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“En la Nochebuena de 1914 los jóvenes soldados hicieron un botellón”

Juan Eslava Galán. Escritor.

Dice Arturo Pérez-Reverte que “nadie cuenta la Historia como Eslava Galán” y que “Esa mezcla de sabia erudición, arte narrativo e ironía inteligente suele producir mezclas explosivas”. Y yo jamás discuto a Pérez-Reverte y menos cuando habla de un amigo querido. El mismo amigo que él descubrió que se escondía bajo el pseudónimo de Nicholas Wilcox: “Mi amigo Arturo lo publicó a petición mía, cuando supe que una revista de libros lo iba a desvelar en el próximo número”-cuenta Juan. No es raro que ambos se quieran más allá de sus méritos literarios, porque, aunque no se parecen en nada, tienen un código de honor parecido. De legionario, diría yo. Los dos han estado en mil batallas. Hoy toca que me las cuente Juan, aunque en este caso, no sean las suyas, sino las de “La primera guerra mundial contada para escépticos” (Planeta).

En realidad, desde niña he temido tanto las guerras, que sufro al leer sobre ellas; pero es cierto que, Eslava Galán, aunque no escatima la información más cruenta, siempre es capaz de encontrar la ternura que se da entre los seres humanos, hasta en los frentes. Como la de aquel 24 de diciembre de 1914…”Eso fue una cosa encantadora. Los combatientes creyeron que la guerra iba a ser corta y triunfal. Todos pensaron: ‘vamos a ganar en seguida y para esta Navidad estamos en casa’. La planeaban como si fuera una guerra napoleónica. Los franceses fueron al campo de batalla con pantalones rojos y chalecos azules, los colores de la bandera…Pero, claro, se encontraron con una guerra moderna, con ametralladora y alambrada, dos invenciones que determinaron la suerte de la guerra. Y en Navidad, cuando estaban todos en las trincheras, los alemanes empezaron a cantar desde la suya su famoso villancico y los ingleses, al oírlo, cantaron también…Al final se asomaron y se juntaron. Eran gente muy joven, de entre 17 y 20 años. Y lo que hicieron en medio, entre las dos líneas, fue un botellón.” Es que aquella guerra llegó de improviso, sin que nadie la esperara, después de un período de una paz extraordinaria, que parecía casi un cuento de hadas.

“Tiene algo de inesperada y algo de preparada –me puntualiza Juan-. Me explico. En el inicio, lo que se llamó Belle Époque, la época bella de la humanidad, los países desarrollados vivían una especie de idilio consigo mismos, porque era reciente la invención del automóvil, de la calefacción central, del retrete con agua corriente, la electricidad, el teléfono, el telégrafo, empezaba la aviación, las vacunas, la anestesia… O sea que éramos un mundo feliz. Pero al propio tiempo se estaba incubando esta guerra, porque las super potencias europeas se hacían la competencia industrial y comercial y parecía que no había espacio para todas.” Juan me va relatando, a partir de ese momento, todas las causas económicas que enfrentaron a unos alemanes que tenían un país muy reciente –hasta 1871 eran un conglomerado de pequeños condados-, a unos franceses humillados precisamente porque la unificación de ese país se hubiera hecho en la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles, y a unos ingleses que siempre habían basado su imperio en tener una flota que dominara los mares, y que veían cómo los alemanes, cada vez más ricos, estaban fabricando buques de guerra que podían acabar siendo más potentes que los suyos. Claramente fue una guerra provocada por intereses económicos. “Una guerra comercial.-subraya Juan- En Europa se hicieron dos bloques militares y hubo un período, “la paz armada” en que todo el mundo, la industria, fabricaba armas estupendamente… Y claro, las grandes potencias, cuando fabrican muchas armas, tienen tendencia a usarlas. Ahora modernamente, como tienen bombas atómicas, no pueden pelear entre ellas y le ceden el stock a países subdesarrollados, ahí tenemos a Siria; pero entonces cada uno pensaba en utilizarlas en su propio provecho”.

Mientras charlo con Juan, tengo la sensación de que no estoy haciendo una entrevista, sino solo aprendiendo de la conversación de un amigo, que me cuenta, como nadie, todas esas cosas en las que no he reparado, como que, en aquellos días aciagos, fue cuando se produjo la primera verdadera revolución feminista, porque al requerir los frentes tanta presencia masculina, para que los países siguieran funcionando necesitaban que las mujeres cubrieran sus puestos de trabajo en oficinas, minas y fábricas y se dieron cuenta de que las mujeres lo hacían igual que los hombres e incluso a veces mejor… “Cuando pasa la guerra, la mujer hasta viste distinto, con ropa tan cómoda como la del hombre.-dice Juan-. Alguna cosa buena tenía que tener esta guerra que trajo tanta calamidad y tanta hambre” Hambre, sí. Sobre todo en Alemania, después de que la escuadra inglesa bloqueara el mar. De allí son esas fotografías absolutamente devastadoras que Juan ha recogido en su libro. “Algunas son terribles, pero bueno, las he puesto para que ilustren la guerra…En Berlín morían caballos y, rápidamente, todo el mundo sacaba la navaja y cortaba filetes del animal. Dejaban solo el esqueleto, como si hubieran llegado las hormigas voraces”. Fueron tantas las cosas que pasaron en esa primera gran guerra, quizás la más terrible de la historia, que Juan ha decidido contárselas a los escépticos. Y su relato tiene mucho de terrorífico, pero en él también cabe el humor, la literatura en una trinchera compartida por soldados de distinto bando, o historias fascinantes de grandes personajes como Mata Hari, Lawrence de Arabia o el Barón Rojo.

Personal e intransferible

Juan Eslava Galán nació en Arjona, Jaén, el 7 de marzo de 1948. Está felizmente casado por tercera vez y tiene dos hijas. Entre sus obras y las de su otro yo, o sea Nicholas Wilcox (“que me temo que liga más que yo. Yo ya estoy muy mayor para competir con nadie”), se cuentan más de ochenta. Se describe como “un tipo solitario y descontento que escribe para llenar el tiempo”, al que no le gustan ni el fútbol, ni los toros ni la sociedad. Entre sus platos favoritos, la sopa de almendras; y entre sus bebidas el vino tinto. Y que nunca falte el aceite de oliva, sobre el que se lo sabe todo después de sus dos libros sobre el tema (“Las rutas del olivo en Jaén” y “Las rutas del olivo en Andalucía”). Dice en su página web que después de medio siglo de escrituras y lecturas sigue sin saber “cuál es mi verdadera vocación , si la de lector, la de novelista o la de historiador” y al final se queda con que probablemente es “una amalgama de las tres”. Pero hay algo que sí tiene claro y es que “la lectura y la escritura junto con la música, la amistad y el amor constituyen las formas de relativa felicidad, a los que podemos aspirar los que no creemos en otra cosa”.

La Razón

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