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Un pájaro azul

Si alguien me vuelve a venir con el cuento de que la felicidad es un pájaro azul, le arreo un mandoble de aquellos, en toda la boca y luego que me llamen violenta. La felicidad  puede ser azul o verde,  o no ser de colores. Y puede tener alas, como las compresas, o justo todo lo contrario. Que se empeñara Maeterling en lo del pájaro azul es que me crispa. Como también que algunos piensen que se puede medir. Y  fíjense si los hay, que hay quien coloca a España, ni más ni menos, con sus 17 autonomías, y sus ocho apellidos vascos, con las felicidades igualadas. Pues no. Que salir en el puesto 36  de felicidad entre 158 es una puntuación nada desdeñable es cierto, pero oigan ¿a quién han preguntado?  Que les den a los expertos de la ONU que se creen que la felicidad se puede evaluar analizando el progreso social de los países, los objetivos de la política pública para proveer de bienestar , su producto interior bruto , su esperanza y calidad de vida o la libertad que sienten sus ciudadanos para tomar decisiones… La felicidad no se puede medir ni colorear. Y, en todo caso, solo se puede mencionar cuando las necesidades básicas están cubiertas y los derechos fundamentales –incluido el trabajo y la vivienda digna-son indiscutibles. A partir de ahí, hablemos de felicidad. Aunque, si recuerdan el cuento, la camisa del hombre feliz  pertenecía a alguien que no tenía nada. ¿Nada? Tenía sus manos para trabajar y el amor de una familia.  Que se lo expliquen a los de la ONU.  Los números están muy bien. Pero la realidad está llena de incontables.

 

La Razón

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