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La confianza

“No el que tú me hayas mentido, sino el que yo te haya dejado de creer ha sido lo que me ha hecho estremecer” La frase es de Nietszche. Pero no recuerdo a nadie que se no haya visto obligado a pronunciarla en alguna ocasión. No hay nada más frágil que la confianza. Se construye en años y se destruye en segundos. Se quiebra como el cristal y no hay recomposición posible. Rota en mil pedazos ha quedado la que depositamos un día, que ya parece muy lejano, en Jordi Pujol. Aquel político que consideramos ejemplar, que muchos españoles hubieran querido como líder en España y que para tantos catalanes era el hombre intachable que había consolidado su autonomía hoy es el paradigma del mentiroso. Nos engañó. A todos. Y no es que creyéramos que fuera un santo, ni que le exigiéramos que actuara como tal; solo pensábamos que era un hombre que cumplía con su deber, de sólidos principios y de vocación de servicio. Y hemos constatado que no era así. Los pormenores de su desfachatez cifrada en millones defraudados y solo declarados cuando no quedaba más remedio son escabrosos. Cuando la ex novia del hijo que durante tantos años mandó en Cataluña relata sus viajes con ella a Andorra o a Londres, cargado con bolsas repletas de billetes de quinientos euros o asegura que el dinero no procedía de ninguna herencia, sino de comisiones de obra pública, inevitablemente el recuerdo de la Operación Malaya o del caso Bárcenas, quizás los más tristemente mediáticos de los últimos años de corrupción, cobran actualidad. Los nombres cambian, las actitudes no, por mucho que tengan como protagonista al “muy honorable”. Lo más curioso, es que los mandatarios catalanes y algunos periodistas pro catalanistas desde las televisiones regidas por el poder, tratan de quitarle hierro al asunto. La blandura de Mas es tan insólita que le resta credibilidad a sus acusaciones de robo al resto de España. ¿De verdad Cataluña ha sido esquilmada por el resto de España? Las cifras no cuentan eso. Y los hechos, lo que delatan, es que han sido los catalanes los que se han esquilmado a ellos mismos. ¿Perro no muerde a perro? Pues en este caso sí. Lo triste del asunto, más allá de que haya quien quiera hacerlo parecer menor por ser de “uno de los suyos” –que es lo que más debiera avergonzar- es que demuestra que es muy difícil poner la mano en el fuego por casi nadie. Y menos cuando el poder le ha pasado cerca, muy cerca, o él mismo ha sido el poder…

La Gaceta de Salamanca

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