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Alma de papel de periódico

Allá por 1989 andaba yo trabajando en Telemadrid a la par que en Radio Intercontinental, cuando en la emisora me dijeron que me tocaba entrevistar a Pedro J. Ramírez, a quien acababan de cesar en Diario 16. Le entrevisté en el programa Caliente y Frío y, tras veinte minutos de charla informal, se me ocurrió acabar con un “habiendo un Pedro J. Ramírez, si no hay un Diario 16, habrá un Diario 17”. Pedro J abrió los ojos hasta el infinito, palideció aún más de lo habitual y se marcho con cara de asombro. Al cabo de poco tiempo, coincidimos en el programa El Ruedo, de la cadena autonómica madrileña y, a la salida del mismo, Pedro J no dudó en proponerme que yo fuera su biógrafa. Yo, que entonces era muy joven, me quedé tan sorprendida que casi no podía articular palabra pero, cuando lo hice y le pregunté por qué, me di cuenta de que, aquel día, en la radio, Pedro J, que justo acababa de recibir el primer cheque para la creación de “El Mundo”, creyó que yo tenía información privilegiada. Como la realidad escribe otras páginas distintas a las de la imaginación, lo cierto es que yo, simplemente, pensé que aquella frase, era un buen final para la entrevista y que le iba al pelo a un personaje que no se quedaría quieto jamás. Y no me equivoqué. Pero el caso es que aquella anécdota me convirtió en acompañante inseparable, en aquellos tiempos, del creador de “El mundo”. Durante un año y medio, viví pegada a los talones de un hombre que convivía con el pinganillo de su radio y respiraba por y para la información. De cuanto vi o escuché en esos días, prácticamente no dejé ninguna constancia en el libro que escribí para el entonces Director de El mundo, y que firmamos los dos. Y no lo hice, porque, como bien se indica en mi prólogo, el punto de vista de la obra, era el del biografiado. Sin embargo, como no podía ser de otra manera, saqué mis propias conclusiones. La primera, que aquel hombre vivía por y para el periodismo. La segunda, que yo entendía el periodismo de otra manera. Pedro J tenía todas las cualidades de la profesión… Y también la falta de ellas. Era Woodward y Bernstein, sí, pero también William Randolph Hearst. O lo que es lo mismo: un hombre capaz de llegar al fondo de cualquier cuestión, pero al que la realidad no le podía estropear una noticia. El resumen de la personalidad de este periodista, más protagonista que ningún otro por sus méritos y deméritos es el que hizo mi amigo y compañero Pedro Páramo. “Sería una gran persona si no tuviera alma de papel de periódico”.

La Gaceta de Salamanca

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