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Hace cincuenta años, la espectacular Brigitte Bardot puso de moda el top less. Por entonces suponía no solo un signo de modernidad, sino también de rebeldía contra lo establecido. Eran años en los que aún los pechos de las mujeres pertenecían al universo del misterio y en los que las escenas de cine en las que resbalaba un tirante todavía provocaban palpitaciones. Cinco décadas después, las mujeres han enseñado tanto sus pechos en todo tipo de circunstancias, que el top less ha quedado tan demodé en la seducción como en la reivindicación. Ahora, no solo se llevan las marcas del bikini y los escotes profundos que insinúan pero no enseñan, sino que se reniega de ese sol implacable sobre la mama, que no solo puede dañar su delicada piel, sino también avejentarla antes de tiempo. En la era de la silicona, donde encontrar senos naturales a partir de cierta edad en los ambientes de más poderío económico empieza a ser tan difícil como valorado, ya no se llevan los pechos al aire, como tampoco la obviedad y se apuesta por el “saber ocultar” más que el “tener que enseñar”. Tanto es así que aun habiéndose puesto de moda en las redes lo que se conoce como el “top less tour” -que no es otra cosa más que mostrar la espalda desnuda como complemento al paisaje más exótico-, las que la practican no vuelven sus pechos a la cámara sino que los dejan para la imaginación de quienes miran sus fotos. Está claro, ya no se lleva el top LESS, se lleva el top MORE.

La Razón

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