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“La lealtad por la camiseta se ha vuelto pétrea”

Eduardo Sacheri. Escritor

Llegó el FUTBOL, así, con mayúsculas y lo arrasó todo. No dejó nada: ni Economía, ni Política, ni Ciencia, ni Cultura…, todo pasó al olvido. Y así parece que seguirá hasta que acabe el Mundial. Para lo bueno y para lo malo. Tal vez es el verdadero opio del pueblo, quizás es el espectáculo más capaz de sacar lo mejor y lo peor del ser humano. Antes, los intelectuales renegaban de él, pero ya hace mucho que empezaron a considerarlo una escuela de muchas cosas. Seguro que influyó que ese ex portero de fútbol francés, crecido a escritor sobresaliente, que fue Albert Camus, asegurase que todo lo que sabía con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol. “Nada menos que un escritor de la talla de Camus, reivindicando de ese modo el valor ético y estético de algo tan simple como el fútbol” – me dice Eduardo Sacheri en nuestra conversación sobre “La vida que pensamos” (Alfaguara), una recopilación de cuentos suyos sobre ese deporte que nos marca la existencia a tantos, que acaba de ser publicada en España. Bueno, a tantos y a tantas, porque el fútbol dejó de ser masculino hace mucho. “En Argentina ha pasado eso –me cuenta Eduardo-Antes era una cuestión de hombres y ahora es una cuestión donde el género importa cada vez menos. No solo para jugarlo, sino para opinar, interesarse y apasionarse por la camiseta de un club. Eduardo es un forofo total del Atlético independiente, que “es el tercer equipo de la Argentina detrás de River y de Boca y está pasando el peor momento de su historia ,porque bajó a segunda, por primera vez… ¡Y mi vida carece de sentido!. Esa es la conclusión”. Me lo dice con una mirada tan lánguida, que me lo tengo que creer, sobre todo cuando añade que: “Independiente, ahora en segunda, tuvo el otro día un partido clave. Si ganaba ascendía y… ¡empató! Así que ahora tiene que jugar el desempate. Mientras jugaba, yo estaba en la Feria del libro de Madrid ¡y no me interesaba nada! Solo estaba pendiente de los mensajes que me llegaran o no de la Argentina. Y al día siguiente tenía una melancolía y un deseo de nada que pensaba ¿es legítimo? Probablemente no. ¿Es evitable? Probablemente tampoco.” No es raro que un hombre como este, con el balompié en la sangre y en el cerebro, se haya pasado años escribiendo distintos relatos de fútbol, que ahora aparecen recopilados bajo el título de “La vida que pensamos”. Empezó a hacerlo a los veinte, cuando comenzaba a escribir de un modo absolutamente amateur. Entonces era simplemente un licenciado en Historia, docente en la universidad, cuya vida iba hacia otro lado “Y de repente, empecé a escribir relatos breves por matar el tiempo, por ordenarme un poco la cabeza. Algunos de ellos tenían que ver con el fútbol y encontraron difusión en la radio. Eso fue precisamente lo que le dio un envión como para que se editaran y fuera sucediendo que mucha gente en Argentina los heredara, los sintiera propios y se convirtieran en moneda frecuente para conversar de fútbol y de libros”. Añado yo, que también para conversar de la vida, porque el fútbol es parte de la de todos, por más que nuestro equipo sea pequeño o grande o incluso que no tengamos equipo. Las historias de Sacheri son historias de la vida, en las que el futbol se mueve por los renglones, como la pelota por el campo, a golpe de patadas; pero no de patadas de grandes o célebres, sino también de esos otros jugadores “los que en argentina decimos que son del fútbol de un potrero, un pequeño lugar, casi salvaje, para que jueguen los chicos. Esos me parecen más materia literaria que los otros. O si se trata de fútbol profesional, en quienes más pienso es en los que están en la línea de cal hacia fuera, lo que llamamos hinchas, esos inocentes incurables que nos creemos que eso va en serio y vivimos como si se nos fuera la vida en ello”. Y entre esos hinchas, decíamos, ahora también hay intelectuales de los que antaño parecían estar reñidos con el fútbol: “Ahora ellos también, en algún momento de la semana, dejan de lado todas sus máscaras de raciocinio y se enfrentan con lo más hondo de ellos mismos”. Pero es que el fútbol y la razón sí que están peleados de siempre. Y si no, a ver por qué se puede cambiar hasta de mujer pero no de camiseta, como decían en esa excepcional película de Campanella, “El secreto de sus ojos”, basada en un libro del mismo título de Sacheri y guionizada por él mismo. “Ahí jugamos un poco con esta idea de una fidelidad absoluta, en una época donde las fidelidades son cada vez más escasas, y no pensando solo en una mujer sino también, como dice en ese párrafo de la película, en las religiones y las ideas políticas y los empleos y las profesiones… Vivimos en una época donde las cosas tienden a derrumbarse con cierta facilidad. Y, sin embargo, la lealtad por nuestra camiseta parecería, al contrario, nutrirse de esa fragilidad de las otras lealtades y volverse más férrea, verdaderamente pétrea” Estos cuentos de fútbol de Sacheri recogen muchas de esas reflexiones que me cuenta. Uno habla de ese amigo futbolista que triunfó y al que se espera para un partido, porque desde que se fue siempre perdieron; otro de que si un tipo es capaz de torcer la historia en un partido, también puede serlo de sobrevivir a la hazaña de una cirugía imposible; otro de si de verdad merece tanto sufrir por el fútbol cuando el fútbol no sirve para nada; otro de cómo conquistar a una mujer con un largo monólogo de amor y fútbol…”Lo que me ha llamado la atención de ese cuento –dice Eduardo-, que ya lleva unos cuantos años publicado originalmente, es que más de uno me contó que lo ha utilizado en realidad para conquistar a una mujer… Y me parece terrible, porque a mí nunca se me ocurrió semejante cosa. Pero bueno, está bien que algún lector le saque provecho. Eso es sacarle provecho a la lectura ¿eh?

Personal e intransferible

Eduardo Sacheri nació en Buenos Aires en 1967, aunque vive a 40 km, en Castelar. Tiene un hijo y una hija y está orgulloso de su familia. Se arrepiente de ser un poco temeroso a veces, le cuesta perdonar y no olvida casi nunca. Se ríe mucho con los amigos y llora con la muerte. No puede dormirse sin leer, sueña mucho con un mar embravecido que gana la playa en la que está con su familia. De mayor le gustaría ser lúcido y si volviera a nacer sería. “Medio campista central de Independiente”. Sabía yo que no podría resistirse a meter el fútbol en sus respuestas (“Bueno, me tientas, me tientas ¡alguna vez lo voy a decir!”) y que casi le habría cabido en todas…

La Razón

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