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Eduardo Noriega: «¿Que si soy “de la zeja”? ¡Es que no sé qué es eso!»

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Eduardo Noriega ya no es aquel jovencito de mirada misteriosa de «Tesis» o «Abre los ojos». Ha cumplido cuarenta, pero quizá por eso está más atractivo que nunca. O tal vez es que está más tranquilo, más asentado, como les suele pasar a los actores que, sin dejar de mirar a la cámara fijamente, se pasan «al otro lado». Noriega lo ha hecho, no para ponerse detrás de ella, aunque intuyo que con el tiempo lo hará, sino para colaborar en el guión adaptado de la novela de Clara Sánchez, «Presentimientos», con Santiago Tabernero. «Santi, que es amigo de Clara, leyó el libro, se entusiasmó y me lo dio. A mí me pareció que ahí había una película y Santi me propuso que la escribiéramos. Yo nunca había escrito un guión, así que, al principio, me asusté un poco». No puede negar que, en estos veinte años de profesión, ha sentido curiosidad por escribir guiones, sobre todo porque ha leído cientos y le encanta leer novelas; así que, de alguna manera, ha ido aprendiendo desde la curiosidad. «Luego a la curiosidad hay que sumar el talento, las ganas y todo lo demás, claro… Pero en este caso he estado muy protegido, porque Santi es amigo mío y un guionista experimentado, y porque había una obra que nos había entusiasmado y que, además, hablaba de cosas nuestras y nos hacía sentirnos identificados con ella». Por eso y seguramente porque pensó que la historia tenía una estructura muy cinematográfica se lanzó a la piscina, sabiendo o creyendo que una película no es comparable a una novela. «El reto es captar la esencia para luego hacer otra cosa. El libro te permite divagaciones, y en el cine necesitas acciones, sobre todo en un personaje quizá pasivo como el mío en la novela de Clara Sánchez. En el cine, si yo no veo hacer nada a ese personaje, me aburro». Me pregunto si siendo guionista de su propio personaje un actor no puede caer en la tentación de regalarse las mejores frases, y se lo digo. Él se ríe y me contesta: «Es tentador, pero no. Por suerte, como ha sido un proceso largo de escritura y no se iba a rodar inmediatamente, fui capaz de olvidarme de que yo era uno de los actores, y no, ni mucho menos… Sería poco serio ponerte el mejor personaje, ¿no?». Dice Noriega que no le ha tocado el mejor, que hay otro masculino que es el «bombonazo» y que representa el deseo, pero yo le digo que las mujeres tomamos cariño a esos otros, como el suyo, que presumen de mirar y saber si los están engañando, pero que se han olvidado de ver a sus propias mujeres… Sobre todo porque pensamos que podemos cambiarlos por mucho que la rutina los haya convertido en seres aburridos. «¿Ves? Son temas que nos afectan. Todo el mundo ha tenido una relación y ha pasado por fases de rutina, de deseo e incluso de secretos y de traición y, por eso esta película me resultaba tan atractiva», me contesta. Le propongo que salgamos un poco de «Presentimientos» y que me cuente qué tal con Schwarzenegger en Hollywood, con quien ha grabado «El último desafío»… y me dice que era un mito suyo de adolescencia y que está cuadrado, que tiene fachada. Le digo que tiene suerte de haber gozado de una carrera más internacional y de no haber tenido que esperar demasiado a que sonara el teléfono. «Sí –reconoce–, sobre todo porque ahora en España ya no te llaman para ofrecerte rodar tal proyecto tal día, sino que te dicen ”estamos intentando financiar, igual una televisión quiere los derechos…”. Los proyectos no llegan armados como antes y eso exige que el actor sea más activo, a lo mejor que busque una novela que le guste y se la ofrezca a un productor… El actor que espera a que suene el teléfono igual no trabaja».

Trabajar sin cobrar

De hecho, hay muchos que no lo hacen y demasiados que viven al día y no les llega casi para comer. «Los actores sabemos que hay temporadas de más y menos trabajo. Pero no es lo mismo descansar para elegir proyectos que no tener nada y tener necesidad. La semana pasada me llamaron para hacer un videoclip para una artista y me dijeron que no pagaban. ”¿Cómo que no pagáis? ¿Y por qué me llamáis?”. Pero es que hay gente que necesita trabajar, aunque no le paguen, porque es una forma de estar ahí. Por eso se está devaluando la profesión de una forma que me parece una falta de respeto». O sea, que se respeta menos a los actores y es posible que se los quiera menos. ¿Qué ha pasado? «Se ha enrarecido la cosa. Aunque supongo que no será en la totalidad del país. Pero si en los años 50 y 60 había un cine más literario, más culto y no tan comercial, luego llegó el ”boom” del destape, el landismo, que tampoco fue bien considerado… Aunque sí había entonces un cariño por los artistas en general. Yo creo que todo se ha enrarecido por el hecho de que actores y gente de la cultura se posicionaran con el ”no a la guerra”, por ejemplo. Y ha habido un ataque mediático al sector de la cultura del cine por manifestarse políticamente. En otros países no se le da tanta importancia a que un actor diga su opinión… Pero yo te aseguro que en el cine hay todo tipo de ideologías y cuando subo a un taxi y me dicen: «Tú, ¿qué?, ¿eres ”de la zeja”?». ¡Es que no sé qué es eso ”de la zeja”! O sea, que no todos los que hacemos cine pensamos de la misma forma, es evidente».

Personal e intransferible

Eduardo Noriega nació en Santander. Está casado, pronto será papá y se siente orgulloso de su grupo de amigos de la infancia. Se arrepiente de no haber estado a la altura, personalmente, en alguna circunstancia de su vida. Perdona, olvida. A una isla desierta se llevaría buena compañía. Le gusta comer de todo y beber agua y vino. De niño era llorón y ahora menos, pero se sigue emocionando «con una buena película o con una injusticia flagrante». Antes tenía muchas manías, de las que se ha ido deshaciendo: «De joven, como me veía muy delgado, me ponía dos camisetas para parecer más fuerte». Tampoco se le repetían los sueños: «Más bien tenía una pesadilla recurrente con números abstractos que representaban mis años vividos, que iban destruyéndose. En uno de mis primeros cortos había un personaje que tenía este sueño. Yo insistí en que me lo dieran, pero claro, se lo habían dado ya a otro». De mayor le gustaría seguir teniendo que ver con la cultura y con el cine y, si volviera a nacer, sería otro completamente distinto, «porque repetir la misma vida…».

La Razón

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