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Gloriosas cifras

Ahora que miro las gloriosas cifras de Tráfico, en las que se escribe el éxito, por fin, de días y días sin víctimas mortales y de un descenso de la siniestralidad impactante, no puedo dejar de recordar aquellos otros, de mi dorada juventud, en los que subirse a cualquier coche era como jugar a la ruleta rusa. Entonces, ponerse el cinturón de seguridad casi era de cobardes, beber antes de colocarse frente al volante, bastante habitual y pisar el acelerador, síntoma del atrevimiento de quien no sabe que se juega la vida.  Es cierto que los coches corrían menos, pero también que se conducía peor,  que los automóviles no eran las máquinas seguras de este 2015 recién estrenado y que las carreteras tampoco se parecían a esas impecables superficies de ahora. Conducíamos menos, circulaban menos vehículos, y, sin embargo, había más accidentes y más muertos. Solo con los años, el endurecimiento de las normas y las crudas campañas de Tráfico en televisión            –recuerdo algunas casi con horror- acabamos por tener consciencia de la peligrosidad que implicaba conducir. Ahora, el gesto de abrocharse el cinturón es tan automático, como el de colocar a los niños en su sillita y, salvo excepciones de locura contrastada, nadie pasa de las velocidades indicadas. En cuanto al alcohol, hay quien bebe, sí, y quien se droga antes de ponerse al volante; pero infinitamente menos que antes, sea por responsabilidad o porque sabe que se la juega en los controles. Sí a tanto bueno que hemos aprendido le sumáramos “aparcar “ el móvil antes de desaparcar el coche, probablemente solo tendríamos que lamentar,  que el destino a veces juega con nosotros y siempre tiene la última palabra.

 

La Razón

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