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La palabra exacta

El pasado viernes, tuve la suerte de ser invitada al desayuno que se celebraba en el Casino de Madrid, con la flamante premio Cervantes, Elena Poniatowska, a quien ya había tenido el gusto de conocer, un par de días antes, en el almuerzo que, para homenajearla, se ofreció en el Palacio Real. A este segunda convocatoria llegué tarde y desanimada. Hay que dejar de lado las cuestiones personales y, como dirían los artistas, “show must go on” o, o lo que es lo mismo, “el espectáculo debe continuar”; pero hay circunstancias que marcan el carácter y el comportamiento, por mucho que uno quiera evitarlo. Cuando me senté, tocaba ya el turno de preguntas y la azafata, muy amablemente, me ofreció el micrófono para que plantease, si lo deseaba, alguna cuestión a la premiada. Al principio decliné el ofrecimiento y estuve escuchando algunas de las respuestas de Poniatowska, debo decir que siempre acertadas y con chispa, a todo tipo de preguntas, también debo señalar que unas más brillantes que otras. Sin embargo, en mi cabeza solo resonaba parte del discurso que Elena había regalado a los asistentes, el día anterior, en Alcalá de Henares. Habló de muchas cosas pero, entre otras, de “la palabra exacta”. Y era esa la que yo buscaba desesperadamente en mi cabeza, aquella mañana heladora, en la que el aire tenía la temperatura de mi alma. Me pareció que preguntarle a Elena, podría ser, si no liberador, al menos si paliativo, así que agarré el micrófono y solté los demonios en forma de pregunta: “Esta mañana –dije- debería venir alegre al encuentro con la premiada, pero estoy triste sin remedio. La bebé de una gran amiga se ha ido, se la ha llevado el mismo viento de milagro que la trajo y ya no estará más con nosotros. Y, en medio del dolor, yo me pregunto y le traslado la pregunta a Elena Poniatowska, si quedan muchas palabras por inventar, si algún día se encontrará la palabra exacta que describa el dolor que encierra el perder a un hijo… Un hijo que pierde a su padre o a su madre es huérfano, el marido que pierde a su mujer o viceversa son viudo y viuda…, pero ¿qué es el padre o la madre que pierde a un hijo? ¿Existe alguna palabra para describir esa aflicción incomparable?” Poéticamente, se puede estar huérfano de amor o incluso de descendencia; pero más bien se habla de hijos que no existen o no están, que de hijos arrebatados por la muerte. No se si encontrar la palabra exacta reduciría la congoja…Es posible que haya penas tan hondas, que no se puedan ni nombrar.

La Gaceta de Salamanca

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