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Aunque el alpiste sea caviar

Que las chicas en el siglo XXI no sueñan con ser princesas es una realidad incontestable. Hoy las mujeres ,reivindicativas desde la adolescencia, no esperan ya al príncipe azul de un cuento de hadas para poder cumplir sus sueños; sobre todo porque en ellos cabe la autonomía, la independencia económica y la realización personal, que parecen aspiraciones opuestas a la imagen de una princesa –al menos consorte- obligada a la sumisión de una sonrisa permanente y al papel secundario.  Tal vez por eso, pese a que las revistas y los periódicos británicos se ven a diario inundados con imágenes del bello rostro de la princesa Catalina y, en general, todos coinciden en que su llegada a la casa real británica ha contribuido a mejorar su imagen, casi nadie se cambiaría por ella. ¿Para qué? ¿Para estar permanentemente en el ojo del huracán y que mientras unos halagan su estilo otros la juzguen por el vuelo de su falda, provocado por  una inoportuna ráfaga de viento?. Kate Midleton, de familia adinerada, formación impecable y con un puesto en la alta sociedad británica podía haber elegido a cualquier gentleman británico, pero escogió al príncipe y eso implica que ya  nada en su vida, ni siquiera su hyperémesis gravídica  -o lo que es lo mismo, las típicas nauseas y vómitos  de embarazada-, será absolutamente privado. Que le pregunten a nuestra reina si la incomodidad de un embarazo complicado no se multiplica cuando todas las miradas están pendientes de cada reacción de la gestante. Ni ser princesa, ni mucho menos reina, debe ser nada fácil. Es cierto que libera de las  tensiones diarias  de ganarse el pan, pero tal vez hasta eso acaba por echarse de menos en cualquier encierro,  por más que la jaula sea de oro y el alpiste puro caviar.

 

La Razón

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