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La vida no se entendería sin El Corte Inglés

Recuerdo cuando, de niña, mi madre me llevaba casi de visita a El Corte Inglés. Por entonces aún corrían los últimos días de la dictadura, pero  su sombra aún se extendía incluso a la oferta, por más que el correr de los años del franquismo hubiera ido dejando lugar para que fueran llegando, gota a gota, todos esos productos del extranjero, que nos causaban fascinación. Además, el consumismo era de otra manera y lo de comprar las cosas a pares  parecía tan impensable como ha vuelto a serlo en los tiempos de crisis; pero ya se empezaba a soñar con algunos objetos de deseo, que poco a poco llegarían a España y, antes que a ningún otro sitio a El corte Inglés. Por entonces, era muy corriente que El Corte Inglés hiciera sus semanas de países, sobre todo orientales (“China en el Corte Inglés” “La india en el Corte Inglés”), que conseguían que fantaseáramos con todos esos destinos no tan cercanos y posibles como ahora.  Para mí El Corte Inglés fue el primero de los parques de atracciones posibles, el lugar en el que pasar una mañana de sábado inolvidable, aunque fuera para comprar el uniforme del colegio. Sin embargo, creo que debió serlo aún más para todas aquellas mujeres de la edad de mi madre, que en tiempos de posquerra, justo cuando El Corte Ingles, cuyo germen había sido una pequeña sastrería fundada en Madrid en 1890 entre Preciados, Carmen y Rompelanzas, que en 1935 comprara Ramón Areces, avalado por su tío Cesar Rodríguez, pasara a ocupar la planta baja, la primera y parte de la segunda, del edificio que se construyó en la finca de la calle Preciados número 3.  Aquello debió suponer un acontecimiento sin precedentes, sobre todo para las señoras que por fin iban a poder desarrollar una actividad fuera de sus casas sin que estuviera mal vista. Porque en aquel entonces, la vida de las mujeres era la de sus maridos y las diversiones más inocentes eran consideradas casi pecado. Por eso ir a El Corte Inglés se convirtió casi en un acto de liberación para las féminas de la época, que además las igualaba a todas, al poder pasear entre sus vitrinas y stands, cualquiera de ellas, fuera cual fuese su estrato social o la actividad que desarrollara. De entre todo lo que ocurría alrededor de El corte Inglés, que era mucho, había un fenómeno extraordinario, que aún pervive y que destacaba sobremanera y nos hacía soñar a todas: Las rebajas. “Dadle a una mujer un motivo para preocuparse y la haréis feliz” decía Wilde con muy mala baba, en referencia a la abnegación de las mujeres de su tiempo; pero yo digo ahora “dadle a una mujer una ganga y veréis como disfruta”.  Y las de El Corte Inglés siempre fueron irresistibles. No había mujer que se resignara a no sentirse un poquito mas lista y mejor al pagar la mitad del precio señalado por cualquier objeto de deseo, por más que se llevara con él algunos otros que quizás no le sirvieran para nada. Es cierto que algunas perdían el norte entre las ofertas, pero otras, obligadas contables del patrimonio familiar y llenas de niños, se solucionaban el año en ellas.  Los hombres que hasta hace bien poco no  se han atrevido a confesar su devoción por las compras, negaban aún más su interés por las mismas rebajas que las mujeres celebraban con entusiasmo, al igual que las secciones de oportunidades ,que no dejaban de visitar cada vez que se acercaban a El Corte Inglés. Al principio, muchas de ellas apuntaban la fecha en rojo en sus calendarios y se ponían en las colas infinitas que se formaban en los distintos centros el día de lanzamiento, para ser las primeras en alcanzar las bicocas que se ofrecían durante un tiempo limitado “Hay que estar entre las primeras para poder hacerse con lo mejor”- declaraban las “profesionales de las rebajas”, que guardaban sus dineros para tal fecha a fin de rentabilizar sus ahorros en los días de descuento, cuando las preguntaban los reporteros televisivos. Con el paso de los años, El Corte Inglés tuvo que aceptar no solo la competencia lícita de cientos de boutiques exclusivas, sino también la proliferación de rebajas por doquier. Aunque eso no ha restado fuerza a sus campañas,  prescritas por las personalidades públicas más destacadas del momento. Es cierto que ya no son las únicas…, ¡pero son las de El corte Inglés!. Un gigante empresarial que, con los años se ha reconvertido para estar a la altura de los tiempos y así poder ofrecer esa exclusividad máxima en algunos de sus centros como el de Castellana de Madrid -al que acuden las clientas más exigentes y de mayor poder adquisitivo-, la inmediatez y el horario más extenso de los Opencor y Supercor -donde tanto suelen comprar los solteros-, o las ofertas más excepcionales para los bolsillos más exhaustos en Hipercor -ese reino de las familias con niños-. Han pasado muchos años desde mis primeros paseos por El Corte Inglés y nunca hubiera podido imaginar ,en aquellos de niñez, cuando mis ojos brillaban antes tantos productos concentrados en diversas plantas, que un día se ofrecerían muchísimos más: una fiesta de posibilidades y asesorías de cualquier cosa, para solucionar desde la necesidad más básica hasta la más sofisticada; pero es cierto, porque  El Corte Inglés ahora  se extiende incluso fuera de sus centros., gracias a sus acciones de patrocinio, solidaridad y mecenazgo. Esta en ONGs, en el Deporte, en la Cultura, en la Comunicación, en la Gastronomía, en el arte… Y debo decir que, aunque hace ya mucho que El Corte Inglés dejó de ser “cosa de mujeres”, en todas sus actividades sigue teniendo una mirada especialmente atenta para nosotras. Quizás es que sabe que sin las mujeres no hubiera llegado a ser lo que es.

Ahora que corren tiempos difíciles para todos y que hasta El Corte Inglés se ha visto obligado a modernizar su modelo de negocio solo me resta decir que siempre ha sido parte de mi vida, que tengo escritos en sus distintas plantas cientos de episodios compartidos y que, como mujer española, me costaría mucho entender la vida sin él. Larga vida a El Corte Inglés y que Isidoro Álvarez lo vea desde el Cielo.

 

La Razón

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