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Sobre el ébola

Que el miedo al ébola ha llegado cuando el virus se ha colado en territorio blanco es algo que vaticine que pasaría al principio de la epidemia. Igual que también afirmé –y me ratifico- que consideraba oportuno que trajeran a los enfermos a curarse o a morir a nuestro país, porque me parecía que, al menos, les debíamos eso. Alguien se echará las manos a la cabeza y dirá: ¡ Por traerlos ha pasado lo que ha pasado! Pero no. Ha pasado lo que ha pasado porque nos hemos saltado el protocolo, al igual que se lo han saltado en EEUU. Yo no criminalizaré a la enfermera española, ¡solo faltaría!-  sabiendo que ofrecerse como voluntaria  le costó el contagio; pero sí diré que, probablemente, ella no valoró la gravedad de cuanto estaba pasando, porque si no, no se hubiese ido con décimas a la peluquería. Cuando se anda con enfermos constantemente –y les suele pasar a los misioneros, a los médicos y a las mamás de niños enfermos- a veces uno se siente casi inmune y  piensa que a él no le puede pasar nada. Y ojalá no le pase nada a Teresa Romero y salga de esta, no para tranquilidad de todos, que también –no quiero ser hipócrita-, sino porque ella tuvo el mismo mérito al cuidar al religioso, que el propio religioso o los Médicos sin Fronteras al cuidar a los africanos. Y ahí voy. A los que dicen que no se debería haber traído a los que dieron su vida por otros, ¿qué les parece que haya tantos arriesgándose en África?¿O acaso creen que solo ellos deben exponerse mientras los demás bien seguros en casita, esperamos que nos llegue la vacuna de los privilegiados? Para mí que ya deberíamos andar todos levantando el culo del sofá y ofreciéndonos a colaborar, por arriesgado que fuera, aunque solo sea porque esto, o lo hacemos entre todos y con buena voluntad, o se nos escapará de las manos antes de que haya llegado esa mágica solución solo para nosotros. Nuestra enfermera, como la estadounidense, son dos heroínas de esta película, por más que se hayan contagiado, quizás en algún descuido, provocado por la falta de formación, monitorización o cualquier otra circunstancia; pero lo son porque ellas han mirado más allá de sus propios intereses. Ellas y sus perros, pasaran a la historia, aunque por desgracia y por falta de criterio y de competencia (en el asunto de los perros y en tantas otras cosas) Excalibur, el can de Teresa Romero, ya no lo pueda celebrar con sus ladridos.

 

La Gaceta de Salamanca

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