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“No entiendo la erótica del poder”

Manuela Velasco, actriz.

Manuela Velasco roza la cuarentena, pero cualquiera pensaría que aún no ha cumplido los treinta al mirar su piel transparente y su cuerpo delgadísimo, más propios de una jovencita, que de una mujer a punto de entrar en una edad otrora prohibida. La tele engorda dirían algunos, y no porque ella aparezca rotunda cuando la enfoca una cámara, sino porque no la muestra tan fragilísima. Aunque creo que su delicadeza –herencia de su madre, modelo de pasarela- es solo corpórea. Ella tiene un alma poderosa y una voluntad que trasciende lo políticamente correcto. Manuela actúa más bien por impulsos y, desde luego,  sin pensar en la seguridad. “Y mira que le hubiera gustado a mi padre, que es cámara y sabe lo difícil que es esto, y que estaba encantado después de que estudiara historia del arte, cuando trabajaba en un sitio con calefacción, techo y seguridad, como el Thyssen”. Pero Manuela ha tenido suerte y los trabajos de actriz le han llegado uno tras otro desde niña. Este año anda promocionando la película, REC -que se acaba de presentar en el Festival de Toronto-, representando la obra teatral Feelgood -ahora, tras una exitosa gira por España, en el Infanta Isabel de Madrid, hasta el 28 de septiembre- y grabando la imbatible serie televisiva, Velvet, de Antena 3. Parece que es su año. “Pues a mí – dice Manuela- me gustaría pensar que este es un año maravilloso, porque lo es, pero que no es “el año”, que vendrán otros igual de sorprendentes y de buenos. Lo mejor sería decir que este es mi año, pero no solo por lo profesional, pero es que los actores estamos un poco obsesionados con el trabajo ¿no?”. Como todo el mundo en estos días, diría yo. Pero si alguien se cree que por trabajar tanto Manuela está  forrada, que lo descarte. “No, para nada. Eso no pasa en España. Yo vivo muy bien dadas las circunstancias; pero vamos, normal. Lo que sí me está dando la tele es que, lo que me sobra, lo invierto en el teatro”. El teatro y las ganas de no separarse de esa familia en la que se convierten quienes comparten gira teatral, movieron a Manuela y a un grupo de actores a crear Feelgood, que ya no es solo el nombre de una obra, sino también el de una productora teatral. “Siempre he llevado fatal las despedidas en esta profesión. –confiesa Manuela-. Cuando trabajé con Almodóvar, que era una niña, me traumatizó ver desaparecer a toda esa gente que había formado parte de mi vida durante meses. Le preguntaba a mi madre “pero mamá, ¿no voy a ver más ni a Pedro ni Antonio ni a Carmen?” Como esas despedidas son tan dolorosas, los que hacíamos “Todos eran mis hijos” en 2010 decidimos que, como era difícil que nos llamaran para trabajar todos juntos, debíamos organizarlo nosotros. Y es lo que hicimos”. Bueno, han hecho algo más: han creado una empresa innovadora, con muchísima interactividad en las redes sociales, sobre su actividad dentro y fuera del teatro, que incluye web, blog y hasta gastro gira. “Es que cuando estás de gira comes y cenas mucho fuera de casa-explica Manuela-. Y al final las compañías , solemos conocer muy buenos sitios, que son los que compartimos en las redes. Pensamos escribir una guía o un libro, pero como necesitamos difusión ,porque no tenemos dinero para gastar en publicidad, y ahora las redes sociales permiten ese campo de divulgación maravilloso, elegimos contar cómo es la gira de teatro desde dentro, comidas y cenas incluidas.”.  Mientras mira por la ventana del teatro para ver si llega público –ya no es solo actriz, también empresaria-, me cuenta que el sueño se hizo realidad gracias a Feelgood, la obra de argumento brillantísimo del dramaturgo británico Alistair Beaton, que da nombre a su productora. Se trata de una crítica sociopolítica feroz, a cuyos personajes, asesores  sin escrúpulos, guionistas plegados al poder, ministros corruptos y hasta una periodista con ciertas ganas de cambiar el mundo, interpreta, con maestría ,un elenco impecable. Manuela es esa periodista. Un personaje, por fin,  en el que no le toca hacer de “la otra” como en tantas series de televisión. “¡En todas.-dice Manuela- En Aida pensé “pero como es que Luisma no va a estar con Paz y se va a ir con esta pija”…en Águila roja.., en Velvet, que me meto en medio de la gran historia de amor…¡No puedo más! Yo quiero que me pongan a alguien que me quiera a mí, no digo que locamente, pero que me quiera cuidar…Sí, estoy harta y me hace pensar en cuál es el motivo de que siempre me den el papel de la otra, que al final es la rechazada”. Será que borda esos papeles, como otros con los que ha tenido que compaginar el de Velvet este año. Me pregunto si, además de los caracteres,  no habrá sido complicado alternar la ropa de los cincuenta, las pestañas postizas y las uñas rojas de Velvet con la escasa toalla de buena parte de Feelgood o la sangre que impregnaba a la mujer poseída por los zombis  de  REC “Cuando estaba en Velvet y en REC  si pensaba un poco en cuántas vidas estaba viviendo a la vez. Pero no me hago líos cuando compagino. Me sirve más bien de descanso y estímulo”. Manuela lleva bien su profesión y la vida en general, enamorada como está de su chico -el actor Rafa Castejón y no Fran Perea, coprotagonista y socio en Feelgood, por más que las revistas lo dijeran-. Tal vez el equilibrio personal le aparta del poder y de los poderosos que, dice,  “No me interesan nada”. Asegura no entender la erótica del poder, aunque parece indulgente con los políticos: “decir que el poder corrompe es fácil, pero debe ser dificilísimo estar ahí  con todas tus buenas intenciones y no poder hacer todo lo que quieres. Las presiones deben ser tan grandes desde el poder económico como para equivocarse. Y cuando más se equivocan los políticos es sobre todo cuando recortan todo lo que tiene que ver con el gasto social, con la cultura y con la igualdad de las personas”.

PERSONAL E INTRANSFERIBLE

Manuela Velasco (Madrid, 1975) dice estar orgullosísima de su familia, arrepentida de que el miedo le impidiera alguna vez hacer algo que quería y deseando tener los hijos que aún no tiene. Es comilona -de cocido y cervecita-, detesta los ambientadores hasta la obsesión, a una isla desierta se llevaría lectura y reconoce como vicios “el chocolate, la carne, mi novio y el teatro”. Suele soñar que mata a sus padres y a sus hermanos, que la encajan un cubo en la cabeza y se ahoga y que hace obras teatrales en ruso, francés y alemán “como si lo hablara perfectamente” De mayor le gustaría ser feliz y si volviera a nacer repetiría profesión.

 

La Razón

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