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“El humor es una de las cosas más eróticas”

Javier Sádaba. Filósofo.

Muchos jóvenes y algunos mayores piensan que la Filosofía es una materia tediosa y los filósofos unos sabios aburridos. Eso es porque no conocen a Javier Sádaba, uno de nuestros más reputados filósofos contemporáneos que, desde siembre, ha abogado por la cercanía. Hasta tal punto lo ha hecho que ,en muchas ocasiones, ha asegurado que le gustaría que sus libros se leyeran en las peluquerías y ha reivindicado que se les exija a los profesores de Filosofía “que se alejen del rollo, que hablen de la vida, de las cosas que suceden a la gente, que se inserten en la corriente de los problemas reales, que tengan un pie fuera de aquellos lugares en los que dan clase, que sus clases no sean conventos o, peor aún, atontamientos: lugares en los que se habla, pero no se sabe muy bien de qué, y que se concilie el rigor de lo que se dice con el rigor necesario para llegar a la gente”. Tal es la obsesión de Javier Sádaba de que se entienda lo que cuenta, que siempre se esmera en abordar los asuntos filosóficos, por complicados que sean, de una manera sencilla y sin enturbiarlos con esa palabrería hueca que tanto aleja a la Filosofía de la calle. En esta ocasión se ha decidido a hablar de la “Ética Erótica” (Península)y a unir dos conceptos, que en principio parecen contrarios, en un ejercicio para el que resultaba imprescindible que añadiera a los deberes que siempre se le adjudican a la ética, los deseos que van inevitablemente unidos a la erótica. Insisto en que muchos consideran que los conceptos son antagónicos, pero como dice Sádaba: “Si la ética quiere ser completa, los deberes tienen que abrirse a los deseos”. Al leer su libro queda claro que el filósofo ha pretendido apartar los deberes para ocuparse de los deseos, de la imaginación, de la fantasía y la sexualidad y que pretende hablar de este espectacular cóctel –y lo consigue- con su habitual elegancia, inteligencia y estilo didáctico de siempre. Vamos que no es que sea un libro de sexo, aunque sea sobre sexo por lo que más le pregunten, por aquello del título: “hablo de la erótica en el sentido griego de la palabra, que es el que me parece más profundo, lo cual no excluye, naturalmente, el deseo sexual. De hecho le dedico un capítulo al deseo sexual, al sexo y a la sexualidad, porque el sexo es algo fundamentalmente genético y natural, que pienso que se debería estudiar en las universidades; pero si tuviera que elegir un titular, diría que mi libro trata de que ya está bien de deberes, aunque estos sean fundamentales: es más importante tener en cuenta los deseos” Y a partir de ahí, Sádaba me habla de la imaginación, de los distintos placeres, del respeto a las diferentes formas de sentir y de lo deseable que sería que viviéramos de forma apasionada. Le pregunto si eso no estaría de alguna manera reñido con a la rígida y estricta ética y me responde rotundo: “La ética no puede tener en cuenta solo los aspectos negativos, lo que no hay que hacer, sino que ha de promover el bien… Uno de los deberes de la ética es promover que vivamos bien”. Y supongo que para vivir bien-le digo a Javier- es enormemente necesaria esa imaginación de la que me hablabas, que también parece imprescindible en el erotismo. “Yo suelo repetir una frase quizás provocadora de Einstein: ‘la imaginación es más importante que el conocimiento’. Si no se cae en una fantasía romántica espesa, la imaginación sirve para que pensemos, creemos y recreemos, siempre que no la convirtamos en la loca de la casa y se desborde, y esté dentro de los límites de la ética”.

Javier Sádaba también habla del humor en “Ética erótica” y lo sitúa muy cercano a la propia ética, además de destacarlo como un elemento absolutamente erótico “el humor es una de las cosas más eróticas. Una persona puede enamorarse por una sonrisa de otra, pero todavía más por el humor. Y no hay ética sin humor. Si una persona no lo tiene, no sabe moverse, no tiene agilidad intelectual y desconoce ese gozo elemental que se esboza en una sonrisa. Puede parecer que el que no tiene humor es un inmoral; pero el que no tiene humor no tiene poros, no tiene agujeros, no sabe movilizarse. Además los juegos con el lenguaje y el humor son un don de la naturaleza que colma deseos, que yo tomo desde la acepción más fundamental de los griegos, que no es la de amor, ni la de sexo, sino la del deseo. Los deseos son carencias, pero también son potencias que, cuando se colman, no hay nada más erótico”. La sensibilidad, el amor, la amistad también caben en esta “Ética erótica” de Sádaba que, en definitiva, nos aboca a la buena vida que según Javier se compone de dos partes: “Una, hacer lo que uno cree que tiene que hacer y cumplir las normas que se creen justas y otra disfrutar de los placeres mediatos o inmediatos, no negarse a ningún placer salvo que, en ultimo término sea de un hedonismo tal, que vaya a acabar con todo…Mi libro es epicureísta, no hedonista. Y Epicuro sabía equilibrar muy bien los placeres y los sufrimientos.” Le digo que los que no parecen saber hacerlo, ni nos dejan encontrar a nosotros el camino del equilibrio son los políticos y me contesta: “No se si los políticos, pero sin duda la política nos ha robado los deseos. La última fundamentación de la moral es vivir bien, esto es, con felicidad y sin sufrimiento; pero nos hace falta una actitud más dispuesta a lo inédito, más pasión de las alternativas y salirnos de este corsé en el que estamos metidos. Y esto es precisamente lo que escribo en “Ética erótica” de manera inconformista y políticamente incorrecta, que es como soy y como creo que tiene que ser todo el mundo.

Personal e intransferible

Javier Sádaba nació en Portugalete en el año 1941. Está casado, tiene un hijo, se siente especialmente orgulloso de haber querido y de ser querido, se arrepiente de bastantes cosas y en especial “de no haber querido lo suficiente, en alguna ocasión, a aquellas personas que quiero”. Le hace reír un niño “y también llorar si veo que pasa hambre” Perdona constantemente, pero olvida menos; a una isla desierta se llevaría “un libro de filosofía y poco más”. Le gusta “la comida vasca muy elemental” ,que era la que comía con su madre y como manía destaca que le gusta en exceso el futbol. Dice que sueña constantemente con su madre, que de mayor le gustaría ser director de orquesta y que si volviera a nacer es justo lo que le gustaría ser :“director de orquesta”.

La Razón

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