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“Soy un personaje de mi novela; escribir es mi recreo”

Ramón Pernas. Escritor.

Dice Ramón Pernas, flamante Premio Azorín 2014, con su novela “Hotel Paradiso” (Planeta), que el amor por el circo le viene “de ser un defensor de las causas perdidas, que son las que merecen la pena”. Los recuerdos de este escritor y director de Ámbito cultural de El Corte Inglés, que vive entre libros y colegas , se sitúan literariamente ,casi siempre, en su Galicia natal. O más bien en su pueblo, Vivero, a donde también llegó el circo y, según cuenta Ramón, lo cambió todo. “Yo viví en un país en blanco y negro, en el franquismo, en un pueblo donde siempre era otoño. Una tarde lluviosa vi en la tapia de mi casa un cartel multicolor y me di cuenta de que el mundo te da ese momento. El circo llegaba. Y yo decidí a ese partido único, que merece la pena, que es el circo. Perseguí la aventura de la ciudad de la lona, viajera, de caravanas y me enamoré de una trapecista de la que sigo enamorado, aunque ella no lo sepa”. Ramón me describe sus recuerdos de tal manera, que no se si son reales o pertenecen a la ficción de su novela “Existió de los 15 a los 20 años –continúa hablando de la trapecista- la vi, la conocí, la reconté…, pero siguió su camino”. Es posible que fuera así. O puede que no. Pernas no distingue los límites cuando pasea entre su propia historia y la de “Hotel paradiso”. Me habla de la similitud entre el circo y la residencia de ancianos, el otro escenario de su relato, y me explica por qué son lo mismo: “el mundo del circo es la vida, el mundo de la residencia es la muerte. Es Eros y Tanatos, es amor y desamor, Alfa y Omega, principio y fin. El mundo del circo es contado en primera persona por una joven artista circense que todavía sueña y mantiene la ilusión como mercancía básica de ese espectáculo”. Le escucho hablar sobre el circo y me entra una tristeza gris y lánguida. Es como si, en cada palabra suya, fuera calándome la fina lluvia gallega y me saliera musgo en el alma. “El circo es el universo del anonimato. –sigue diciéndome- Nadie conoce a nadie. El artista que hace malabares vende palomitas, el trapecista vende entradas y los payasos, recuerdos luminosos… Es un espectáculo menor, el más vil, el más devastado, el más perseguido, el más anónimo. Y la residencia es también otro pequeño universo cerrado, de donde sales solamente para morir. Del circo sales para vivir y de la residencia para morir. La primera estación es el circo y la estación termini el asilo, el paradiso nefasto donde vive Javier, el ingeniero golfo, libertino, que defiende el egoísmo como una de las virtudes principales de un vividor”. Ese golfo que señala Pernas, comparte protagonismo en la novela con una elefanta de circo que morirá al mismo tiempo que él y con su misma edad: 86 años. La misma elefanta que el propio ingeniero le regaló a una trapecista, a cambio de sus amores y su abandono, de los que nació un niño. Ramón elige a la elefanta como metáfora. El animal fiel que simboliza la memoria, la mejor mascota allá donde haya lugar para ella, sea en las calles de la India o en los circos. La elefanta con su memoria. Los hombres con su desmemoria. “Los elefantes vertebran todo lo dispuesto en el circo, porque dan buena suerte, pero cuando se mueren, muere también con ellos toda la historia vivida. En este caso, la del ingeniero Javier”. Memoria frente a desmemoria. Javier frente a los recuerdos de su nieta, que es quien cuenta la historia, quien llega hasta él después de la búsqueda infructuosa de su padre, que persiguió su identidad, sin suerte, y que tendrá que esperar al desenlace de la historia para reivindicar el pasado común.

Caminan los fantasmas por esta novela sembrando miedo en la memoria, que puede desvanecerse, desaparecer, quedar liquidada en cuanto sople el alzheimer. ¿Tanto tememos perder la memoria? “La narrativa está siempre donde está la memoria y la desmemoria. Recuerdo que, hace 20 años, una tarde de jueves acompañé a una persona muy querida de Dámaso Alonso a buscarlo para ir a la Academia. Y esa tarde Dámaso le dijo a su mujer: “te he querido mucho…,pero no se quién eres”. En ese momento me hice responsable de contar la desmemoria como una de las denuncias reales que, en literatura, se pueden contar sin que sea violento ni salvaje. Y lo he hecho en “Brumario”, en “Del viento y la memoria” y en “Paradiso”. No se trata de hablar del Alzheimer, sino del maltrato que la vida le da a los ancianos haciéndoles perder los recuerdos.” Dice Pernas que ha tardado en escribir esta novela 61 años y 3 meses. La edad que tiene. Cuenta que en su cabeza hay pájaros que salen en el orden que ellos eligen. Y esos pájaros son novelas con las que vive. “Para mí escribir es mi recreo. Y durante el tiempo que escribo la novela vivo en la novela. En mi trabajo cotidiano, en mis taxis, en mi insomnio. Soy un personaje de mi propia novela y la acabo rápido.” Esta, concretamente, en tres meses, para poder presentarse al premio que ha ganado y que tantas alegrías le está proporcionando. La segunda edición salió a los 20 días, para su sorpresa. “Es que nunca me ha sucedido ¿sabes? Uno está acostumbrado a tener pocas sorpresas vitales y ésta me congratula y hace que se incremente mi autoestima, que ya la tengo muy alta” La autoestima del escritor puede explotar y hacer ruido. La de Pernas es más bien silenciosa o íntima, para compartir con los amigos o pasearla bajo una tarde de lluvia en Vivero y recuperar la humildad con los recuerdos de juventud, al releer esos libros que ha amado, con los que ha crecido, que le han hecho la persona que es “ y que son los únicos que leo íntegramente ahora”. Hay tiempos distintos en la vida, Ramón ahora está en los de relectura.

Personal e intransferible

Ramon Pernas nació “en la mar del norte, en la costa de Lugo, en Vivero”. Esta formalmente y felizmente casado, aunque a la pregunta de si lo está, como todo gallego, conteste “depende”. Tiene dos hijos y se siente orgulloso “de abrir la persiana y que haya luminosidad creciente”. No se arrepiente de nada. Perdona, pero no olvida. Le hace reír “la desmemoria del tiempo vivido” y llorar “la memoria del tiempo pasado”. a una isla desierta se llevaría “un barco para volver”. Tuvo muchos vicios capitales, esenciales y básicos, “pero ahora me estoy quitando”. Siempre regala el mismo libro “ Por el camino de Swann” (Marcel Proust), le gusta la música de Penderecki y de Vela Bartock y recomienda una película “que rechazan todos los intelectuales orgánicos, ‘La vida es bella’” .

La Razón

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