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“Cuando te dicen que tienes un cáncer mientes mucho”

Susana Koska. Escritora

El libro de Susana Koska, “Tópico de cáncer” (Ediciones B), desde el título es puro calambur de referencias literarias y culturales con las que envolver la historia de una enfermedad muy real, que a veces hiere y a veces mata, pero cuya cura siempre requiere un exceso de toxicidad. La autora escribe bajo el título, con sabor a Henry Miller, “Manual de Supervivencia”. Y dice que con esta obra pretendía continuar el trabajo de campo que había realizado con dos documentales sobre la guerra civil y las feministas… Pero las previsiones se escapan cuando uno habla en primera persona: “Yo pensé o me vuelvo loca o hago un experimento y escribo todo lo que ocurre cuando te hacen el vertido… Leído a posteriori, ahí veo mi enajenación, la enajenación que te produce toxicidad” Dice Susana, actriz, realizadora de documentales, escritora, musa rubia de Loquillo desde hace 26 años y mujer culta y divina donde las haya, que ella sabía de siempre que tenía un montón de papeletas para que le tocara un cáncer, que a los 16 años le habían operado de un tumor y que sabía que podía ocurrir. Incluso se tranquilizó cuando recibió el diagnóstico, porque llevaba tiempo encontrándose mal y no conseguía que le dijeran qué le pasaba. Cuando lo hicieron pensó: “Vale, ya está. Ya hemos dado con él…Que me quiten al monstruo”. Pero a partir de ahí, llego el delirio. Sobre todo el de contarlo “A mí lo de ‘tengo cáncer, pero no me va a pasar nada’ y ‘me van a dar quimio, pero no pasa nada’, cuando por dentro dices: ‘¿cómo que no pasa nada?’ No me va…, por que es mentira. Cuando te dicen que tienes un cáncer mientes mucho.” Para salvarse del veneno en la sangre con el que curarse del enemigo, Susana tira de todo ese universo particular de libros y de música, que va vertiendo en las páginas del suyo , en medio de la angustia de sentirse tan mal, tan poco ella misma, como para no poder compartir lo que le sucede: “son las palabras que encuentro cuando no tengo palabras, la música que me envuelve cuando no sé dónde colocar mis emociones y cuando no sé comunicarme con los demás. Porque yo me volví un poco astronauta y despegué mucho de la relación con los demás. Era incapaz de contar lo que me pasaba o cómo me sentía; y entonces la música o encontrar las palabras justas en la Brontë, por ejemplo, eran la salvación. Siempre tengo una referencia literaria o la secuencia de una película que me vale”. Le digo que se ha desnudado mucho, que más allá de su foto de portada, el libro es un desnudo integral en el que describe el protocolo del pánico, la gélida atención de tantos médicos y su propio desgarro…Y que si no le da vergüenza y que si no se siente orgullosa… “Hace tres semanas, cuando vi esa foto de cubierta, que me hizo mi hijo y que fue idea mía colocar ahí, pensé: ‘qué sobrada y qué bonita’. Al principio me pareció bien; luego me di cuenta de que ahí estaba todo…Pero ya está. Y creo que está bien”. Está todo en su libro, sí, hasta cómo veía a las enfermeras: “ninfas de uniforme armadas de agujas hipodérmicas que me pinchan y me conectan a mi monitor. Van y vienen cambiando botellas que llevan mi nombre; cada vez que cambian la bolsa cubierta de amianto me preguntan el nombre –qué miedo ¿eh?- vaya a ser que no sea lo mío y me pongan veneno ajeno” Veneno para curar, que mata las ganas de vivir, por más que los pacientes de cáncer se aferren a la vida, mientras se les marchita la piel y se les cae el pelo: “Lo peor es la obligación de cubrirte, de no poder salir a la calle así, porque la gente fliparía. Ya flipan cuando te pones un pañuelo o un gorro… Y es duro ver como las campañas se basan en un “cúbrete, cúbrete”… Y no es el pelo, son las pestañas, las cejas, todo tu rostro. En la literatura de campos de concentración se habla de cómo te quitan la identidad; y en un hospital, en estos tratamientos, ocurre algo parecido: te dan un número, se te cae el pelo, se te caen las cejas, se te caen las pestañas y ya no te conoces cuando te miras al espejo, con esa mirada nublada que no es la tuya”. Susana, “en su infinita inocencia”, pensaba verse de un día para otro “con la cabeza limpia y suave como la espalda de un bebe”; pero la realidad que describe en su libro es mucho más dura: “me miro desnuda, al completo, sin nada que me cubra. Nada más que el cuerpo blanco lleno de lunares. Se me queda el pelo en la mano, seco y muerto como el de una muñeca rota. Lo que queda pegado al cráneo, mínimo, la misma esencia de una, es de un color extraño, casi blanco, casi naranja.” Y mientras se vive todo esto, hay que convivir con los demás. Con la generosidad del hijo adolescente que dice a su madre “Bah, mamá, esto es el tóxico, venga, ya sabes que no pasa nada”. Y es el chaval quien saca de la bañera a la madre desnuda y el mismo que la dice que se rape. Él, el adulto, ella la adolescente. “Yo no soy religiosa, así que no podía pedirle ayuda a Dios . Por eso me aferraba a la literatura, a la música al cine, a los recuerdos de las imágenes de los campos de concentración. Pensaba ‘si ellos salieron, yo salgo’” Después de tanto tiempo travestida, escondida en la ropa del tratamiento del cáncer, viéndose sin pelo, sin piel y sin ganas, contemplando los anuncios que patrocina una marca de compresas “cuando lo primero que le hacen a una mujer con cáncer de mama es quitarle la regla”, enfrentándose a las imágenes del buenismo o visitando a una bruja en medio de la desesperación, todo pasó. Susana está aquí, con pelo, con el libro en la mano y con la rabia de la paciente escandalizada y dolida contenida. Tal vez haya efectos secundarios. No lo sabe. También para quienes lean este libro, aunque contenga mucho humor… El humor salva la vida y no es tóxico.

Personal e intransferible

Susana Koska nació en San Sebastián. Está soltera, tiene un hijo del que se siente orgullosa, se arrepiente de no haber intentado con más pasión hacer su carrera teatral, perdona, olvida, le hace llorar y reír todo lo que la emociona, a una isla desierta viajaría con libros y un cuaderno, le encanta el Pisco Sour y la comida japonesa, su manía es el orden, antes soñaba con el imperio otomano, pero hace mucho que no, de mayor quiere ser feliz y si volviera a nacer procuraría ser escritora desde el principio y repetiría su vida, pero con algunos apuntes…

La Razón

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