Menu
Menu

Cuanta más experiencia, más miedo tienes”

Killian Jornet. Corredor de montaña

Acaba de recibir el premio Aventurero del año, que otorga la prestigiosa revista National Geographic; pero, en realidad, no solo este año de galardón, sino la vida entera de Kilian Jornet, poseedor de todos los récords posibles en ascenso y descenso de montañas, ha sido una pura aventura. Ahora tiene 27 años, pero lleva recorriendo las cumbres del planeta, a toda velocidad, desde niño. En los últimos cuatro años, ha coronado, con tiempos increíbles, las cimas del mundo entero, incluidas la del Everest y el Aconcagua. En otros, sonaría a imposible, pero en él, por su propia historia, casi parece lo que le tocaba. Se crió a 2.000 metros de altura en la Cerdaña Catalana, junto a su padre, guarda de refugio en Cap de Rec, su madre, maestra de escuela, y su hermana, que también tuvo que subirse (con gusto) a unos esquís y deslizarse por las montañas. Si Killian, a los cinco años subió al Aneto y a los 10 cruzó los Pirineos ¿a quién podría extrañarle que, unos cuantos años después, subiera y bajara el Mont Blanc, en cuatro horas y 57 minutos?

Está claro que nació para ser deportista; aunque, tal vez, tampoco tenía otra alternativa. “Desde pequeño he vivido en la montaña con mis padres. Íbamos a hacer travesías y, después de la escuela, con mi hermana, jugábamos por el monte, porque casi no teníamos otra opción. Me inculcaron ese amor a la naturaleza y al deporte y siempre ha sido parte de mi vida”. La montaña enseña, dicen. Pero, sobre todo, quien ha vivido en ella alguna vez, ya no puede abandonarla. “La montaña es lo que he vivido siempre. En ella aprendí a ser autosuficiente y a saber que somos responsables de las cosas que hacemos. Es donde me siento más a gusto, porque es lo que conozco. Si voy al mar, diré que es bonito, pero no sabré interpretarlo y al cabo de un rato me aburriré; y lo mismo me pasa en la ciudad”. En la ciudad Killian camina temiendo que le atropellen o que le caiga alguna cosa…¡y no sabe dónde pisar!. Todo lo contrario que en su terreno, al que se adapta de una manera tan natural y minimalista, que sorprende e incluso, a veces, molesta. Como cuando subió el Mont Blanc en zapatillas de deporte El concejal de Chamonix se enfadó “Yo siempre intento llevar lo mínimo. Y en los Alpes, sobre todo en Chamonix, donde hay una tradición, muy clásica, pues si hay una cosa nueva se ve un poco mal; pero bueno, si miras al pasado, siempre que ha habido cosas nuevas se han visto mal y luego se han ido asentando”. Le digo que todo está bien mientras eso no signifique relajarse, perderle respeto a la montaña, olvidarse del miedo… Y me responde: “Yo le tengo miedo a muchas cosas. El miedo es básico, porque, sin miedo estás muerto. Hay que escuchar a ese miedo y aprender a conocerse y a ser cada vez más realista sobre lo que puedes y no puedes hacer. Y cuanta más experiencia, más miedo tienes, porque te das cuenta de que, por mucho que aprendas, nunca podrás aprenderlo todo”.

Killian vivió una infancia distinta a la de los demás, aprendió a orientarse por la noche cuando su madre los llevaba a escuchar el bosque agarrados a sus piernas. Entonces, decidió que el bosque, la montaña y la naturaleza serían su vida. A partir de ahí comenzó a superar retos. Le pregunto si hay algún reto conseguido en el que uno empieza a sentirse casi invencible: “Creo que no. Hay que ser muy realista y aunque puedas ganarlo todo y ser muy bueno, al final eres campeón del mundo de este deporte este año o durante estos años pero ¿qué sabes de matemáticas o de literatura o de otros deportes? Mi delirio personal, mi juego, es este deporte, como para otro lo es el fútbol… Cada uno tiene su cosa y hay que ponerse objetivos y disfrutarlos; pero, siendo realistas, si comparamos nuestra vida con la historia de la humanidad y con la del planeta, realmente lo que hacemos es nada.” Nada y todo, tal vez. O al menos más de lo que muchos se atreven a hacer. Y Killian Jornet, se atreve a mucho, porque lo disfruta, aunque mida el miedo con frialdad. La misma con la que no tiene más remedio que hablar de la muerte de un compañero (Stefan Bross), a pocos centímetros de él. Killian se salvó por los pelos. El estaba en tierra firme, su compañero no y cayó dentro de la grieta de hielo. “Al principio me limité a pedir ayuda, pero cuando paso todo pensé en su familia, en sus hijos, en su mujer embarazada…” Cuando me dice que a partir de entonces todo dejó de ser un juego, le pregunto si se arriesgaría igual si le estuvieran esperando unos niños en casa. “No tengo hijos aún, así que no te lo puedo decir; pero si tengo muchos amigos y compañeros que los tienen y algunos cambiaron radicalmente la forma de hacer; pero, también tengo amigos que siguen haciendo el mismo tipo de actividades. Depende mucho de la persona. No se qué me pasará a mí. No puedes ni prever ni anticipar sentimientos y emociones tan fuertes.” Killian, ama la montaña, pero también le gustan otras cosas como dibujar y, aunque él lo niega, dicen que lo hace bien, no como lo de tocar el violonchelo, para que nunca tuvo arte pese a ir once años al conservatorio. ¡Sería el colmo que también en eso destacara!…Lo que está claro es que, a los que no tienen televisión como él, les da tiempo a muchas cosas, como leer y mucho o, pese a su vida distinta, tener novia “Si, pero también hace esto. Si no, yo creo que sería imposible. Esta vida tiene una parte muy bonita, que es que siempre estás viajando y conociendo personas y lugares; pero la parte mala es que puedes pasar, como mucho, un mes al año en casa. Y así tener relaciones o incluso amigos cuesta más. Mis mejores amigos son gente que hace esto, porque nos encontramos siempre ahí arriba, quedamos para ir a una cima, a entrenar…. Esa es la gente con la que ahora estoy viviendo en Noruega. Al final te juntas con la gente que tiene tus mismas inquietudes. La cabra siempre tira al monte”

Personal e intransferible

Killian Jornet nació en Sabadell en 1987. Está soltero, no tiene hijos, pero si dos libros, “Correr o morir” y “La frontera invisible”, y dos documentales dedicados a sus méritos, así como la Copa del Mundo de esquí de montaña y un puñado de medallas de oro de carreras de montaña. Se siente orgulloso “de ser coherente con mis valores”, no se arrepiente de nada, perdona, no olvida, le hace reír “la vida, el sol, la naturaleza y el ser humano” y llorar “todo lo que lo pone en peligro”. Se ha liberado de sus antiguas manías de competición (afeitarse antes de cada carrera, preparar la ropa por la noche…), su pesadilla siempre es caer, de mayor le gustaría seguir disfrutando como un niño y si volviera a nacer, haría lo mismo que ha hecho hasta ahora.

La Razón

Back to Blog

Deja un comentario

Back to Blog