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El derecho al olvido

Llevo años advirtiendo en conferencias a los jóvenes y no tan jóvenes del mayor de los peligros de Internet: la incapacidad para el olvido. Una foto exhibida en las redes que a los 18 años puede parecer intrascendente, a los 28 puede convertirse en el peor de los castigos. Internet tiene una memoria de elefante y todo lo que se traga puede regurgitar en el momento más inesperado. Los expertos en gestión de crisis señalan que la única manera de luchar contra la memoria de la red es alimentarla con infinidad de noticias positivas, después de que se produzca una negativa, porque, de no hacerse, por más que el asunto haya quedado resuelto, en cuanto se vuelva a teclear, aparecerá en esa primera página de Google, que es la que consulta el 90 por ciento de los usuarios. Si pasa a la segunda o a la tercera puede ser que, si alguien rebusca, acabe por encontrarla; pero será mucho más difícil que recobre actualidad. Esto, como todo lo que se refiere a esta pantalla amiga y enemiga, tiene sus cosas buenas y malas. Lo bueno es que nadie puede ocultar sus miserias, si hay quien se decide a encontrarlas y lo malo es que se pueden utilizar informaciones completamente obsoletas, erróneas o carentes de vigencia porque el protagonista de las mismas haya quedado limpio de polvo y paja de los hechos relatados en ellas. Que ahora se plantee la posibilidad de un formulario de Google para que los ciudadanos ejerzan ese derecho al olvido hasta ahora inexistente, puede cambiar mucho las cosas. Hay quien piensa que para mal, pero yo, que creo firmemente en el derecho a equivocarse, opino lo contrario.

La Razón

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