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Piropos, lisonjas y requiebros

El piropo, dice la RAE, es “lisonja, requiebro” O lo que es lo mismo, “alabanza para ganar la voluntad de alguien”. Y ¿acaso hay voluntad que se resista a un buen piropo? Hay piropos dulces, ácidos, amargos, elegantes, geniales, aburridos, groseros o torpes. Los hay floridos, tímidos, ingenuos, cursis, broncos, salvajes o malsonantes. Hay piropos de frase hecha, de fin de semana o de consolación. Los hay de coartada y de intercambio y hasta sin sentido, sin contenido y sin razón. Es decir, los hay para todos los talantes y, salvo excepciones, su efecto terapéutico instantáneo resulta indiscutible sobre autoestimas rotundas o atribuladas. Hasta el peor piropo -el grotesco, el simplón, el baboso, el pelota, el pronunciado fuera de sitio o incluso el sucio- suele ser recibido con cierta simpatía, a veces negada por pura impostura, por falsa modestia o porque lo exige la buena educación. Porque ¿quién hay capaz de confesar que le gustó aquella frase delirante que escuchó al pasar por una obra? ¿Y que se sintió agasajado cuando una chiquilla le pasó figuradamente la mano por el lomo?. ¿Quién se atreve a confesar que aún ríe cuando recuerda esa palabra encantadora con la que le intentaron enamorar o con la que le premiaron por cortesía?. ¿Acaso gusta exhibir la fragilidad que nos confiere la propia vanidad, a veces vapuleada, que crece, siquiera un poco, con el golpe certero de un adjetivo bien elegido? Algunos juran ser inmunes a los piropos…, pero suelen ser los mismos incapaces de obsequiarlos con inteligencia, con picardía, con humor o con amor. E incluso ellos, algún día olvidado, quizás no pudieron evitar recibir alguno con cierto sonrojo o con una furtiva sonrisa…

La Razón

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