Menu
Menu

«De niño quería ser periodista como Clark Kent»

20140120-175739.jpg

Juan Gómez-Jurado. Escritor.

Me sorprende, al conocer a Juan Gómez-Jurado, que acuda casi nervioso a una entrevista. Pero sé que cualquier autor, cuando saca una nueva novela –aunque ya haya sido vendida a 40 países y Hollywood esté preparando su adaptación, como es el caso–, experimenta una inevitable dosis de sobreexcitación. Así que Juan, que parece vivir su vida con una enorme intensidad que, de alguna manera, traslada a cada una de sus páginas, no podía ser menos. Tal vez por eso, el día que nos encontramos, que no es otro que el de la salida a la calle de «El paciente» (Planeta), su última creación, no puede estar exactamente sereno. «No he pegado ojo pensando que hoy salía el libro –me asegura–. Estaba, te lo juro, abrazado a la almohada». Y eso él, insisto, que cuenta con el éxito asegurado. No sé si se puede morir de satisfacción cuando se sabe que se tienen cinco millones de lectores en todo el mundo, pero supongo que la alegría es inevitable. «Bueno, pues sí, es una maravilla. Sólo puedo decir que estoy muy contento. Cuando escribí mi primera novela, que fue ”Espía de Dios”, yo tenía un trabajo honrado, de esos de 8 horas al día, que al final eran 16 y sólo podía dedicarle ratos perdidos. Y creía que no la iban a leer más que un par de personas de mi familia, amigos y demás… ¡Pero luego resultó que fue otra cosa! Aun así, yo creo que la literatura es como el amor y te tienes que enamorar de la persona amada y del libro que escribes todos los días. No puedes creerte que lo tienes todo hecho, como algunos escritores que se apoyan en éxitos pasados, porque lo pasado, pasado está».

Me cuenta Juan también, que él siempre sintió esa vocación más que de la escritura del periodismo y que, desde niño, cuando le preguntaban qué quería ser, él decía que «periodista, como Clark Kent». Le digo que hasta en eso rezuma «genuino sabor americano», el mismo que ha trasladado a las páginas de «El paciente», donde hay que destacar la espléndida ambientación. «Procuro que en todos mis libros sea lo más fidedigna y realista posible. En ”La leyenda del ladrón” tuve que viajar a la Sevilla del siglo XVI con la imaginación y por eso me costó cuatro años escribirla. Tres fueron de documentación para poder saber a qué olía una panadería de entonces, cuánto costaba un pan y cómo eran las armas, para que el protagonista, Sancho, pudiese convertirse en ese Batman de los favorecidos. En el caso de ”El paciente” tenía la inmensa suerte de que no necesitaba un gran trabajo de documentación para la ambientación, porque he vivido en EE UU y es una cultura que conozco muy bien, así que salía prácticamente solo».

Lo que está claro es que si no necesitó demasiada investigación para ambientar ese perfume norteamericano de la novela, probablemente sí le fue imprescindible para documentar cómo trabaja un neurocirujano, como su protagonista, cuando abre un cerebro. Aunque tiene muy claro que hay que tener mucho cuidado con el exceso de información y no hacerlo demasiado visible. «Hay que encontrar el equilibrio entre la ambientación y que la historia sea divertida. De hecho, en este caso, intenté que la documentación técnica no fuera visible en la historia, sino que simplemente se reflejara en lo que estaba contando el dr. Evans en primera persona». No sabría decir si la historia se podría calificar exactamente de «divertida», pero, desde luego, no deja espacio para el aburrimiento desde esa primera e impactante página que recoge las palabras de Evans, desde el corredor de la muerte, hasta el sorprendente final de la historia. Una historia, por cierto, en la que caben la intriga y el «thriller», pero sobre todo el amor más puro que existe y que no es otro que el de un padre a su hijo. «Cuando al finalizar la novela mi editora me preguntó qué había hecho, le dije que no lo sabía. No sabía si había sido niña o niño, si era un «thriller, una novela de intriga, una historia de amor o una mezcla de todo; pero es cierto que para mí lo más importante era la historia de amor del padre por su hija y en ausencia de esa mujer (la madre de la niña) que ha desaparecido».

Desde luego no es un «thriller al uso», y hay un amor que chorrea por los renglones: el de ese padre, médico exitoso y brillante que, sin embargo, no supo diagnosticar a tiempo el tumor de su mujer, ni evitar que ella se quitara la vida para restar dolor a su familia, y que quiere a su hija sobre todas las cosas; tanto, como para que alguien lo ponga a prueba al advertirle de que si su próximo paciente (el presidente de EE UU) sale de su mesa de operaciones no volverá a verla, secuestrada en un zulo, con aire para tan sólo 63 horas. Una historia trepidante en la que, pese a la angustia, cabe, curiosamente, un extraño sentido del humor. «Cierto. David es un personaje con un humor muy negro, incluso hacia sí mismo». Y tal vez es así, porque, como me confiesa Juan Gómez-Jurado: «David soy yo».

Personal e intransferible

Juan Gómez-Jurado nació en Madrid en 1977. Está casado, tiene dos hijos que son su máximo orgullo, se arrepiente de no haber empezado a vivir antes y dice olvidar bastante más que perdonar. Le hace reír casi todo, «incluso cosas que hacen llorar a otras personas», porque cree que la risa es la única forma de interiorizar hasta los sucesos trágicos. Y llora bastante menos, aunque es una persona muy emotiva y no puede ver a un niño sufrir nunca. A una isla desierta se llevaría un barco salvavidas, le gustan los huevos fritos con patatas y la Coca-Cola «que es mi vicio secreto y mi perdición», y tiene un montón de manías, como la de no poder dedicar un libro si no es con un boli negro o la de sentarse a escribir a una hora determinada y de forma determinada. Sueña con entrar en la lista de «best-seller» del «The New York Times» («estuve en el puesto 36 y se entra en el 35»), que se haga la peli de uno de sus libros y «recoger un Oscar, claro». De mayor quiere ser más joven y si volviera a nacer «intentaría ser un poco menos listo, porque la inteligencia te hace infeliz….». Por eso intentaría ser menos consciente de lo que pasa alrededor y tener menos de «”awareness”, como dicen los yankees».

La Razón

Back to Blog

Deja un comentario

Back to Blog