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«Por mi libro sobre Franco me han insultado y hasta amenazado»

Pilar Eyre. Periodista y escritora.

Llevaba años trabajando en la sombra, casi haciendo una labor de espía, mientras vivía una vida normal personal y profesional. Nadie imaginaba que sus horas de supuesto ocio las dedicaba a recopilar datos y datos de un pasado demasiado reciente para olvidarlo. Las sorpresas se fueron acumulando hasta que Pilar Eyre se decidió a escribir, con la valentía que la caracteriza, la historia del dictador que tanto ha marcado la nuestra; o mejor dicho, la intrahistoria, porque el suyo no es un relato cualquiera sobre Francisco Franco, el suyo es un «Franco confidencial» (Editorial Destino) y sorprendente. Doy fe. Un Franco, por cierto, con el que la propia Pilar tenía un parentesco lejano: «Pero no me ha servido de nada en absoluto. He tenido otras fuentes. Gente cercana al Caudillo que todavía vive. Además, durante 35 años de profesión, he ido entrevistando a muchas personas: desde ministros como José Solís Ruiz hasta Jiménez Caballero, pasando por la sobrina de Franco o su propia hermana. Entre todos, me han prestado las palabra que utilizaba, el colorido, la forma en que se movía o hablaba, cómo llamaba a su mujer… Esas conversaciones me han permitido reconstruir las del propio Franco con bastante verosimilitud». Pilar es una admirada periodista y escritora, así que resulta inevitable preguntarle por qué se mete en el berenjenal de echar la vista atrás y posicionarse. Pero niega la mayor. «Yo nunca me he manifestado respecto a mi posición con Franco. Uno de mis dos editores, al terminar de leer el libro, me dijo que ”no sé si eres franquista o antifranquista; lo que si sé es que yo soy antifranquista, he estado en la cárcel, he sido miembro del Partido Comunista durante años y en algunas páginas me he llegado a emocionar”». Pilar asegura que su libro no es a favor ni en contra. Que ella ha puesto los hechos encima de la mesa y que no pretende justificar al personaje sino descubrir facetas sin analizar hasta ahora. Pero está claro que su manera de hacerlo no ha contentado ni a la extrema derecha ni a la extrema izquierda, desde donde no le han dedicado lindezas precisamente: «Me han insultado y hasta amenazado. Hubiera podido denunciarlo, no quiero darles más cancha de la que ya tienen…Y, bueno, el propio nieto, Francis, dijo que el libro le parecía horrible, que no había contado con la opinión de la familia y que no pensaba leerlo. Y no conté con ellos, es cierto. Como también que si hablaran de la sexualidad de mi abuelo, yo cogería una pistola y le pegaría un tiro a la persona en cuestión. O sea, que aún ha estado moderado…».

Alguien se preguntará que a quién interesa la vida sexual de Franco, que qué puede descubrirse a través de ella y que si no es el puro morbo lo que lleva a indagar en los detalles más íntimos. «La gente critica que hable tanto de la sexualidad de Franco, pero, mira, en la biografía de Fest sobre Hitler, que es una obra canónica muy respetada, la tercera parte del libro son sus tendencias sexuales. Creo que explica mucho su vida. Franco, por ejemplo, no tenía deseo sexual. A mí esto me lo explicó un médico que lo vio en los últimos años de su vida y era el ayudante de otro médico que lo trataba por sus problemas urológicos. Según él, Franco tenía todas las condiciones para ser frío: padre maltratador, un complejo de Edipo muy acentuado, un gran complejo con su físico y su voz…,y todo esto había hecho que se convirtiera en un hombre muy frío y que sublimara sus impulsos sexuales y los cambiara por la ambición. O sea, me dijo de una forma muy gráfica que sustituyó el orgasmo por la ambición».

El descubrimiento de la sexualidad de Franco no ha dejado a nadie indiferente, como tampoco saber que tenía un padre maltratador: «Franco tuvo el peor de los padres y creo que esa es una de las grandes aportaciones del libro, dicho con toda modestia. Yo pienso que ya no se podrá escribir ninguna biografía de él sin hacer mención al problema que tuvo con su padre. Era un maltratador, un hombre muy partidario de los castigos físicos, cosa no tan rara en aquella época, pero si ejercerla con la brutalidad con la que él lo hacía. Tenía una correa detrás de la puerta para azotar a sus hijos. Al mayor le rompió el brazo una vez que le encontró masturbándose… Era un hombre brutal, probablemente alcoholizado, gran aficionado a las casas de citas y que abandonó a su familia para largarse, como se decía entonces, ”con una fulana”». Con ese cuadro que se describe, no resulta raro que el general se refugiara en su madre, a quien los testimonios pintan como una mujer bondadosa, llena de cariño hacia los suyos: «Pilín, la sobrina de Franco, dice tener el mejor recuerdo del mundo de ella. Y Franco sentía tal adoración por su madre que cuarenta años después, cuando hablaba de ella con su médico, el doctor Pozuelo, antes de morir, pese a esa frialdad que le había evitado derramar otras lágrimas en la Guerra Civil que no fueran las que lloró cuando redactó el último parte de guerra, aún lloraba». Le pregunto a Pilar si el Generalísimo, además del amor hacia su madre, tenía otras virtudes o todo eran defectos como tantos han resaltado. «Tuvo también un gran amor por su mujer y por su hija, por Don Juan Carlos, fue un buen abuelo… Yo pongo en el libro todo lo que hizo y no se cuál es el balance final. Para unos es muy bueno, para otros todo lo contrario. Creo que es la personalidad más influyente del sigo XX y, de hecho, sus huellas perviven ahora, porque el Jefe de Estado que tenemos lo puso él».

Personal e intransferible

Pilar Eyre nació en Barcelona. Es viuda, tiene un hijo, se siente orgullosa de los libros que escribe y su gran pena es que sus padres no estén vivos para verlo. Se arrepiente de bastantes cosas: «He hecho mucho el loco en mi juventud». Perdona «sin mérito, porque se me olvida». A una isla desierta se llevaría «un amor». Bebe vodka con tónica y confiesa muchas manías: «Tengo piedras sobre la mesa del ordenador, escribo con el perro a mis pies…». Sueña mucho «que me caigo por el hueco del ascensor y que según voy cayendo me quedo sin aliento… ¡Y luego, como soy asmática, me levanto con un ataque y tengo que usar ventolín!». Le gustaría escribir hasta los 96 años como Stephane Hessel y si volviera a nacer repetiría su vida profesional «y la personal también porque me ha dado un hijo que es lo que más quiero en el mundo».

La Razón

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