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Aragonés

A punto estaba de ponerme a escribir sobre la gloriosa Irina Shayk, novia vigente de Ronaldo, para celebrar su falta de corrección política a la hora de negarse a decir “visca el Barca” (las novias no tienen que ser políticamente correctas, sino pasionalmente entregadas), cuando me enteré de la muerte del entrenador más incorrecto de todos los tiempos, Luis Aragonés. Repasar la historia del “sabio de Hortaleza” es como reescribir la del fútbol, al que el técnico, antes futbolista, dedicó toda su vida. Una vida, por cierto, vinculada al Atléti, donde despuntó como jugador en los 60 y los 70 y con el que disputó 360 partidos en la Primera y marcó 160 goles, antes de convertirse en su entrenador. Pero sus méritos, no solo se circunscriben al equipo de su alma; Aragonés, además de por esas frases que nadie más se atrevía a pronunciar (“digo más veces ‘vete a tomar por culo’ que ‘buenos días’”), pasará a la historia como el Míster que defendía que los entrenadores acudieran a los partidos en chándal, el que bautizó a la Selección como La Roja, el técnico al que no se le recriminó que pasara de entrenar en Madrid a hacerlo en Barcelona, o el hombre que marcó el camino actual de la selección, desde que, bajo su mandato, consiguiera que llegara hasta los octavos del Mundial de 2006 y al título de la Eurocopa en 2008. Coherente hasta el fin de sus días, no pudo, en su último encuentro contra el cáncer, sin embargo, cumplir con su lema más famoso: “las finales no se juegan, se ganan”. Hay ligas que, por mucho que uno se empeñe no se pueden conquistar. DEP.

La Razón

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