me dice riéndose que «no, hombre, cómo íbamos a cantar…», pero añade que sí le preguntaban por la gente conocida que salía en la tele: «Recuerdo que vimos el Festival de Eurovisión del 72, que estaba Jaime Morey. Y me preguntaban: ”¿Qué tal Jaime? ¿lo conoces? ¿Es moña?” ¡Como era rubio, se creían que era moña! Ese tipo de rollos eran cojonudos».

Sonríe mientras rememora ese momento como si no fuera tan pesaroso, aunque enseguida me dice: «Pero bueno, no se lo recomiendo a nadie. Ni siquiera para contarlo en un libro». Cambiamos de tercio y hablamos de sus canciones más míticas: «El himno de la alegría», «En el río», «Santa Lucía», «El blues del autobús», «Bienvenidos», «Generación límite», «Reina de la noche»… Las últimas cuatro son de «Rock and Ríos». «Yo creo que el “Rock and Ríos” es mi obra cumbre», afirma Miguel. Y sin duda, de las más aplaudidas de su carrera desde que empezó a sonar. Y en la música, según el cantante, el éxito y el fracaso se notan inmediatamente: «Tú sacas una novela y tardas en saber si gusta o no y aparte se puede diluir en muchas cosas, pero si la gente no aplaude una canción…».

Personal e intransferible

Miguel Ríos nació en Granada en 1944. Está soltero y tiene una hija, Lúa, «que desde siempre ha sido muy independiente». Se siente orgulloso de la vida, se arrepiente de pocas cosas, perdona, aunque no olvida del todo, y a una isla desierta, a estas alturas, se llevaría libros. Le gusta mucho comer: «Tengo la boca hecha con la guía de construcción de la boca del pobre: me gusta todo». No es supersticioso, ya está curado de la «estrellitis» del éxito de juventud, sueña mucho con que se queda en pelotas en la calle y de mayor le gustaría seguir leyendo y escribiendo porque «me quedan pocas cosas por hacer». Volvería a vivir «sin ninguna duda» su ajetreada vida, pero ahora ya no sale de juerga («casi estamos aboliendo lo de salir a cenar»), ni siquiera para celebrar que, por fin, ha ganado el Grammy. «Me lo dan porque soy muy mayor…». Ya. Pues a otros no se lo dan nunca.

La Razón

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