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Ricardo Darín: «¿Y para qué iba a querer yo un avión privado?»

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Fui a encontrarme con Ricardo Darín como una novia. No es que sea el actor más guapo del mundo, ni sus brillantes ojos azules ni su sonrisa de hombre maduro son el objeto de mi fascinación. Pero Ricardo me tiene conquistada con su buen hacer de cine. Con ese arte que despliega cuando se coloca ante una cámara y le cuenta miserias o chistes con pasmosa naturalidad. Sé que a los actores no les gusta hablar de otras historias cuando andan promocionando una concreta, pero no me resisto a felicitarle por su interpretación en «Nueve reinas», «El hijo de la novia» y tantas otras películas suyas inolvidables, ni a confesarle que «El secreto de sus ojos», la de Campanella por la que recibió el Oscar, es de las mejores que he visto en mi vida. «Tenía un rol muy importante; un personaje que se encarga de contarlo todo de principio a fin y que tiene la suerte de formar parte de ese cuento. Fue una película muy generosa conmigo». Pero ahora está en otra, en esa que ha estrenado hace poco con Belén Rueda titulada «Séptimo» y que aún no se sabe si será igual de exitosa. «No lo sé. Es otro trámite, ¿no? Acá hay otro tipo de angustias, otro tipo de tensiones. La historia es mucho más chica, más específica. Es un cuento que ocurre en doce horas de la vida de dos personas o de varias. Y la otra ocurre en veinticinco años. Pretender exigirle que tenga la llegada de una tan amplia me parece un poco imprudente». Nunca se sabe. Sobre todo porque «Séptimo» es una cinta de intriga que muestra hasta dónde puede llegar el ser humano en sus relaciones personales y más cuando se puede perder a los hijos. «Desenmascara un poco, sí. Yo creo que los seres humanos estamos más o menos cortados de forma parecida. No es que seamos buenos ni malos, sólo funcionamos de acuerdo al contexto en que nos hemos criado, cómo nos hemos desarrollado y con qué personas nos hemos cruzado en la vida». Pero la vida no siempre se atraviesa en las mejores condiciones y eso también influye. A veces en los tiempos de crisis, también reflejados en «Séptimo», los buenos se vuelven malos o, por el contrario, se hacen mejores. «Tengo una mirada bastante positiva con respecto a las crisis, porque a veces moldean y dan templanza. Lo peor de ellas es cuando nos quedamos petrificados y decidimos no hacer nada porque, total, no vale la pena. Y no es cierto. Los países no cierran. Son las empresas las que bajan la cortina y se terminó. Tenemos que encontrar los caminos para salir de la crisis y muchas veces esos caminos son muy creativos porque nos obligan a recapitular». Mientras haya algunos por donde buscar la salida todo va bien; pero nuestro cine no tiene muchos: cada vez se hacen menos películas en España y la industria está agonizante. «Ése es un problema que tiene que ver con los designios y los destinos que deciden, en muchos casos, los señores que se equivocan y hacen recortes donde no deben hacerlos. Porque el cine es cultura, el teatro es cultura, incluso la televisión es cultura». Me sorprende que incluya la televisión, porque acabo de leer que no quiere hacer más. Y eso que fue la televisión –que siempre compaginó con el teatro– la que le hizo popular en Argentina. «No es que no quiera. Si alguien se acerca a mí y me ofrece algo atractivo que me parezca que merece la pena seguramente contará conmigo. Si me ofrecen una serie diaria en donde no va a ocurrir absolutamente nada y puedo no estar ahí, te juro que no estaré».

Ricardo Darín, un tipo auténtico, buen amigo de sus amigos entre los que cuenta a Javier Bardem y admirador de Serrat hasta presumir de haberse sabido todas sus canciones en una época, e incluso haberlo imitado, tiene muy claro lo que no quiere. No quiere hacer cosas que no merezcan la pena, no quiere vivir en Los Ángeles, no quiere entrar en la industria de Hollywood (ha rechazado películas e incluso confesó su pereza al ir a recoger el Oscar) y no quiere un avión privado… «¿Y para qué iba a querer yo uno? ¡No sabría ni dónde guardarlo! Y por otra parte, tendría que lidiar con los pilotos y mecánicos con los que seguramente tendría diferencias de criterio, porque mi padre era aviador, además de poeta… Yo creo que eso forma parte de unos mitos que nos rodean porque creemos que podemos ser más felices con más cosas. Tiene que ver con la sociedad de consumo. Y yo no estoy seguro de que los que más tienen sean más felices. Me parece que es más feliz quien necesita menos». Tal vez ésa sea precisamente la herencia de su padre, que murió sin pertenencias, pero legó a sus hijos mucha sabiduría: «Una herencia de todo y nada. Apenas dos camisas, una campera, un par de pantalones. En vida tenía un sentido del humor increíble. Tras su muerte, con mis hermanas, nos repartimos unas cajas con sus escritos. No había más». Ni menos. Una fortuna en sentimientos.

Personal e intransferible

Ricardo Darín nació en Buenos Aires en 1957, pero es ya tan nuestro que hasta tiene la nacionalidad española concedida por sus méritos. Tuvo un sonado romance en Argentina con la televisiva Susana Giménez y desde hace muchos años está casado con Florencia Bass, y tienen dos hijos, Chino y Clara. Dice que aunque de joven su grupo generó tanta movida que se llegaron a creer los Beatles sin serlo, nunca le mordió la «estrellitis» («si llega a morderte estás en el horno») y que le gusta la cerveza, el whisky y los platos que prepara su mujer: «Cuando nos conocimos no tenía la más puta idea de cómo hacer un huevo frito. Y no puedo entender cómo lo hizo, pero ahora cada cosa que hace es un manjar…¡Qué hizo esta mujer!». En cuanto a manías, detesta los pelos: «Andaría con unas pinzas de depilar sacándoselos de la cara a la gente. Cuando me operé de hipermetropía y me vi en el espejo le dije a mi mujer: ”¡¿Pero cómo me dejaste andar con estos pelos?!”». De mayor le gustaría ser menos mayor, «pero voy camino de convertirme en un viejo cabrón» .Y, si volviera a nacer, repetiría su vida entera «aunque sin dejar pasar las oportunidades».

La Razón

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